Un hombre se hincó de rodillas.
– Oh Señor mi Dios -se puso a balbucear-, Tú que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros…
Los demás se agitaron, moviendo ojos temerosos en una contagiosa comunicación de este espanto desconocido, y Eduardo interrumpió la plegaria con un insulto virulento.
Afirmando su autoridad, esperó a que guardaran un sumiso silencio. Uno de sus escuderos rondaba en las cercanías con prendas en los brazos; una bota se deslizó de su mano vacilante, y casi aterrizó sobre el pie descalzo de Eduardo. Él hizo una mueca, reparando en su imagen incongruente: en cueros y espada en mano. Pero esta vez su sentido del humor no acudió en su auxilio.
– Llamad a Gloucester -rugió-. Y a Hastings… Despertad a los demás.
Eduardo miró a sus tres allegados: su hermano Ricardo, su cuñado Anthony Woodville, y su lord chambelán, Will Hastings. No podía imaginarse tres hombres más disímiles, aunque ahora compartían un semblante de aturdida aprensión. Tres pares de ojos -azul oscuro, verde claro, castaño-se clavaban en él con ansiedad.
Anthony se relamía los labios secos. Estaba pálido de miedo, pero Eduardo no lo culpaba por eso. Sólo un loco como Enrique de Lancaster afrontaba la espada con serenidad. Pero para montar al miedo era preciso tascar el freno; si le aflojabas las riendas, se encabritaba. Evaluó a Anthony de una ojeada, llegó a la conclusión de que aguantaría mientras los demás conservaran la cabeza.
Al observar a Will y Ricardo, encontró motivos de tranquilidad en sus rostros tensos y expectantes. Will estaba demasiado curtido, a los treinta y nueve años, para sorprenderse de cualquier acto humano o divino; aceptaría la derrota como un hombre, si era su destino. Y Dickon tenía la dichosa adaptabilidad de los jóvenes, demasiado atrapado en los actos del momento para reflexionar sobre el riesgo de una derrota y muerte inminentes.
– ¿Has confirmado la historia de ese hombre, Ned? -preguntó Will.
– Estamos esperando. -Avanzando un paso hacia la antecámara, dijo-: Mejor ordenemos que ensillen los caballos, por si acaso…
Ricardo, tironeando de la manga del jubón que se había puesto con urgencia, alzó la vista.
– Ya lo hice -dijo, y Eduardo asintió con aprobación.
– Bien hecho. Huelga decir… -Hizo una pausa, poniéndose alerta.
Ricardo llegó primero a la puerta, abriéndola mientras el correo de Eduardo entraba a trompicones. Y cuando pasó junto a Ricardo, duque de Gloucester y príncipe Plantagenet, sin siquiera saludarlo, Eduardo supo lo que diría.
– Corréis peligro mortal, majestad.
Eduardo tragó saliva, y tenía la boca tan seca que le costó hablar.
– ¿Quién me amenaza?
– Montagu -barbotó el hombre-. Se ha pronunciado a favor de su hermano Warwick… y su ejército está a menos de dos leguas, Vuestra Gracia.
No tendría que haberle sorprendido. Al aceptar la veracidad del relato de Carlisle, Eduardo había comprendido que sólo podía haber un ejército que estuviera en las cercanías de Doncaster. Pero se había negado a creerlo. Había verdades demasiado devastadoras para aceptarlas. Johnny. Cielo santo, ¿qué había hecho?
Nadie habló. Parecía que ni siquiera respiraban. Se obligó a volver la cabeza hacia sus compañeros. Vio que Ricardo y Will también habían sospechado la verdad. Sólo Anthony estaba estupefacto.
– ¿Montagu? -repitió con incredulidad-. ¿Cómo se atreve, Ned? Después de todo lo que hiciste por él…
Nadie le prestó atención. Will observaba a Eduardo. También Ricardo observaba a su hermano. Eduardo dio media vuelta para no afrontar esas miradas, tropezó con la cama. Johnny, nada menos que Johnny. Ese maldito título. Que Dios lo perdonara, tendría que haberlo previsto, tendría que haberse dado cuenta. ¿Qué sería de Isabel, de sus hijas, de los hombres que habían confiado en él? Will. Dickon. Dickon, que tenía diecisiete años, como Edmundo. Y era culpa de él. Él los había puesto en este trance, los había llevado a Doncaster para morir.
Nunca había estado tan cerca del pánico. Nunca había perdido la confianza en sí mismo, ni se había visto derrotado, ni los había dado a todos por muertos.
Perdió la noción del tiempo. El silencio parecía prolongarse una eternidad, no tenía principio ni fin. En realidad, sólo pasaron segundos. Sintió que le tocaban el brazo. Su hermano se le había acercado. Se volvió hacia el muchacho. Dickon tenía miedo. Se notaba en la rigidez de su postura, en los hombros encorvados, en su palidez. Demasiado aturdido para el dolor. Eso vendría después, si vivía el tiempo suficiente. Pero los ojos no vacilaban, lo miraban con firmeza. Los ojos de Edmundo, llenos de confianza.
Eduardo aspiró espasmódicamente, notó que le dolía respirar, como si hubiera recibido un golpe demoledor en el torso. Cuando habló, sin embargo, su voz era la de costumbre, no delataba el menor pánico.
– Nos ha tendido una trampa sumamente precisa. Siempre dije que Johnny era el auténtico soldado de la familia Neville. -Sólo él se sorprendía de que pudiera hablar con tanta mesura y distanciamiento. Para los demás, era lo que se esperaba de Eduardo.
– ¿Qué haremos? -preguntó Ricardo, con esa fe tranquilizadora que había visto en los ojos del muchacho.
También Will aguardaba su respuesta. Anthony, en cambio, había empezado a caminar, como si el movimiento pudiera detener la catástrofe inminente.
– ¿Qué podemos hacer sino luchar? -estalló al fin, sin poder contenerse-. Si reunimos a nuestros hombres…
Eduardo fijó la vista en su cuñado.
– Nos superan en número casi dos a uno -dijo, sin ocultar su desdén-. Más aún, ellos están preparados para luchar y nosotros no. Se nos abalanzarían mucho antes de que pudiéramos agrupar nuestras fuerzas. ¿No has oído que están a menos de seis millas?
Anthony se sonrojó. Se hizo otro breve silencio mientras asimilaban las nefastas implicaciones de las palabras de Eduardo.
– ¿Tenemos tiempo para retirarnos? -preguntó Will, observándolo intensamente, y puso cara de aflicción, pero no de sorpresa, cuando Eduardo negó con la cabeza.
– Nos aniquilarían -declaró-. Tanto si intentamos resistir aquí como si nos replegamos. No tenemos tiempo, la superioridad numérica es abrumadora y el ejército de Warwick sin duda está en marcha para cortarnos la retirada hacia el sur, -Hizo una pausa, examinando cada rostro-. Mi padre y mi hermano perecieron en Sandal porque acometieron contra una fuerza muy superior. Fue un acto arrojado, heroico, temerario… y fatal. No cometeré el mismo error. Ordenad a nuestros hombres que se dispersen. Que se desperdiguen a discreción. Y llamad a Will Hatteclyffe.
En pocos instantes, el médico y secretario estaba ante él, previendo su necesidad, ofreciendo papel y pluma. Con un movimiento del brazo, Eduardo despejó la mesa. Los otros observaron; sólo se oía el chasquido de la pluma. Se enderezó y le entregó el mensaje a Hatteclyffe, sin leerlo.
– Escoge un hombre de confianza y pídele que entregue esto a la reina. Que ella busque refugio en San Martín o Westminster. Mejor aún, llévalo tú mismo, Will.
– No me pidáis eso, Vuestra Gracia -graznó Hatteclyffe, embargado por la emoción-. Preferiría ir con vos… aunque fuera hasta el fondo del infierno.
Eduardo casi sonrió. Casi.
– No tan lejos, Will, por ahora. Por ahora será Borgoña.
Borgoña. Al decirlo en voz alta, cobró realidad. Sabía que el tiempo apremiaba, sabía que Johnny llegaría a Doncaster en menos de una hora. Pero por un instante permaneció inmóvil. Y luego, con esfuerzo, se levantó, evaluó el efecto que había surtido en sus compañeros.
Anthony estaba azorado. Will estaba pálido pero compuesto; gracias a Dios por Will, y por Dickon.
– Dios te guarde, muchacho -dijo abruptamente-. Esta será la segunda vez que buscas refugio en Borgoña.