Su cuñado, el duque de Suffolk, lo saludó desde lejos, sin mayor entusiasmo. Ricardo no conocía bien a Suffolk, un lancasteriano a quien habían casado con su hermana Elisa años atrás con la esperanza de ganarlo para la causa de York. Suffolk había sido más tratable que el otro cuñado de Ricardo, el exiliado duque de Exeter, pero Ricardo dudaba de que Suffolk sintiera genuino afecto por la Casa de York.
Un joven delgado de pelo rubio y desaliñado y ojos claros y evasivos estaba de pie junto a la ventana más próxima. Ricardo reconoció a Henry Percy, el lord lancasteriano de veintitrés años que súbitamente había recobrado el título de conde. Ricardo intercambió saludos corteses con Percy y enfiló hacia su hermano, pero se paró en seco al cabo de varios pasos, mirando al hombre que estaba junto a la silla de Eduardo.
Era de estatura mediana y físico corpulento, de unos treinta y cinco años. El jubón de terciopelo de hombros anchos, las calzas de seda y los anillos incrustados de gemas proclamaban que era un hombre de fortuna. Pero su colorido atuendo era eclipsado por el bigote pulcramente recortado y la barba castaña y puntiaguda, en lo que Ricardo consideraba un afectado reto a la moda. Pero Ricardo no tenía ningún pensamiento caritativo para Thomas, lord Stanley. Ninguno en absoluto.
En los últimos seis meses, mientras Eduardo le daba cada vez más responsabilidades, Ricardo había soportado una abundante cuota de momentos desagradables, momentos de duda íntima e incertidumbre. El hecho de que otros hombres buscaran su liderazgo podía provocar entusiasmo pero también abatimiento, pues él era consciente de su edad e inexperiencia. Pero ningún momento había sido tan malo como el encontronazo que había tenido con Stanley una quincena atrás, en la carretera de Hereford a Shrewsbury.
Había sido una sorpresa para ambas fuerzas y Ricardo había tenido que tomar una decisión instantánea que podía tener consecuencias militares inmediatas para él y consecuencias políticas duraderas para su hermano. Conocía a Stanley, lo consideraba un hombre indigno de confianza. No sabía por qué Stanley cabalgaba hacia Manchester con una fuerza bien armada, pero no le agradaba en absoluto. El instinto, la suspicacia y el parentesco de Stanley con Warwick se fusionaron en su mente, y con una certeza glacial y convincente exigió que Stanley despejara el camino. Había convencido a Stanley, al menos. Éste había cedido, a regañadientes y con protestas, pero había cedido.
Al ver a Stanley evocó el episodio y no le quitó los ojos de encima mientras se arrodillaba ante su hermano. Al mismo tiempo, lamentó no haberse tomado el tiempo para bañarse y cambiarse de ropa. Se sentía incómodamente sucio, defensivo, aprensivo e irritable, todo al mismo tiempo.
– Mi señor de Gloucester -dijo su hermano, y le sonrió mientras él rozaba con los labios el espléndido anillo de Eduardo-. Huelga decir cuánto me alegra que hayáis vuelto de Gales sano y salvo. No obstante, milord Stanley tiene una queja contra vos. Alega que obrasteis de modo ilegal e injustificado en la carretera de Hereford a Shrewsbury hace una quincena. Él declara -Eduardo miró de soslayo a Stanley, buscando su confirmación-que interferisteis con el uso pacífico de la carretera real, y para colmo lo insultasteis. ¿Es un resumen atinado, milord Stanley?
Stanley miraba a Ricardo con rencor.
– Muy atinado, Vuestra Gracia.
Ricardo abrió la boca, pero la cerró porfiadamente. Sentía un hueco en el estómago, la creciente sospecha de que había liado a Ned en una engorrosa situación política, y todo porque había sido demasiado impulsivo, demasiado atolondrado. Pero no, no era así. Había tenido razón al sospechar de Stanley, estaba seguro, y de ninguna manera diría lo contrario, ni siquiera por Ned. Aun así, había algo raro en la voz de Ned, una leve insinuación de… ¿enfado? ¿Decepción? Ricardo detectaba una emoción, aunque no lograba identificarla.
Eduardo lo miraba con expectación, aguardando su respuesta. Ricardo notó que todos la aguardaban. Vio también, con cierto azora-miento, que sólo el rostro de John Howard manifestaba simpatía. Hastings tenía un aire socarrón, Suffolk parecía medianamente interesado, Percy cautelosamente neutral. Pero Ricardo sabía que ninguno de ellos gustaba de Stanley. Extraño, pero nunca había advertido que también él podía ser blanco de la envidia, que algunos le guardaban rencor tan sólo porque era el hermano de Ned. Tendría que pensar en ello, pero por el momento recobró la compostura.
– ¿Majestad? -dijo con voz tensa.
– ¿No queréis responder a las acusaciones de lord Stanley?
Ricardo miró de nuevo a Stanley, descubrió que la furia era una muleta útil para su tambaleante confianza.
– Lord Stanley olvidó hacer la única acusación que debe haberlo contrariado más -dijo con serenidad-. De no haber sido por nuestro encuentro en la carretera de Hereford a Shrewsbury, habría seguido con tranquilidad para reunirse con el conde de Warwick en Manchester.
– Habláis sin fundamento, mi señor de Gloucester. Lo niego enfáticamente y no tenéis pruebas para respaldar semejante acusación. Sabéis que no las tenéis. -Stanley se volvió hacia Eduardo y protestó-: Vuestra Gracia, me ofende profundamente que se difame mi lealtad con semejante calumnia.
– No esperaba menos, milord -respondió Eduardo, siempre con ese tono elusivo que Ricardo no lograba identificar-. ¿Tenéis dicha prueba, mi señor de Gloucester?
– No, Vuestra Gracia -dijo Ricardo a su pesar, y se negó a explayarse sobre esa admisión tajante y a dar explicaciones, pero no pudo abstenerse de dirigir a su hermano una mirada escrutadora y fugaz en la que había una medida de súplica.
– Bien, milores… A mi modo de ver, se trata de un lamentable malentendido. Agradezco vuestros votos de lealtad, lord Stanley. No cuestiono vuestra buena fe, aunque confío en el criterio de mi hermano de Gloucester. Dadas las circunstancias, creo que deberíamos olvidar el incidente. ¿Ambos coincidís conmigo?
Eduardo se reclinó en la silla, mirándolos por encima del borde de su copa de vino. Ricardo asintió casi imperceptiblemente. Stanley, en cambio, dijo en voz alta, un poco acalorado:
– No, Vuestra Gracia, no coincido. ¿Por qué debo responder por las sospechas de un niño? Creo que no entendéis, Vuestra Gracia, cuan impertinente fue. Osó decir…
Eduardo miró a Ricardo, interrumpiendo la perorata de Stanley.
– ¿Qué dijiste exactamente, Dickon? -preguntó.
Ricardo ahora estaba más furioso que inseguro, y el tratamiento de confianza disipó sus dudas. Sabía que su hermano lo respaldaría, al menos en público. Aún no sabía qué esperar cuando estuvieran a solas.
– Le dije que despejara el camino. Como se negó, dije que pasaríamos entre sus hombres o sobre ellos, que la elección era suya -declaró, procurando enunciar cada palabra con claridad, y Eduardo se atragantó con el vino.
Jadeó, escupió y empezó a toser, y tanto Ricardo como Will Hastings se alarmaron, hasta comprender que no procuraba recobrar el aliento sino reprimir una carcajada. Pero la había contenido mucho tiempo y ya no podía más, así que se desternilló de risa hasta que le brotaron lágrimas.
Stanley miró al rey envaradamente. Tenía la cara arrebolada, y había llegado a un matiz del rojo que la naturaleza nunca había tenido en cuenta. También él tenía lágrimas en los ojos, lágrimas de rabia que ardían como rescoldos, enturbiándole la visión. Vio que todos sonreían: Hastings, Howard, Suffolk, hasta Percy. Y Gloucester lo observaba sin disimular su aire triunfal.
– Vuestra Gracia, por favor -articuló, mascullando las palabras.
Eduardo se había calmado y empezó a levantarse.
– Tienes la piel demasiado delicada, Tom -dijo con una sonrisa-. Nos conocemos hace largo tiempo, así que sabrás disculpar una ocasional falta en mis modales.