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– ¿Están dentro? -preguntó, y Hastings asintió.

– Ned tiene razón en esto, ¿sabes? -murmuró.

– Lo sé, Will. Una vez que se firme el tratado, Carlos restaurará el libre comercio y levantará ese maldito embargo sobre la importación de lana inglesa.

Para sorpresa de Juan, Will meneó la cabeza.

– ¿A qué te refieres? ¿Acaso niegas que Borgoña siempre fue nuestro mejor mercado para el comercio de telas?

– Claro que no. Las consideraciones comerciales influyeron mucho en Ned. Tanto, creo, como su convicción de que buscar la amistad de Luis de Francia es abrir el establo de par en par y permitir que el lobo conviva con las ovejas. No, no me refería a eso. Sólo digo que, aun si pensara que Ned se equivoca al favorecer a Borgoña sobre Francia, afirmaría que él tiene razón y mi cuñado Warwick está equivocado. En resumidas cuentas, Ned es el rey.

Juan coincidía con lo que decía Will. Pero la razón y la pasión pueden existir con mutua independencia. Aunque estuviera enfadado con su hermano, no toleraba que un extraño lo criticara.

– ¿Acaso estáis sugiriendo que necesito que me recordéis semejante cosa, lord Hastings? -dijo fríamente.

Will lo miró con tristeza.

– No, Johnny. Tú eres el que menos necesita que se lo recuerden.

Voces airadas estallaron en la cámara contigua. La puerta se abrió con tal violencia que los antiguos goznes chirriaron y la gruesa falleba de metal se deslizó hacia abajo y se torció. Oyeron la voz de Warwick con alarmante claridad.

– ¡No tengo por qué escuchar esto!

Caminó hacia la salida, pero giró sobre los talones cuando Eduardo volvió a tirar de la puerta con igual fuerza.

– ¡Claro que sí! ¡Aún no os di la venia para iros, milord!

– ¿Cómo te atreves a hablarme así? -replicó Warwick, y añadió con socarronería-: ¡Parece que habéis olvidado, majestad, que llegasteis al trono gracias a mí!

– ¿De veras? ¿Así habla el vencedor de San Albano? -Warwick estaba rojo, pero se sonrojó aún más cuando Eduardo añadió con voz hiriente-: Nunca he negado la ayuda que me diste, y has recibido una generosa recompensa por ello. Pero jamás hiciste rey a nadie, primo. Sí, hablaste en mi nombre, argumentaste que me correspondía la corona. Pero también estuviste a punto de perderlo todo con el error garrafal que cometiste en San Albano. Si yo no hubiera vencido en Mortimer's Cross, Londres se habría rendido a Lancaster sin un gimoteo de protesta. Será mejor que pienses en ello, primo, antes de hacer afirmaciones que no tienen más sustento que el aire.

Juan sintió un mareo. Notó que éste era un resentimiento que había carcomido a Eduardo durante años, y era justo reconocer que había verdad en las palabras de su primo. Pero también sabía que su hermano nunca perdonaría a Eduardo por decirlo.

– ¡Y vaya rey que tenemos! ¿Qué habéis hecho con vuestra corona, majestad? ¡Muy poco, aparte de llevar golfas a vuestro lecho y traer a los Woodville a la corte! ¡Y no olvidemos el indulto concedido a un hombre que sólo mèrecía cinco minutos con su confesor! ¡Un hombre que os puso en ridículo antes de que se cumpliera un año!

– No debo rendir cuentas de lo que hago. Y a vos menos que a nadie, milord. Pero os diré una cosa. Hace más de tres años que me echáis en cara lo de Somerset, y estoy harto de oírlo mencionar. Será mejor que no hables más de ello, primo.

– ¿Me amenazas?

– Tómalo como quieras, mientras lo tengas en cuenta.

Juan cayó en la cuenta de que una veintena de personas presenciaba el altercado entre su primo y su hermano por la puerta abierta. Casi tan pasmado por eso como por las palabras que se decían, se dirigió a la puerta, vio que Will tenía la misma idea.

Will se disponía a cerrar la puerta ante la cara fascinada de esos espectadores indeseados, pero en cambio la abrió de par en par.

– ¡Madame! -exclamó con alivio.

Por un instante de horror, Juan temió que Will se dirigiera a la reina; su aparición habría sido calamitosa. Will retrocedió, la mujer entró en la cámara, y Juan exhaló para aflojar la tensión. Era la duquesa de York.

Ella no esperó a Will, y cerró la puerta con firmeza. Ojos grises y fríos escudriñaron cada rostro.

– ¿Y bien? -dijo al fin-. ¿No piensas saludarme, Eduardo?

Eduardo logró esbozar una tensa sonrisa.

– Perdona mis modales, ma mère.

Apartando los ojos de su hijo mayor, ella no miró a Jorge sino a Warwick, extendió una mano esbelta.

Él se la llevó a los labios, pero supo ocultar su furia igual que Eduardo. Si Cecilia lo notó, no dio el menor indicio.

– Bienvenido a casa. Me interesaría mucho oírte hablar de tu viaje a Francia. Por favor, sobrino, cena conmigo esta semana, y cuéntame-lo todo.

Ese trato familiar logró aflojar parte de la tensión, quizá tanto como su conducta impecable. Warwick asintió. Rara vez era grosero con una mujer, y menos con ésta.

– Con placer -dijo, manifestando una emoción que discrepaba con la expresión de sus ojos.

– Bien -dijo Cecilia con calma.

Nadie más habló.

Jorge esperó unos discretos momentos después de la partida de Warwick antes de seguir a su primo. Estaba azorado porque había visto a Eduardo tan furioso, y decidió que no vendría mal ser circunspecto. Sin embargo, la voz de su madre lo detuvo en la puerta.

– Tu primo no necesita que lo escoltes hasta su hogar, Jorge -dijo incisivamente, y Jorge se ruborizó. Aunque se repetía que a los diecisiete años ya era un hombre cabal, su madre lograba demoler su compostura sin el menor inconveniente.

– En verdad, ma mère, me proponía… buscar a Dickon. Me pidió que lo encontrara en Westminster esta mañana.

Vio que ella lo miraba con escepticismo y se dispuso a explayarse sobre su coartada, sabiendo que Ricardo lo respaldaría, pero Eduardo intervino.

– Dickon tendrá que apañarse sin tu compañía -dijo, tan impasiblemente que Jorge no distinguió si Eduardo le creía o se permitía un sarcasmo.

– ¿Por qué? -preguntó con incertidumbre. Odiaba el modo en que Eduardo podía hacerle sentir como un joven zafio, sin aplomo ni refinamiento. A veces pensaba que Eduardo lo hacía adrede.

– Nuestro primo de Warwick trajo a Inglaterra mucho más que los buenos deseos del rey francés. También trajo una delegación francesa. Le dijo que sería acogida en la corte esta tarde. Quiero que estés ahí para recibirla, Jorge, en mi nombre. -Una pausa-. ¿Crees que podrías actuar en mi nombre… para variar?

Jorge tragó saliva.

– Soy tu hermano. ¿Por qué no actuaría en defensa de tus intereses? -desafió, y sintió alivio cuando Eduardo decidió pasar por alto el comentario.

Cuando Jorge salió de la cámara, Eduardo se volvió hacia Juan por primera vez.

– Lo lamento, Johnny. Las palabras que oíste no estaban destinadas a tus oídos. -Señaló la pequeña cámara con la cabeza-. No estaban destinadas a salir de esas cuatro paredes.

En ese momento, Will Hastings reapareció con un hombre ricamente ataviado que tenía el rostro delgado y una apariencia poco imponente, a pesar de sus finas prendas. Sin embargo, Eduardo lo recibió con una sonrisa de genuino placer, y se volvió hacia su madre-Madame, quiero que conozcáis al seigneur de la Gruuthuse, uno de nuestros buenos amigos de Borgoña. ¡Uno de los míos, ciertamente!

Se acercó al enviado de Borgoña con la calidez que era, al mismo tiempo, el secreto de su popularidad entre sus súbditos y un motivo de irritación para sus lores, que juzgaban que su conducta informal no convenía al ungido de Dios. Pero cuando Eduardo se volvió con la intención de presentar a Gruuthuse, descubrió que su primo Juan se había ido.

Juan, que no era hombre de perder tiempo, se encontró errando sin rumbo por Westminster. No quería ir a casa. Consideraba que Isabel era una esposa perfecta en todo sentido, pero no quería acongojarla con su zozobra, y menos alarmarla con sus malos presentimientos. Había ciertos problemas que un hombre debía afrontar por su cuenta.