– ¿Por qué no vitoreas a York en la escalinata de San Pablo y terminas con el asunto?
Francis tuvo el buen gusto de poner cara de contrición.
– Tienes razón, Will. No quise ponerte en peligro. Pero cuando vi a ese pobre necio con la corona de Inglaterra… no pude soportarlo.
Aplacado, Will le palmeó el brazo en un incómodo gesto de consuelo.
– Lo sé. Yo también estuve en Middleham, Francis. Pero no cambiaré las cosas si muero como mártir de York… y lo mismo vale para ti. Procura tenerlo en cuenta.
Francis asintió.
– Rob Percy estaba con Dickon. ¿Lo sabías, Will? -preguntó, tras caminar un rato en silencio.
– No, no lo sabía. ¿Estás seguro?
– El 11 de septiembre viajé de York a la residencia de Fitz-Hugh en Tanfield, y Rob aún estaba allí, sin planes de partida.
– Dicen que Eduardo ordenó la dispersión de su ejército. Es probable que Rob haya vuelto a Scotton.
– Me extraña que digas eso -replicó Francis, y Will frunció el ceño.
– Sí, tienes razón. Si es cierto el rumor de que han huido a Borgoña, entonces Rob también está en Borgoña.
– Hoy oí decir que su buque se hundió en una tormenta, y que todos sus ocupantes murieron -dijo Francis, con voz tan neutra que Will lo miró con inquisitiva dureza.
– Y yo oí decir que fueron capturados por los franceses. ¿Prefieres creer en eso? Cielos, Francis, me extraña que prestes atención a esos chismorreos de taberna. Ni siquiera Warwick sabe con certeza el paradero de Eduardo de York.
Francis no tuvo oportunidad de responder. Una cascada de agua pringosa cayó desde la ventana de un piso alto. Francis, ágil como un gato, rescató a Will a tiempo, pero otros dos viandantes no tuvieron tanta suerte y quedaron empapados. Comprensiblemente enfadados, lanzaron una ristra de airados insultos mientras una mujer miraba con indiferencia desde arriba para evaluar los daños causados y cerraba los postigos para no oír sus imprecaciones.
– ¡Esa zorra desgraciada! -clamó airadamente una de las víctimas, dirigiéndose a Will y Francis-. Vosotros lo visteis… Mirad mi chaquetón. ¡Estoy empapado! -Elevó la voz en un grito-. ¡Que la peste te lleve, zorra descuidada! ¡Que tu hombre se encame con rameras y te contagie la sífilis! ¡Que sufras tantas penas como esa mujerzuela de Woodville!
Francis y Will siguieron caminando, dejando que despotricara bajo los ojos picaros de dos mocosos y un demacrado perro mestizo.
– Hace una semana, esas palabras le podrían haber costado la cabeza -dijo amargamente Francis-. ¡Por Dios, con qué rapidez hacen leña del árbol caído!
Hacía tiempo que Cecilia Neville, duquesa de York, sentía predilección por su finca rural de Berkhampsted sobre el castillo de Baynard, el palacio de York en Londres. Pero con la proximidad de Todos los Santos, había vuelto a residir a orillas del Támesis, y cada vez que salía para oír misa en San Pablo o para hacer ofrendas de caridad para los hospitales de San Bartolomé y Santo Tomás, los londinenses recordaban a su hijo, el joven rey yorkista.
Anochecía. Durante el día una procesión festiva había abarrotado las calles de la ciudad, desplazándose desde el gremio de Aldermanbury por Cheapside, Fleet Street y el Strand, hacia Westminster, donde el nuevo alcalde prestaría su juramento. Ahora las calles volvían a ser transitables y Francis no tuvo dificultades para encontrar una barcaza que lo trasladara de Southwark a Pauls Wharf, a corta distancia del castillo de Baynard.
El mirador de la cámara de audiencias daba al sur y Francis tenía un claro panorama del Támesis, donde luces fluctuantes indicaban el tráfico fluvial. No había esperado que la duquesa de York lo recibiera y comenzaba a lamentar el impulso que, en el comedor de una posada de Southwark, había parecido un rapto de inspiración, pero que en esta cámara de audiencias parecía excesivamente audaz.
Ella entró tan silenciosamente que él no oyó la puerta ni las leves pisadas, y se giró sobresaltado cuando la duquesa pronunció su nombre.
Las primeras palabras le evocaron vívidamente a sus hijos, con quienes ella compartía una voz singularmente agradable, bien modulada, melodiosa, difícil de olvidar. Ella le extendió la mano y él besó los dedos largos y ahusados, desprovistos de joyas salvo una sortija nupcial de oro incrustada de gemas.
En la otra mano tenía un papel plegado, y cuando él se incorporó se lo entregó con una fugaz sonrisa.
– Te advertiría que no dejes testimonio escrito de tus indiscreciones -dijo fríamente-. Será mejor que quemes esto.
Francis arrugó el mensaje que le había permitido ingresar allí.
– Me enorgullece ser amigo de Su Gracia, el duque de Gloucester. Nada de lo que ha pasado en estas cuatro semanas ha cambiado eso, Vuestra Gracia.
– Me temo, Francis Lovell, que no prosperarás bajo los Lancaster.
– Tampoco lo deseo, madame.
– ¿Por qué deseabas hablarme?
Los ojos grises eran tan directos que él se sintió obligado a decir la verdad.
– Londres se ha transformado en una letrina de rumores y chismes ruines. -Torció la boca-. Los promotores de escándalos y los alarmistas se deleitan con las historias más extravagantes, siempre expuestas como artículo de fe.
– Entiendo. ¿Temes que esas historias sean veraces? ¿Que Eduardo se haya ahogado mientras intentaba cruzar el Canal?
– No lo sé, madame -murmuró Francis-. Y eso es lo que no soporto. Creo que preferiría enterarme de lo peor que no enterarme de nada. Pensé que tal vez vos tuvierais noticias… que quizá supierais…
– Eduardo desembarcó en Texel, Holanda, hace casi un mes, el mismo día en que la nave de Ricardo arribó sana y salva a la isla de Walcheren, Zelanda. Se reunieron en La Haya el 11 de octubre.
– Deo gratias -jadeó él, tan fervientemente que ella le dedicó una sonrisa que reservaba para muy pocos.
Desdeñando el cojín que él le ofrecía, ella se sentó en una maciza silla de respaldo recto, señaló un taburete y lo invitó a hacer lo propio.
– Lo que voy a decirte viene de la pluma de mi hija, la duquesa de Borgoña, escrito de su puño y letra y despachado en secreto en cuanto se enteró del desembarco de Eduardo en el reino de su esposo. Hay una pizca de verdad en las historias lúgubres que circulan en las tabernas de Londres. Las ciudades alemanas de la Liga Hanseática estaban en busca de los buques yorkistas; el capitán que capturase a Eduardo de York podría haber reclamado una recompensa al rey francés. Persiguieron a Eduardo hasta el mismísimo puerto de Texel, pero la bajamar impidió que los buques atracaran. Los alemanes anclaron, esperando que subiera la marea para abordar el buque de Eduardo.
Francis jadeó.
– ¿Cómo se salvó, madame?
– Gracias a su talento para la amistad -dijo ella, sonriendo al ver su sorpresa-. Cuando los borgoñones negociaban el matrimonio de su duque con mi hija, en el verano de 1467, Eduardo se ganó la admiración y el afecto de uno de sus enviados, Luis de Brujas, seigneur de la Gruuthuse. Afortunadamente, hoy es gobernador de la provincia de Holanda y, cuando se enteró del trance de mi hijo, obligó a los alemanes a retirarse y permitió el ingreso de Eduardo en el puerto.
– Fue un día propicio para York cuando lady Margarita unió su casa a la de Borgoña -dijo cálidamente Francis.
Ella endureció los gráciles dedos blancos que tenía entrelazados sobre el regazo.
– Sospecho que Carlos de Borgoña piensa lo contrario.
– ¡Pero él ha ayudado a York! -dijo Francis, frunciendo el ceño-. Después de todo, es cuñado del rey Eduardo…
– Y Jorge es hermano de Eduardo.
Francis la miró con desconcierto.
– ¿Me estáis diciendo que Carlos no ayudará a vuestros hijos, madame?
– Yo diría que él… carece de entusiasmo para dicha empresa. No quiere una guerra con Inglaterra, y si respalda a Eduardo, le dará motivos a Warwick para sumar fuerzas con el rey francés contra Borgoña. No puede negar asilo al hermano de su esposa, pero se niega a reunirse con él, y Eduardo estaría en aprietos de no mediar la generosidad de Gruuthuse. -Escrutó a Francis con gravedad-. Sólo tenían encima la ropa que llevaban al huir de Inglaterra, y Eduardo sólo tenía una capa de piel de marta para dar al capitán del barco.