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– ¿Un matrimonio secreto? -repitió Ricardo. Estaba pasmado, y Francis entendía por qué. Si Jorge decía a verdad, Eduardo había hecho algo que ningún rey de Inglaterra había osado hacer en los cuatrocientos años transcurridos desde la Conquista normanda, había elegido esposa por placer.

Jorge asintió.

– Ya me oíste, hermanito. ¡Un matrimonio secreto… con una mujerzuela que le resultaba grata a los ojos! ¡No me extraña que nuestro primo Warwick se sienta agraviado!

– ¿Quién es ella? -preguntaron al unísono Ricardo e Isabel.

– Se casó en una ceremonia clandestina en mayo, en Grafton Manor, Northarnptonshire… con Isabel Grey.

– ¿Quién es Isabel Grey? -preguntó Ricardo en nombre de todos.

Jorge volvió sus brillantes ojos azules hacia Ricardo, unos ojos que reflejaban la luz como la turquesa.

– Ésa es la parte más increíble de esta farsa. Es una Woodville, la viuda de sir John Grey, que murió luchando por Lancaster en San Albano. Tiene dos hijos de Grey, uno casi de tu edad, Dickon. ¡Y es cinco años mayor que Ned! -Se echó a reír-. Una viuda de veintisiete años con dos hijos -repitió, regodeándose en sus palabras-. Y, por si fuera poco, es pariente lejana de Margarita de Anjou. ¡Su tía estaba casada con un tío de Margarita! Por Cristo crucificado, Ricardo, ¿entiendes por qué digo que Ned debe de estar loco?

– O embrujado.

Todos los ojos se volvieron hacia Isabel.

– ¿Qué otra explicación puede haber, Jorge? ¿Por qué la desposaría, a menos que ella haya recurrido a la hechicería?

Jorge se persignó debidamente, pero parecía escéptico.

– Conociendo a Ned -dijo cínicamente-, para embrujarlo no necesitaría más que unos muslos blancos, un vientre redondo y…

– ¡Contén la lengua, por amor del Cielo! -interrumpió Isabel-. Sabes que mi madre no consiente esos comentarios procaces delante de Ana. Ni de mí -añadió al cabo, y ella y Jorge sonrieron.

– ¡Vaya, te has quedado mudo, Dickon! -Jorge miró inquisitivamente a su hermano menor. Ricardo no dio ninguna respuesta y él se echo a reír-. Es raro que calles tu opinión. ¿Qué dices de la locura de nuestro hermano? ¿Está embrujado, como sospecha Bella? ¿O sólo ansioso de montar la yegua gris?

Se rió, pero Ricardo no.

– Quisiera saber -musitó-por qué la reyerta entre Ned y nuestro primo te complace tanto.

Jorge dejó de reír.

– Estás loco -barbotó.

Entonces el conde de Warwick entró en el gabinete.

Francis tiritaba. Las corrientes barrían el asiento de la ventana del muro norte. Pero no quería moverse, para no llamar la atención. ¡Ojalá hubiera aprovechado la oportunidad de escabullirse con Will! Estaba seguro de que él no estaba destinado a ser testigo de la ira del conde. Después de todo, Ricardo y Jorge eran primos de Warwick. Pero él no era consanguíneo, y aguardaba con aprensión a que el conde reparase en su molesta presencia, que lo hiciera expulsar del gabinete para recibir unos azotes.

Isabel tenía razón; Warwick ardía de rabia, con una cólera asombrosa aun en un hombre cuyo temperamento era famoso a lo largo y ancho de Inglaterra. En principio, despotricaba frente a lady Nan, la condesa, y su hermano Juan, ahora conde de Northumberland. Pero Francis intuía que Warwick hablaba para un solo hombre, su primo el rey, diciendo todo lo que había tenido que callarse en Reading. Pues sin duda no se había atrevido a decirle a Eduardo lo que ahora decía en el gabinete de Middleham. Al menos, Francis pensaba que no se había atrevido; aun para el Hacerreyes, tales palabras rayaban en la traición.

– Los Woodville -escupió Warwick, y en su boca ese nombre era un insulto-. Es increíble, Johnny. Anthony Woodville luchó contra Ned en Towton, ¿y ahora debemos aceptarlo como cuñado?

– Así parece -dijo Juan. Levantándose del banco, se aproximó al conde-. Dick, me gusta tan poco como a ti, pero ya está hecho. Está casado con esa mujer y ella será reina, al margen de lo que pensemos de su familia.

– ¿Reina? Santo Dios, hombre, ¿cómo puedes decir esas palabras sin atragantarte? La nieta de un escudero, la viuda de un caballero lancasteriano… ¡Qué gran esposa ha elegido Ned! ¡Si ella es adecuada para ser reina de Inglaterra, yo podría suplantar a Su Santidad el papa!

Juan no discutió, y al cabo de un rato se marchó en silencio del gabinete. Francis ansiaba seguirlo. No le sorprendía que Juan cediera; había pocos hombres dispuestos a vérselas con el conde de Warwick cuando montaba en cólera. Francis sintió una súbita admiración por el rey Eduardo, que había afrontado la ira del conde con tanto desparpajo.

Lady Nan estaba junto al conde, hablando en voz demasiado baja para que Francis oyera, y aprovechó la oportunidad para ver cómo sus compañeros resistían esta prolongada exposición a la rabia de Warwick. Nunca había visto caras tan tensas e infelices, con una sola excepción. Jorge seguía las palabras del conde con sumo interés, arqueando la boca en una vaga sonrisa. Francis pensó que Ricardo tenía razón, que disfrutaba de esa reyerta. Sabía que existía cierta tensión en la relación entre Eduardo y Jorge, pero sólo ahora veía cuan profunda era.

Dejó de mirar a Jorge para echar un vistazo a las calladas hijas de Warwick, y luego buscó los ojos de su amigo. Pero Ricardo estaba inclinado sobre el cachorro y Francis sólo vio la mata de pelo oscuro que le tapaba la cara.

– ¿Cómo esperas que reaccione, en nombre de Dios? -exclamó súbitamente Warwick, con tal violencia que Francis se estremeció-. Me tomó por tonto, Nan. ¿Debo olvidar que guardó silencio mientras yo negociaba con los franceses, procurando concertar un matrimonio que beneficiara a Inglaterra? ¿Debo permitirle que me humille ante toda Europa en nombre de una pelandusca advenediza? ¡No lo toleraré! ¡Me ha transformado en el hazmerreír de Inglaterra, y todo por una mujerzuela que ha tenido la astucia de mantener las piernas cerradas hasta que él estuvo tan cachondo como para casarse con ella!

Francis quedó pasmado. El conde nunca hablaba con tal crudeza en presencia de sus hijas. Jorge se echó a reír, un sonido alarmante en el repentino silencio. Eso debió ganarle una reprimenda de la condesa, pero ella ni siquiera se dignó mirar en su dirección, pues no apartaba los ojos de su esposo.

Hubo un sonido ahogado; Isabel tosió, trató de contener una risita nerviosa y, para horror de Francis, resultó contagiosa. Se sorprendió luchando contra un diabólico afán de reírse, hasta que vio la expresión de Ricardo. Ante las palabras de Warwick había erguido la cabeza, y Francis sintió que el corazón le palpitaba frenéticamente contra las costillas. Ricardo estaba arrebolado, tenso como la cuerda de un arco, y por un instante de horror, Francis pensó que estaba a punto de hablar. Por favor, Dickon, no lo hagas, pidió en silencio, y suspiró de alivio cuando Ricardo se mantuvo callado.

– ¿Qué les diré a los franceses? ¿Cómo les explicaré que no habrá ninguna alianza, ninguna prometida francesa, porque mi primo el rey es tan necio que valora el cutis blanco y los ojos verdes de una cualquiera más que el bienestar de Inglaterra?

– ¡No!

– Santo Jesús, Dickon -susurró Francis con labios congelados mientras el conde giraba sobre los talones.

– Ven aquí, Dickon.

Ricardo se levantó lentamente y se acercó obedientemente a Warwick.

– ¿Dijiste algo, muchacho?

Ricardo se quedó atónito, y Warwick escrutó el intenso rostro del niño fingiendo serenidad.

– Puedes hablar sin reservas -dijo-. Eres hermano de Ned, y este matrimonio también te afecta. Dime tu opinión.

Ricardo tragó saliva. Siempre hablaba en voz baja, pero ahora era casi inaudible.

– Será mejor que no, primo.

– ¿Acaso apruebas este matrimonio, Dickon? ¿Acaso crees que esta mujer merece el trono?