Notó que su esposo estaba quieto y su inmovilidad la tomó por sorpresa, pues sabía que él aún no estaba satisfecho. Se acodó para mirarlo inquisitivamente. Con un sobresalto, vio que él le clavaba los ojos, que quizá hacía un rato que la estudiaba. Ahora no parecía divertido; sus ojos eran de color muy claro y tenían una pátina de hielo.
– ¿Quieres un libro para entretenerte? -murmuró él, e Isabel comprendió que lo había herido de un modo que él no esperaba, y que no podría perdonar. Así, entrelazados en el más íntimo abrazo, se miraron con los ojos acusadores de dos enemigos.
Isabel no era una mujer nerviosa, ni era dada a temer espectros ni abrigar presagios sobre males desconocidos. La escasa imaginación que poseía era estrictamente disciplinada, y no sucumbía a devaneos que superasen los límites que ella había trazado tiempo atrás.
Pero ahora le costaba dormir de noche, y sólo dormía entre sobresaltos. La intimidaban los ruidos imprevistos y, cuando un paje negligente volcó una jarra de cerámica en la alcoba, ella perdió los estribos y abofeteó repetidamente la cara del joven, con tal fuerza que durante días él llevó en la mejilla las marcas de ese estallido.
A mediados de la segunda semana, sus nervios estaban tan desgastados que sus criados tenían miedo de atenderla. Había pedido una poción para dormir a Dominic de Serego, un médico de la corte, y todas las noches tragaba una repulsiva mezcla de opio, beleño y vino, pero caía en un sueño tan pesado y profundo que se sentía mareada durante horas después de despertar. Le fallaba el apetito; nada tenía el sabor debido, y después de cada comida los alimentos se le asentaban en el estómago como plomo. Se obligaba a comer, sin embargo, así como se obligaba a asistir a todos los entretenimientos de la corte navideña.
Siempre había amado la danza, siempre la habían deleitado la música de los juglares, las piruetas de los malabaristas y sus osos y monos amaestrados, las obras teatrales representadas por los gremios y las compañías de actores ambulantes. Ahora lo odiaba todo, sabiendo que todos se fijaban en ella, especulativos, curiosos, hostiles. Pues había pocos secretos en la corte. Su esposo la trataba con irreprochable cortesía cuando se reunían en público, pero pocas actividades del rey escapaban al escrutinio de ojos que estaban presentes por doquier, y todos estaban enterados de que él no visitaba el lecho de Isabel.
Isabel sabía que era odiada, pero ese conocimiento la había vuelto más recalcitrante, más obcecada. Pero ahora se sentía observada con una intensidad distinta, expectante. Le evocaba el modo en que una manada de lobos perseguía a un venado durante días, aguardando indicios de agotamiento para abalanzarse sobre la presa.
Esa idea era tan ajena para Isabel que soltó un gemido de consternación. Con voz súbitamente trémula, ordenó a sus servidoras que se marcharan de la alcoba y luego miró a la mujer reflejada en el espejo. Esta vez no vio la belleza que no negaban ni siquiera sus enemigos más acérrimos. Sólo vio esos ojos fatigados y temerosos.
Al cabo de un rato, se acostó en la cama, totalmente vestida. Hacía una quincena que se negaba a afrontar el hecho de que tenía miedo de este distanciamiento cada vez más profundo entre ella y Ned. Primero por furia, luego por orgullo, se había negado a ver la verdad, a reconocer quién de los dos podía perder más.
Era una reina odiada que no había dado a su esposo un hijo y heredero. Le había dado tres hijas y ya hacía nueve meses desde el nacimiento de la última. Y tenía enemigos, por Dios, enemigos suficientes para una vida entera. Enemigos pero no amigos, nadie en quien pudiera confiar. Si ella caía, caería su familia. ¿Qué le sucedería si Ned dejaba de desearla y amarla?
Se levantó y regresó al espejo. Tenía ante ella un frasco de talco perfumado; se frotó la fragancia en la garganta y el hueco de los senos. Y luego empezó a desvestirse, sin molestarse en llamar a sus damas, dejando que las prendas cayeran a sus pies hasta que la rodeó un círculo de seda y satén desechados.
– No es preciso anunciarme -les dijo a los hombres apostados en la puerta de la alcoba de su esposo, con toda la altivez de que fue capaz, y se apresuraron a cederle el paso. Rogó en silencio que él estuviera solo y entró en la cámara.
No estaba solo, pero no había ninguna mujer, e Isabel le dio gracias a Dios. Los criados practicaban el complejo ritual de preparar el lecho real, y concluyeron rociando las mantas con agua bendita. Otros dos preparaban el hogar. Ya había vino y pan en la mesilla, y cerca de la cama había una silla donde la corona de Inglaterra relucía a la lumbre sobre un cojín de terciopelo rojo. En medio de esta actividad, su esposo estaba reclinado en el asiento de la ventana, jugando al chaquete con su hermano.
La entrada de Isabel interrumpió la conversación. Ella cruzó la cámara, esperó mientras Ricardo se apresuraba a ponerse de pie. Se inclinó para besarle la mano y se hincó sobre una rodilla hasta que ella asintió, autorizándolo a levantarse.
No le agradaba ese muchacho moreno y silencioso que se parecía tan poco a Ned o al truhán de Clarence. No era una antipatía personal, pues no lo conocía demasiado. Pero sentía un rechazo instintivo por cualquiera que reclamara el afecto de su esposo y pensaba que Ned demostraba demasiado cariño por su hermano menor.
El muchacho había regresado a la corte esa mañana; había estado en Gales el mes pasado, cumpliendo una misión encomendada por Ned. No sabía qué, aunque recordaba jirones de una conversación que había oído esa tarde, que él había capturado un castillo o algo parecido. Pero sintió un súbito arrebato de amistad hacia él, pues si no hubiera estado allí, quizá habría encontrado a Ned en la cama con una de sus rameras. Pensando en ello, ofreció a Ricardo una sonrisa deslumbrante, y lo felicitó por su éxito.
Él se sobresaltó ante esa inesperada cordialidad; en general sólo le brindaba una cortesía formal. Pero tenía tacto, Isabel debía concederlo, pues no se demoró sino que se marchó discretamente. Los criados lo siguieron enseguida, así que pronto estuvo a solas con su esposo.
– ¿Deseabas hablar conmigo, Lisbet?
Eduardo la observaba con un amable desinterés que la puso tensa. Tragándose el resentimiento, asintió.
– Vine a decirte que has ganado, Ned. Acepto tus términos.
Ojalá pudiera vislumbrar sus emociones tan bien como él vislumbraba las de ella. Su expresión no le decía nada sobre sus pensamientos, y la voz reveló tan poco como su rostro.
– ¿Primero no deberías saber cuáles son esos términos?
– Sé exactamente cuáles son -replicó ella-. Rendición incondicional.
Le pareció que Eduardo sonreía con los ojos, y avanzó antes de que él pudiera hablar. No quería hablar, no confiaba en sí misma, sabía que la menor chispa volvería a atizar la riña.
Se inclinó y le besó la boca. Él no la rechazó, pero tampoco respondió, y al incorporarse ella temía que él le pagara en su propia moneda. En tal caso, ella nunca podría olvidar la humillación, nunca podría perdonarlo. Sin atreverse a esperar, comenzó a quitarse las peinetas de marfil que le sujetaban el cabello. Se derramó en un remolino de resplandor plateado. «Hebras de claro de luna», lo llamaba Ned, y le gustaba sepultar su rostro en él, sentirlo contra el pecho, una barrera sedosa entre ambos.
Estos recuerdos de su pasada pasión eran tan fuertes y vividos que disiparon sus dudas y se desató el sayo de la bata, la abrió y se la ciñó en la cintura, quedando expuesta del tobillo a los muslos y de los abultados senos a la garganta.
Eduardo ya no sonreía. La atmósfera entre ambos había cambiado, estaba saturada de una súbita tensión sexual.