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¿Do están tus atavíos tachonados de oro,

tus divanes con espléndidas colgaduras,

las ágiles jacas y el corcel osado,

los halcones y sabuesos que alimentabas con la mano?

¿Do las huestes de amigos que otrora te rodeaban?

Otra pregunta interesante. Habría dado mucho por conocer la respuesta, por conocer el paradero de sus amigos, sus partidarios. ¿Todo el país había aceptado pasivamente su cautiverio? ¿Qué pasaba en Londres? Los londinenses siempre le habían tenido simpatía. ¿Ahora se sometían mansamente a la autoridad de Warwick?

Cerró el libro bruscamente. Eso era lo peor, no saber. El aislamiento total. Hacía once días que no tenía contacto con el mundo externo, y sabía tan poco sobre lo que ocurría en su reino como sobre lo que ocurría en Catay.

Su reino. ¡Extraña broma! Por el momento, era tan dueño de los acontecimientos como ese fantoche lamentable que leía sus misales en la Torre. Hacía cuatro años que Enrique de Lancaster había caído en manos yorkistas y se decía que parecía más dichoso en su confinamiento que en los tiempos de su reinado. Eduardo se preguntó si su primo Warwick habría notado que tenía en su poder nada menos que a dos reyes de Inglaterra. Sin duda que sí. Era la clase de ironía que halagaba la monumental arrogancia de Warwick.

De no haber sido por ese orgullo, pensaba Eduardo, él habría muerto once días atrás. Era la vanidad de Warwick, su glorificada imagen de sí mismo, lo que frenaba su mano, lo alejaba del asesinato. Por el momento.

Eduardo creía que Warwick estaba tan poco ansioso como el arzobispo de York de sobrellevar la carga de matar a un rey ungido. Pero conocía a Warwick, sabía que lo haría si consideraba que no tenía otra opción. Ahora estaba vivo porque había sorprendido a su primo con su rendición, con su disposición a acceder a los deseos de Warwick, a firmar lo que le pidieran, a cumplir el papel de rey títere. Todo bajo el disfraz de una impecable cortesía, el anfitrión gentil y el huésped agradecido. Él y su primo estaban trabados en un juego mortal. No sabía cuánto duraría, y dudaba que Warwick lo supiera.

Buscó otro libro, lo hojeó distraídamente.

El invierno despierta mi congoja

con sus ramas deshojadas y desnudas;

suspirando de pena desespero

de los efímeros placeres terrenales.

La verde simiente que planté se agosta.

Jesús, muestra tu noble propósito;

ahuyenta el infierno, pues no sé

cuándo me iré de aquí, ni adonde.

Era demasiado. Eduardo sucumbió a su impulso y arrojó el libro por los aires. Chocó contra la puerta, silenciando las voces que estaban fuera. Sin duda sus «guardaespaldas» se habían alarmado, preguntándose con qué se divertía el rey. ¡Divertía! Cielos, estaba enloqueciendo de aburrimiento. En cierto sentido, eso era aún peor que la incertidumbre que traía cada nuevo amanecer. Nunca había afrontado un periodo de inactividad forzada, nunca le habían negado esos placeres que daba por sentados.

Cerró los ojos, postergó un rato más la llamada de un sirviente. Warwick procuraba satisfacer sus necesidades, y había designado a un hombre para que actuara como su escudero personal. Eduardo no lo atribuía a la generosidad de Warwick. Sabía que mientras él cooperarse, a Warwick le convenía mantener su aura de rey.

Al cabo volvió a incorporarse, acomodó la almohada. No todas sus necesidades eran satisfechas. Salvo por raros periodos de enfermedad o de campaña, éste era el tiempo más largo que había pasado sin una mujer en el lecho. Y ahora, más que en ningún momento de su vida, necesitaba alivio, distracción. Debía recordarle a su primo que era tradicional ofrecer una última comida al condenado.

Previsiblemente, esos pensamientos le hicieron evocar a Isabel. No le preocupaba la seguridad física de su esposa, pues no creía que Warwick dañara a una mujer. Pero ella debía de estar frenética, desencajada de miedo, y con sobrados motivos. Se había reunido brevemente con él en Fotheringhay el mes anterior y le había dicho que le parecía que estaba encinta.

Aún no estaba segura y no le había dicho a nadie. ¡Gracias a Dios! Él sólo se lo había mencionado a Ricardo, y el muchacho tendría el buen tino de frenar la lengua. No, era mejor que Warwick no supiera que Isabel esperaba otro vástago, que quizá llevara en el vientre al hijo varón que arrebataría a Jorge la dudosa distinción de interponerse entre las hijas de Eduardo y el trono.

Aunque no sabía si Warwick se proponía reclamar la corona para Jorge. Sabía, sí, que los dos habían pensado en ello con frecuencia. Si creían que podían salirse con la suya, que el país aceptaría a Jorge… Si podían persuadir a Johnny de no entrometerse…

Sabía que se atormentaba en vano, pues esas especulaciones febriles no le hacían ningún bien, pero no podía detenerse. Volvía a palpitarle la cabeza, que le había dolido durante días. Se le notaba la tensión. De noche despertaba empapado de sudor, desvelado por los latidos de su propio corazón.

Se encontró recordando una broma socarrona que había hecho una vez cuando Will lo regañó por errar por Londres con una escolta simbólica. ¿Quién lo mataría, había respondido él, sabiendo que eso significaba que Jorge sería rey? Los presentes se habían reído, pero el recuerdo no resultaba gracioso para Eduardo.

Se abrió la puerta. Era uno de sus guardias, manifiestamente incómodo.

– Vuestra Gracia… Mi señor de Warwick ha llegado esta noche de Coventry. Requiere que os reunáis con él en la sala de audiencia.

Eduardo no se movió, lo miró fijamente. Recordó una noche estival, dos años atrás, en que había negado a Warwick una audiencia a medianoche. Y ahora estaban cerca de medianoche, calculó.

Los documentos estaban extendidos sobre la mesa, esperando su firma. Eduardo leyó deprisa. No le sorprendía que Warwick reclamara la función de presidente de la corte suprema y chambelán de Gales del Sur, un puesto antes ocupado por lord Herbert, a quien habían ejecutado dieciocho días atrás por orden de Warwick. Garrapateó su firma, tomó el siguiente documento.

Éste le dio que pensar. Warwick designaba a Will Hastings chambelán de Gales del Norte. Eduardo sintió alivio, pues eso significaba que Warwick había decidido contar a Will entre los suyos. Pero también sintió inquietud. Will era su amigo, y le tenía suma confianza. Pero esa confianza no era la misma de otrora. En un tiempo había confiado en Warwick, había creído que Warwick jamás recurriría a la rebelión armada después de todo lo que habían compartido.

Ya no podía confiar en nadie sin reservas. En nadie. Ni en Johnny. Ni en John Howard. Y mucho menos en los Woodville. Ni siquiera en Will y Dickon, pues Dickon era un mozalbete inexperto y Will… Will era el cuñado de Warwick. Pensó lúgubremente que acababa de descubrir otro aspecto desagradable del confinamiento, la erosión de la verdad.

– Te aseguro que todo está en orden, primo.

Eduardo alzó la vista, miró a Warwick a los ojos.

– No tengo la menor duda -replicó-, pero alguien me dijo que un hombre que firma un papel sin leerlo es un tonto de capirote.

Warwick curvó la boca como si reprimiera una sonrisa.

– Si mal no recuerdo, fui yo quien te dio ese consejo.

– Sí, lo sé. Fue durante esos meses que pasamos en Calais, cuando tuvimos que huir de Ludlow.

Se sostuvieron la mirada. Junto al hogar, Jorge observaba el enfrentamiento. Había muchas cosas que no entendía en la relación de su primo con Ned. Pensaba que Warwick tenía buenos motivos para odiar a Ned y casi siempre actuaba como si lo odiara. Y de pronto se dejaba embobar por un recuerdo común. Una vez, para exasperación de Jorge, los había sorprendido riendo juntos por un estúpido episodio de años atrás. Le irritaba que Warwick no pudiera cortar todos los lazos con el pasado, que diera importancia a los recuerdos. Sólo contaba el día de hoy. Y hoy Ned era una amenaza.