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– Vaya que eres hermosa -murmuró él, casi intrigado.

Isabel ya no tenía problemas para vislumbrar las emociones de su marido. Se le secó la boca, y no eran los nervios los que aceleraron su respiración. Sabía que él no tendría quejas sobre su respuesta esa noche. Sentía un vertiginoso mareo de excitación, de triunfo y de alivio, y se echó a reír, se quitó la bata.

Él tendió los brazos y la hizo sentar sobre sus piernas. Su boca estaba caliente; ella se entregó gustosamente a ese calor, dejó que él le plantara besos en la curva de la garganta y la blandura del hombro. Le desabotonó el jubón, tironeó de la camisa hasta que pudo meter las manos y tocarle la piel. Él deslizó la boca hacia el busto, despertó borbotones ardientes en la punta de sus nervios, sensaciones de una intensidad casi insoportable.

Las tiras de cuero que unían el jubón con las calzas se aflojaron. Él jadeó cuando ella le tocó la entrepierna y encontró una hinchada prueba de su apetito. Se giró en sus brazos hasta que sus labios se encontraron, y una nube de cabello rubio y lustroso los rodeó a ambos, hasta que la intimidad erótica de sus caricias hizo que ella se arqueara, inhalando abruptamente mientras tartamudeaba su nombre. Cuando él la alzó en brazos para llevarla a la cama, Isabel no sabía si era la seductora o la seducida.

Isabel estaba mondando una naranja, su fruta favorita. Nunca se cansaba de ellas, pues no las había probado hasta que fue esposa del rey de Inglaterra; tenían que embarcarlas desde Italia, costaban una exorbitancia, y ella las valoraba por eso, no sólo por su gusto dulce y penetrante. Se inclinó, pasando el cabello sobre el pecho de Eduardo, y le dio un gajo, luego se inclinó para beber el zumo de su boca con la punta de la lengua. Él abrió los ojos, le sonrió.

– ¿Quito todo esto? -murmuró ella, señalando la bandeja que había en la cama entre ellos. Estaba llena de comida, queso y pan y fruta; tras satisfacer su hambre por sí mismos, ambos habían sentido un hambre de otro tipo y habían causado una conmoción en las cocinas con su imprevista petición de una cena a medianoche.

Él asintió y ella dejó la bandeja en el suelo; se recostó en sus brazos. Desde la cama, veía el destello de la corona. Le gustaba la tradición de ponerla junto al lecho, le gustaba ver esa prueba tangible de majestad.

Ya no lamentaba haber sucumbido a Eduardo en su guerra de voluntades. Estaba enfadada consigo misma por no haberlo hecho antes, por no haberse ahorrado tantos días de crispación y tantas noches interminables. Nunca había querido doblegarse ante su primer esposo, pero Ned no se parecía en nada a John, no se parecía a ningún hombre que hubiera conocido. De nuevo miró y estudió el fulgor tenue de la corona; aun a la luz del fuego, brillaba con tranquilizadora luminiscencia.

Sentía una creciente languidez, una sensación deliciosa y flotante, como si sus huesos se hubieran vuelto líquidos. Pero luchó contra esa sensación; aún no estaba dispuesta a dormir. Eduardo se estiró, la estrechó más. La sostenía dentro del círculo de su brazo izquierdo, que reposaba bajo los pechos. Ella vio las marcas rojas y tenues que había trazado con las uñas en la piel de Eduardo y las siguió con el dedo.

Sabía que sus adversarios la llamaban ramera y mujerzuela, insinuaban que había arrojado un hechizo sexual satánico sobre Eduardo para inducirlo a casarse. A veces esas acusaciones le resultaban indiferentes y a veces la exasperaban, pero de haber tenido otro temperamento lo habría tomado con irónico humor, pues la verdad era que sólo había yacido con dos hombres en su vida, y se había casado con ambos.

Tenía quince años cuando desposó a John Grey, y no era reacia a aprender lo que él le enseñaba en el lecho conyugal. Había sido buena alumna, y habría estado dispuesta a experimentar más si él hubiera tenido esa inclinación. Pero pronto descubrió que él se desconcertaba si Isabel tomaba la iniciativa, y prefería que ella actuara pasivamente cuando hacían el amor.

Isabel no sabía juzgar bien a la gente, pues no tenía curiosidad suficiente para especular sobre las necesidades que motivaban a los demás. Pero aun ella comprendía que su esposo se sentía amenazado al notar que ella tenía sus propias necesidades sexuales. Como no tenía modo de comparar, Isabel suponía que todos los hombres eran así y se resignó a una relación sexual que era módicamente placentera pero poco imaginativa y totalmente previsible.

Su segundo matrimonio fue distinto del primero en todos los sentidos; ante todo, en el lecho. Eduardo la alentaba a tomar la iniciativa, y se deleitaba cuando ella demostraba que lo deseaba, y cuanto más desinhibida era, más le agradaba. Con él, Isabel había aprendido nuevos modos de dar placer físico y con el tiempo llegó a entender que el secreto de la ardiente pasión de Eduardo por ella se debía menos a su belleza que a su avidez. Isabel lo deseaba tanto como él a ella, y la intensidad de esta necesidad común los había atraído en su primer encuentro, había enlazado sus vidas en un matrimonio que, para las pautas de la época, no tendría que haber existido, pero había resistido a pesar de una oposición universal, las flagrantes infidelidades y la falta de un hijo varón.

Isabel siguió acariciándole el antebrazo y luego se movió levemente, de modo que el brazo de él le apretaba gratamente los pechos. Estaba satisfecha pero no saciada, y las comparaciones sexuales que había hecho entre los dos hombres habían vuelto a encaminar sus pensamientos en esa dirección. Se puso a jugar con el vello brillante del pecho, tironeando suavemente; conocía el cuerpo de él como si fuera el propio, sabía cómo complacer y provocar, y cómo excitarlo.

– ¿Ned?

Él farfulló una respuesta, un sonido de soñolienta satisfacción, y ella bajó más la mano, le tocó la cadera y el muslo. Limitó sus caricias a esa zona por un rato, y luego lo acarició entre las piernas.

Él no tardó en despabilarse y entregarse nuevamente a las manos suaves y habilidosas que pronto lo hicieron suspirar de placer.

Isabel se inclinó de nuevo sobre él, para besarlo largamente.

– ¿Ned? -Le respiró contra la oreja, esperó a que él abriera un ojo inquisitivo-. Ned… ¿qué sucede ahora que Warwick tiene su indulto?

– Ahora espero -dijo él lacónicamente.

– ¿Esperas qué? -susurró ella.

Estaba tan cerca que sólo ese susurro separaba sus bocas. Él vio que ella lo escrutaba intensamente, sin respirar, como si el destino del mundo dependiera de su respuesta.

– Espero a que él se pase de la raya, amor mío -murmuró.

– ¿Y lo hará? ¿Estás seguro, Ned?

– Apostaría mi vida -dijo él, y la vio sonreír.

– Preferiría que apostaras la suya -dijo ella. Le besó la boca. Su perfume era elusivo, una fragancia atractiva y sensual que lo invitaba a buscar su origen, y el contacto de su cuerpo era cálido, un cutis como seda tensa, lisa pero firme-. ¿Por mí? ¿No reclamarías su vida por mí, Ned? -Y volvió a besarle la boca, pero se detuvo abruptamente, porque él se echó a reír.

– Y cuando Salomé bailó para el rey Herodes, él prometió darle lo que ella quisiera y ella pidió que le trajeran la cabeza de Juan Bautista en una bandeja de plata -citó con una sonrisa burlona, mientras Isabel lo miraba en silencio.

Con esfuerzo, ella reprimió una réplica furibunda. Era el hombre más excitante que había conocido, pero también el más exasperante, y nada la exasperaba tanto como ese sentido del humor que consideraba perverso, imprevisible, a menudo incomprensible. Había muchas cosas que no entendía de él, y ante todo no entendía cómo podía tomar tan pocas cosas con seriedad, pues ella se tomaba casi todo a pecho.

– Me cuesta reír, Ned, cuando se trata de Warwick -declaró-. ¿Puedes culparme por eso?

– Claro que no, amor mío.

Él parecía arrepentido, pero Isabel lo conocía demasiado para dejarse desarmar.

– Y cuando Warwick se pase de la raya, cuando caiga… ¿Qué sucederá entonces, Ned? -insistió-. Me dijiste que él tenía una deuda contigo. ¿Cómo piensas cobrarla?