Выбрать главу

– Soy yo quien debe agradecer a Su Gracia. Él me salvó de la ira del conde, sin provocar sospechas en alguien que es famoso por su recelo.

– Pues no me sorprende. Conozco a pocos que puedan pensar tan rápidamente como él. -Ricardo miró con cierta compasión la mejilla hinchada del muchacho más joven; ya prometía que se descoloraría hasta transformarse en una magulladura espectacular-. También me pidió que te dijera que considera que soy muy afortunado en mis amistades. Yo pienso lo mismo, Francis.

Se miraron con repentina timidez, echaron a andar de vuelta.

– ¿Has visto a mi hermano de Clarence, Francis?

Tomado por sorpresa, Francis estuvo a punto de barbotar un relato de ese agresivo diálogo en el gabinete del conde. Pensándolo mejor, negó con la cabeza.

– Es sumamente extraño -dijo Ricardo, con ecos de furia sofocada en la voz-. Jorge tiene tres años más que yo y no es ningún niño. Tiene veinte años. Sin embargo, se deja arrastrar como un chiquillo.

Francis dio una respuesta prudentemente neutra, y tan ambigua como para satisfacer su conciencia y al mismo tiempo alentar otras confidencias si Ricardo lo deseaba. Pero en ese momento Isabel Neville apareció en la puerta que conducía a la cámara de las damas.

Vaciló y luego caminó hacia ellos, se enfrentó a Ricardo con una sonrisa frágil.

– Bien, Dickon, reconozco que tus regresos son espectaculares.

– No porque yo lo haya elegido -dijo él, pronunciando cada palabra con helada precisión.

Ella lo miró con zozobra y suspiró, alzando las palmas en una súplica involuntaria.

– El buen Jesús sabe que vivimos tiempos aciagos. Pero debo confesar que yo no puedo verte como un enemigo, Dickon.

– ¿Cómo cuñado, entonces? -sugirió él, y cuando ella se acercó, él la tomó en sus brazos. Se estrecharon en silencio y se separaron con una sonrisa.

– Dickon, nadie lo sabe aún, ni siquiera mi padre. Estábamos esperando a que yo estuviera segura. Pero quiero que lo sepas… Estoy encinta. -Ricardo contuvo el aliento y ella le tocó la mejilla en una tierna imploración-. Alégrate por nosotros, Dickon. Por favor, alégrate.

– Claro que me alegro, Bella -dijo él sinceramente, y le dio un beso leve. Ella lo abrazó convulsivamente.

– Dickon, habla con Ned, por favor -urgió-. El no quiere escuchar a Jorge. Pero quizá te escuche a ti. Hazle entender que mi padre y Jorge sólo querían apartarlo de los Woodville. Es la pura verdad. Obraron contra los Woodville, no contra Ned. Haz que lo entienda.

– Le hablaré en nombre de Jorge, Bella -convino Ricardo, al cabo de una larga pausa, y Francis se preguntó si Isabel discernía la sutil pero significativa diferencia entre lo que ella pedía y lo que él prometía.

– Gracias. Sabía que podíamos confiar en ti.

Mientras ella volvía a abrazarlo, Ricardo bajó la voz, le habló al oído, y Francis sólo captó fragmentos.

– Dile… la capillita que está junto al salón… la esperaré allá…

Isabel escuchó atentamente y asintió.

– Claro que sí, Dickon. -Titubeó y luego dijo-: Pero no creo que ella vaya.

Francis tampoco lo creía, y poco después confirmó que tenía razón. Ricardo estaba de vuelta junto a su hermano y mientras leía la pregunta tácita de Francis, meneó lentamente la cabeza.

La mayoría de los hombres ya habían montado y Eduardo, en el fino caballo de raza que le habían llevado Hastings y Ricardo, intercambiaba cortesías sardónicas con el conde de Warwick, asegurándole a su primo que recordaría su hospitalidad.

Ricardo aprovechó estos momentos libres para guiar a su caballo hacia los dormitorios de sirvientes de la pared este, donde Francis estaba a solas.

Francis experimentaba el inevitable abatimiento de alguien que se quedaría atrás.

– Dios te guarde, Dickon… y también a Su Gracia el rey -dijo melancólicamente.

– Cuídate, Francis.

– Dile a Su Gracia que yo… -No terminó la frase, pues un borrón de color le llamó la atención. Señaló con la cabeza-. ¡Dickon!

Ana estaba sonrojada, y respiraba entrecortadamente. Tenía ojeras y el cabello suelto le enmarcaba el rostro con remolinos desgreñados. Viendo a Ricardo, anduvo más despacio y se detuvo mientras él se volvía en la silla.

Él hizo girar el caballo y se encontraron en el centro del patio. Francis estaba lejos, pero no parecían estar hablando. Ricardo se inclinó para apartarle el cabello castaño de la cara. Luego trazó un semicírculo y echó a trotar por el patio. Pasó frente a Francis y lo saludó en silencio antes de espolear al caballo para cruzar el puente levadizo y dirigirse a la carretera que atravesaba la aldea y conducía al sur, lejos de Middleham.

Dos meses después, Francis escribió en su diario:

Se comenta que el rey Eduardo fue aclamado con gran fervor al llegar a Londres. El lord alcalde, los regidores y doscientos artesanos vestidos de azul se reunieron en Newgate para darle la bienvenida. Llevaba consigo mil jinetes y en la escolta estaban los duques de Gloucester, Suffolk y Buckingham; los condes de Arundel y Essex; y los lores Hastings, Howard y Dacre.

También lo acompañaba Su Gracia el conde de Northumberland. Juan Neville se unió al rey en su avance hacia el sur y cabalgó junto a él cuando entraban en Londres. No puede ser fácil estar obligado a escoger entre un hermano y un soberano, pues no dudo de que los ama a ambos.

El rey ordenó que liberasen a Henry Percy de la Torre y nombró lord condestable a Dickon, tal como nos había dicho mi señor de Warwick. Ahora han despachado a Dickon a la frontera para sofocar una rebelión en Gales y para reconquistar Carmathen y Cardigan, que fueron tomadas por los rebeldes. Es su primer mando militar.

Titubeó, manchó la página con tinta, y luego añadió, a manera de epílogo, todo lo que le parecía seguro decir sobre la lucha de poder que se desarrollaba entre el rey y su primo, el Hacerreyes.

El conde de Warwick y el duque de Clarence permanecen en el norte. El rey los llamó a Londres, pero hasta ahora se han negado a acatar esa orden. Es como si Inglaterra estuviera partida en dos. No sé qué sucederá ahora, pero temo por el futuro. Creo que sólo nos depara aflicciones.

Capítulo 13

Westminster

Diciembre de 1469

– ¿Por qué, Ned? En nombre de Dios, ¿por qué? ¿Cómo pudiste?

– No tenía opción, Lisbet.

Isabel lo miró. Eduardo reparó en su incredulidad, notó que ella no había asimilado sus palabras.

– ¿No tenías opción? -repitió ella-. Mi padre y mi hermano murieron por orden de Warwick. ¿Y me dices que no tienes más opción que indultarlo?

Elevó la voz. Él se le acercó pero ella lo esquivó, retrocedió.

– Sí -dijo él-. Eso es lo que te digo. No tenía opción. Si no puedes destruir a tu enemigo, Lisbet, debes reconciliarte con él. Es una regla elemental de la guerra, amor mío, por poco que te guste.

– Tú tienes el poder… -comenzó ella, pero él la interrumpió.

– No, Lisbet. Lamento decir que no es así. Tengo, por cierto, la autoridad moral del trono. -Sonrió irónicamente-. Lamentablemente, la autoridad moral suele perder en el campo de batalla, tesoro.

Ella pasó por alto el sarcasmo, sacudió la cabeza.

– Eres el rey -insistió-. Eso te da el poder…

– ¿El mismo poder que tenía Enrique de Lancaster? Por Dios, Lisbet, mi padre luchó contra Margarita de Anjou durante años y Lancaster no pudo hacer nada para evitarlo, ni siquiera cuando empezó a correr tanta sangre.

– Porque era un simple.

– Es verdad, pero la respuesta no está sólo en la flaqueza de Enrique, sino en la fortaleza de mi padre. Una fortaleza suficiente para retar a la corona, incluso para tomar las armas contra el rey. ¿Cuántas batallas se libraron en los años previos a Towton…? ¿Cuatro? ¿Cinco? Hablas de poder. Bien, mi padre tenía el poder para retar al rey. Y por mucho que me irrite reconocerlo, también lo tiene mi primo de Warwick. Al menos por ahora.