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Irónicamente, para él la campaña había comenzado en un torbellino de entusiasmo. Esa primavera habían estallado dos revueltas en el norte. Juan Neville se había encargado de aplastar la que era conducida por el rebelde que se hacía llamar Robín de Holderness. Había despachado a los insurgentes con su eficiencia habitual; en opinión de Ricardo, Johnny era el mejor soldado de la familia Neville.

Sospechaban que Margarita de Anjou había instigado el levantamiento, pero pronto supieron que la rebelión había sido fomentada por el lancasteriano Henry Percy, todavía encerrado en la Torre, el hombre cuyo título ahora poseía Juan. En Yorkshire había muchos que ansiaban devolver el condado de Northumberland a la familia Percy. No era sorprendente, pensó Ricardo, que Johnny no coincidiera con ese punto de vista. Había derrotado a los rebeldes a las puertas de York y había decapitado a Robin de Holderness en el mercado de la ciudad.

La segunda insurgencia fue encabezada por otro Robin, que se hacía llamar Robin de Redesdale. A Ricardo le había llamado la atención, hasta que Eduardo le explicó que los descontentos ambiciosos procuraban evocar el recuerdo del rebelde político más renombrado, Robin Hood del bosque de Sherwood.

Eduardo desdeñaba esa propaganda política, pero decidió lidiar personalmente con Robin de Redesdale. Ricardo, con gran deleite, logró convencer a Eduardo de que a los dieciséis años tenía edad suficiente para su primera campaña militar. Con el padre de Isabel Woodville, el conde Rivers, y sus hermanos, Anthony y John Woodville, partieron de Londres a principios de junio, cabalgando hacia el altar de Nuestra Señora de Walsingham, reclutando hombres para el estandarte yorkista a lo largo del camino.

Había sido un viaje grato para Ricardo, aunque estuviera rodeado por los Woodville. Era su primer paladeo de las responsabilidades adultas que ansiaba asumir, y le enorgullecía y complacía llamar hombres a las armas bajo su estandarte del Jabalí Blanco. Eduardo no tenía prisa; se desplazaron de Walshingham a Lincolnshire, deteniéndose unos días en el lugar donde había nacido Ricardo, el castillo de Fotheringhay, y luego siguieron hacia Newark.

En Newark se enteraron de la verdad, una verdad que estalló como pólvora en el guarecido centro del mundo de Ricardo. Se supo que Robin de Redesdale era un tal sir John Conyers, primo por matrimonio del conde de Warwick, y lo que parecía ser una rebelión fronteriza menor era una importante amenaza militar; Conyers había reunido un ejército tres veces más numeroso que el de Eduardo.

Eduardo buscó refugio en las murallas del castillo de Nottingham, solicitando ayuda a los lores Herbert y Stafford. Al mismo tiempo, envió una carta personal a su primo y otra a su hermano, pidiendo que se reunieran con él para deliberar sobre sus desavenencias. Pronto obtuvo una respuesta, aunque no la que esperaba. Llegó a Nottingham la noticia de que Warwick y Jorge habían cruzado el Canal con rumbo a Calais. Allí, el 11 de julio, Jorge Neville, arzobispo de York, había casado a Jorge con Isabel Neville, en abierta oposición a los deseos de Eduardo.

Esa boda había enfurecido a Eduardo, desconcertado a Ricardo. ¿Qué pensaría su prima Ana Neville? Jorge desafiaba la ira de Eduardo por Isabel, pero Ricardo no estaba dispuesto a hacer lo mismo por Ana. La idea de lastimar a Ana resultaba intolerable para Ricardo. Casi tan intolerable como la idea de traicionar a su hermano. Pues no se hacía ilusiones: sería una traición. Tenía que aceptar aquello que había tratado de negar durante cinco años: lidiaba con lealtades inconciliables. Estaba con Eduardo o estaba con Warwick. El uno o el otro.

Ricardo ansiaba la oportunidad de explicárselo a Ana, de asegurarle que su lealtad a Eduardo no disminuía su afecto por ella. Ana era parte de su vida; nada podía cambiar eso. Si Eduardo no lo hubiera prohibido, él habría estado dispuesto a comprometerse con Ana, tal como deseaba Warwick. Pero no podía pagar el precio de Warwick.

Procuraba consolarse con la idea de que Ana aún era muy joven; cuando ella estuviera en edad de casarse, quizá las circunstancias fueran diferentes. Había hecho un vacilante intento de hablar con Eduardo sobre ello, procurando que su hermano le dijera que tal vez cambiara de opinión más adelante. Eduardo se había irritado, pero Ricardo había perseverado y al final obtuvo una renuente concesión, y la terminante negativa se ablandó en un «quizá». Ricardo se había conformado con eso, hasta que se enteró de la boda de Jorge y reconoció el efecto que surtiría sobre Ana.

Por lo demás, no tenía mucho tiempo para cavilar sobre las cuitas de su joven prima. Las cosas habían ido de mal en peor para ellos ese julio. Warwick y Jorge no se habían quedado en Calais. De vuelta en Inglaterra, se apresuraron a reunir una numerosa fuerza, presuntamente en nombre del rey. Pero también habían emitido una proclama que Ricardo consideraba equivalente a una declaración de guerra.

Los Woodville eran atacados sin miramientos por su influencia maligna sobre el rey. Warwick también denostaba a varios enemigos personales, entre ellos los lores Herbert y Stafford. Pero lo más ominoso era que la proclama comparaba a Eduardo con tres monarcas tristemente célebres por su pésimo gobierno, los tres reyes ingleses que habían sido depuestos y destronados: Eduardo II, Ricardo II y el desdichado Enrique de Lancaster.

Will Hastings había respondido prontamente a la convocatoria de Eduardo, y sin pérdida de tiempo se reunió con ellos en el castillo de Nottingham. Los Woodville también habían partido deprisa, Anthony Woodville a sus fincas de Norfolk, el conde Rivers y su hijo John hacia Gales. Ricardo habría querido saber si Eduardo los había enviado fuera de Nottingham para protegerlos, pues eran los verdaderos blancos de la proclama de Warwick, o si habían huido por decisión propia. Pero no se lo preguntó a Eduardo; el único modo en que lograba aceptar a la reina de Eduardo consistía en abstenerse de hablar sobre los Woodville con su hermano.

Al cabo de tres semanas de ansiosa espera en Nottingham, Eduardo decidió marchar hacia el sur para reunir sus fuerzas con los ejércitos de los lores Herbert y Stafford, que estaban en camino. Habían llegado a la aldea de Olney esa mañana, se habían detenido para comer y beber mientras Eduardo enviaba exploradores para cerciorarse de que el camino estuviera despejado. Pronto regresaron con la inquietante noticia de que una fuerza numerosa avanzaba lentamente desde el sudoeste, y Eduardo decidió permanecer en Olney hasta confirmar esos escuetos informes.

Ahora estaba arriba con lord Hastings en la posada que había escogido como cuartel general, comiendo su primera comida en ocho horas. Ricardo estaba demasiado tenso para probar bocado, aunque no había ingerido nada salvo pan blanco y cerveza en un apresurado desayuno. Estaba en la calle, delante de la posada, preguntándose cómo la escena podía ser tan común, como si fuera un día cualquiera. Se volvió para regresar a la posada, y entonces empezaron los gritos.

Un jinete bajaba por la calle, fustigando a su montura con un frenesí que mereció la instintiva reprobación de Ricardo. Se paró a mirar. No era uno de sus exploradores, pero supo de inmediato que algo andaba mal, muy mal.

El jinete enfiló hacia la posada, dirigido por los gritos de varios aldeanos. En cuanto se acercó, Ricardo reconoció la insignia que usaba sobre el pecho, el emblema de lord Herbert. Se le aceleró el corazón, y también el pulso y la respiración. Cuando el jinete se apeó de la silla, Ricardo se aproximó, cogió las riendas del sudado animal.

– ¿Te envía lord Herbert? ¿Qué noticias traes?

El correo no era mucho mayor que Ricardo. No reconoció a Ricardo, pero sí la autoridad de su voz, y respondió sin titubeos.

– El camino del sur está bloqueado. Una hueste numerosa y bien armada. Casi tropecé con sus filas. -Estaba jadeando y se apoyó un instante en el extenuado caballo.