Ricardo se limitó a asentir en silencio. El hombre se retiró y al instante entró Thomas.
– He dado órdenes de ensillar a vuestro caballo, milord -anunció.
– Te esperaré, Dickon, si te parece bien.
Ricardo se volvió hacia Francis, asintió de nuevo, pero Francis pensó que no había oído sus palabras. Ricardo había palidecido visiblemente. Tenía la boca tensa, como preparándose para afrontar malas noticias. Antes de que Francis pudiera repetir la pregunta, Ricardo se marchó y él quedó a solas en la cámara silenciosa. Se sentó en la angosta cama y trató de convencerse de que el rey podía llamar a Ricardo a semejante hora por asuntos triviales, por algo que no fuera una catástrofe.
– Entra, Dickon. Tengo noticias. Parece que el muy cristiano país de Francia ha presenciado un milagro… Y sin duda pronto nos dirán que los ciegos veían y los cojos brincaban como ciervos.
– Se me ocurren pocos lugares menos aptos que Francia para recibir esa bendición -dijo Ricardo con incertidumbre, pues había un brillo duro en los ojos de su hermano y la befa sonaba a falsa-. ¿Qué ha sucedido, Ned?
– El gato está entre las palomas, hermanito. Lisbet me ha enviado un mensaje desde Westminster. Nuestra hermana Meg me ha enviado un recado desde Borgoña… Warwick se ha reconciliado con la ramera francesa.
Por primera vez en su vida, Ricardo supo qué significaba quedar mudo de asombro.
– No lo creo -dijo al fin.
– Créelo, Dickon -dijo Eduardo con un mohín-. Warwick y Margarita de Anjou se reunieron en Angers el 22 del mes pasado y allí descubrieron que tenían un interés en común: mi derrocamiento.
– Sí, y he aquí que el lobo y el cordero se alimentarán juntos -murmuró Will Hastings, pero a Ricardo esa nefasta alianza no le causaba ninguna gracia.
– Si se alía con Margarita de Anjou -dijo, aún incrédulo-, no habría tenido reparos en sellar un pacto con el mismísimo archidemonio del infierno. -Y añadió, a su pesar-: Que Dios se apiade de él, haber caído tan bajo…
– Facilis descensus Averni -citó Eduardo, encogiéndose de hombros-. Fácil es el descenso al infierno.
– Cielos, Ned, su padre y su hermano murieron con los nuestros en Sandal -insistió Ricardo-. ¡A manos de los hombres de Margarita!
– Ya, y Warwick no se cansaba de tildar al hijo de bastardo. Pero el rey de Francia tiene una lengua meliflua y parece que los intereses personales han obtenido la victoria -dijo secamente Eduardo, y Ricardo volvió los ojos grises hacia él en tardía comprensión.
– Esto es obra del rey francés, ¿verdad?
– ¿De quién otro, Dickon? Warwick no tiene la imaginación necesaria… Si la tuviera, no habría respaldado a Jorge en sus aspiraciones al trono. En cuanto a la ramera francesa… -Eduardo rió forzadamente-. En verdad creo que odia a Warwick aún más que a mí.
– Y el exilio no la ha ablandado -intervino Will-. Tuvo a Warwick de hinojos un cuarto de hora antes de dignarse indultarlo.
– Me habría gustado ver eso -dijo amargamente Ricardo, y Eduardo le dirigió una sonrisa cómplice.
– A mí también, muchacho, a mí también.
– ¿Qué hay de Jorge? -preguntó Ricardo, y esta vez la risa de Eduardo no fue forzada.
– ¿Qué hay de él, en efecto? Warwick necesita a Jorge tanto como un castrado necesita a una mujer fogosa, y hasta Jorge debe comprender que ahora es como una ubre de toro, una curiosidad inservible.
Will rió, pero Ricardo fruncía el ceño, pues aún no daba crédito a la noticia.
– ¿Warwick espera devolver el trono a Enrique de Lancaster? -preguntó-. Dios Todopoderoso, Ned, Enrique está loco de remate y Warwick lo sabe.
– Si se atreven, soslayarán al viejo y coronarán al niño -predijo Will.
– ¿Aún no han desembarcado en Inglaterra y ya has coronado al niño? -bromeó Eduardo.
Reparando en su error, Will hizo una mueca y se recobró prontamente.
– Quisieran hacerlo… mas no lo harán.
– No, Will, no lo harán. Pero vaya si lo intentarán.
– No lo creo, Ned. Apuesto a que tendrán un entredicho antes de la primera helada… y nuestro primo Warwick habrá canjeado los restos de su honra por un puñado de telarañas y humo.
– Yo que tú no contaría con eso, Dickon.
– No puedo creer que esta condenada alianza pueda durar. Es un apareamiento tan antinatural como Roma y Cartago, como Esparta y Troya.
– Pareces olvidar, Dickon, que estamos lidiando con el Rey Araña. Luis comprendió, tal como tú, que para acoplar a perro y gato se requería más que un apetito común por la corona inglesa. -Eduardo hizo una pausa, meneó la cabeza-. No, ese hideputa puso una buena carnada en la trampa, y luego selló esta aciaga alianza con el sacramento del matrimonio. Realmente me gustaría saber cómo persuadió a Margarita de desposar a su precioso vástago con una hija de Warwick. -De nuevo sacudió la cabeza, intrigado-. Eso sí que es increíble.
– Sospecho que el hijo la convenció -le explicó Will a Ricardo-. Parece que estaba prendado de la muchacha y no era reacio a acostarse con ella, y menos cuando también le ofrecían una corona.
Mientras Will hablaba, hubo una súbita conmoción del otro lado de la mesa. Un escudero de la casa real se había movido sigilosamente entre ellos, llenando las copas de vino con un gruesa jarra de cristal. Pero, cuando se detuvo ante Ricardo, éste se giró súbitamente para mirar a su hermano, y el desdichado criado se encontró vertiendo vino en una copa que ya no estaba ahí.
El hombre miraba consternado el charco que se formaba entre los juncos del suelo, vio con mayor consternación que el vino había salpicado la manga de terciopelo azul del jubón del joven duque, y se dispuso a afrontar una reprimenda que no merecía pero de la que no esperaba escapar.
No hubo reprimenda sino un abrupto silencio, interrumpido por Will cuando fue evidente que nadie más pensaba hablar. La torpeza de Ricardo había sobresaltado a Will, pero sus buenos modales le impedían comentarlo. En cambio, hizo al escudero una señal discreta para que se retirase y reanudó la conversación como si nadie la hubiera interrumpido.
– Pero Margarita no es tonta. Aunque aprobó el compromiso, la boda no se celebrará hasta que Warwick sea dueño de Inglaterra. -Se rió de eso, y concluyó jovialmente-: Y él tiene tantas probabilidades de lograrlo como de conquistar la santa ciudad de Jerusalén.
Esperó una reacción, pronto vio que esperaba en vano. Ahora reparaba en tensiones que iban más allá de la conmoción que había provocado el acuerdo de Warwick con la reina lancasteriana. Renunció a todo intento de platicar, miró a Eduardo pidiendo una señal. Ésta no tardó en llegar.
– Will, quisiera hablar a solas con mi hermano -dijo el rey, y cuando Will cerró la puerta, se inclinó hacia Ricardo. Pero Ricardo rehuyó el contacto.
Eduardo, excepcionalmente, se había quedado sin palabras, y guardó silencio mientras Ricardo se acercaba a la ventana, donde se dedicó a destrabar los postigos.
Un aire frío invadió la cámara, haciendo chisporrotear las velas y anunciando una lluvia inminente. Eduardo maldijo entre dientes.
– Dickon, no sabía… Ni se me ocurrió que aún estuvieras prendado de la hija de Warwick. -Ricardo calló, y Eduardo se sorprendió a sí mismo al ponerse a la defensiva-: Después de todo, hace casi un año que no la ves… Tiempo de sobra para olvidar a una veintena de mujeres. A tu edad, sé que lo hubiera hecho… y lo hice.
Ricardo dio media vuelta.
– El año pasado, cuando prohibiste nuestro compromiso, te dije que sentía afecto por Ana, y respondiste que recapacitarías si mis sentimientos eran similares al cabo de un año. ¿Recuerdas tus palabras?
A Eduardo no le gustaban las acusaciones, directas o implícitas, y respondió con rústica franqueza.
– Las recuerdo. No parecía una gran promesa. Sólo tenías dieciséis años y pensé que tu enamoramiento pasaría con el tiempo.