Francis comentaba también (y aquí un asomo de piedad coloreaba su narración) que se decía que Enrique había garrapateado en la pared de su cámara de la Torre: «La realeza sólo significa cuitas».
Ricardo echó una ojeada al resto de esa carta tan releída. Le divirtió el sesgo irónico con que Francis lamentaba que hubieran tenido que emprender un viaje marítimo por razones de salud, y lo conmovió la conclusión, en que Francis confesaba que extrañaba la primavera, cuando volvería a florecer la rosa blanca.
Una vez más, desde que el mensajero de la madre le había entregado las cartas, Ricardo pensó que más valía que Dios guardara a Francis, si ésta era su idea de la discreción. Dejó las cartas para volver a llenar la copa y la vació de nuevo antes de recoger la tercera esquela.
No estaba tan arrugada y ajada como las otras dos; había llegado el día anterior desde Aire, Artois, donde residía su hermana Margarita. La carta era obcecadamente alegre, tenazmente optimista, tal como Margarita había sido en persona durante su breve reunión en Aire poco después de que Eduardo y Ricardo llegaran a Brujas.
Margarita confiaba en que Carlos pronto decidiera darles una suma más principesca que las quinientas coronas que ella había logrado extraerle para ayudar a costear los gastos. Apenas mencionaba el hecho de que Carlos se había negado nuevamente a recibirlos, y no decía nada sobre la presencia en su corte de los duques de Somerset y Exeter, hombres tan devotos de la causa de Lancaster como Margarita de Anjou.
Le contaba que San Quintín, sitiada por los franceses desde el 10 de diciembre, había caído. Le comentaba que había recibido una carta de Inglaterra, de alguien cuyo bienestar era caro para ambos, alguien que comprendía la necedad de haber escuchado las melifluas palabras de Warwick. Se explayaría sobre ese tema cuando lo viera, pero aún no debía mencionarle nada de esto a Ned.
No tenía otras noticias, salvo que Margarita de Anjou aún permanecía en Francia, postergando una vez más su partida hacia Inglaterra… ¡Cuán poco debía confiar en Warwick! Ahora estaba en París, tras haber dejado Amboise la semana anterior, en compañía de su hijo y la esposa de éste, pues al fin se había casado con la hija de Warwick el 13 de diciembre. También los acompañaban la condesa de Warwick, y la esposa de Jorge, que aparentemente estaba enferma.
Ricardo dejó de leer, guardó las cartas en el jubón. No había sido del todo franco con Rob; no le importaba quedarse solo. Más aún, había agradecido esa soledad. Como huésped de Gruuthuse, tenía que poner freno a sus emociones, sabiendo que una declaración inoportuna realizada en un momento de descuido podía originar rumores que serían explotados por Lancaster.
Pero su soledad era ilusoria. Estaba rodeado por fantasmas que se sentaban a la mesa con él, compartían su vino y lo acuciaban con recuerdos que sólo le infligían dolor. Y así, cuando sintió que le rozaban la mano y vio unos ojos verde mar que prometían compartir mucho más que esta discreta compañía, unos ojos verdes que podían ahuyentar aun a los espíritus más pertinaces, agradeció la intrusión con genuino alivio.
Ella se acomodó junto a él con actitud aplomada, aunque debía de tener la misma edad que Ricardo, y por un tiempo mantuvo a raya los fantasmas con un animado alud de preguntas.
Era inglés, ¿verdad? Hablaba francés mejor que la mayoría de sus compatriotas. ¿Acaso había pasado un tiempo en Francia? Sí, le apetecería vino, o cerveza, si él prefería. Ella hablaba francés y flamenco con la misma fluidez. Era de la capital, Dijon, pero vivía en Brujas desde los catorce años. También chapurreaba el alemán y el italiano. ¿Que dónde los había aprendido? ¿Acaso no lo adivinaba? ¡En el lecho, desde luego!
¿Hacía mucho que él estaba en Brujas? No tenía aspecto de mercader. ¿Acaso estaba al servicio del príncipe exiliado que era hermano de la duquesa! ¡Sí, le había parecido! ¿Pensaba regresar pronto a Inglaterra?
– Ojalá lo supiera -confesó Ricardo de mala gana, y apuró esas palabras con vino. Cuando volvió a alzar la copa, ella se inclinó, asiéndole la mano. Le deslizó los dedos por la muñeca, bajo la manga del jubón, raspándole suavemente la piel del antebrazo con las uñas.
– Suave, dulce, suave. -Sonrió provocativamente-. Si necesitas olvidar, puedo ofrecerte algo más que vino.
Su cabello era largo y lacio, un pardo ardiente mechado de oro con profundos destellos cobrizos, y recibió la luz de las velas mientras él le pasaba los dedos.
– El color de la miel oscura -dijo él con admiración-. Bermejo y dorado como hojas otoñales.
Ella se rió, acercándose en el banco.
– Creí que los ingleses preferíais el cabello claro -se burló. Ojos azules y cabello dorado. ¿No era ése el rasero de la belleza en Inglaterra? A menudo ella deseaba tener cabello luminoso como su amiga Annecke. Pero al menos tenía ojos claros; algunas muchachas tenían la desgracia de tener ojos castaños, como gitanas.
Hacía tiempo que había aprendido a calar el estado de ánimo de los hombres y vio de inmediato que había cometido un error. Él le apartó la mano del cabello para coger la jarra de vino.
– Sí, los ojos castaños traen mala suerte -coincidió con voz neutra.
– Tus pensamientos se extravían de nuevo, Ricar -lo regañó ella, cogiéndole la mano.
– Ricardo -corrigió él, complacido con ese cordial intento de pronunciar su nombre.
– ¿Cómo sería mi nombre en tu idioma? -Él titubeó, pues no recordaba el nombre, y sintió alivio cuando ella insistió-: Marie-Elise. Dilo en inglés.
– Mary… Mary Eliza -tradujo él, y ella se echó a reír, articulando esas palabras desconocidas con contagiosa jovialidad.
– ¡Qué raro suena! Prefiero Marie. -Bajó el brazo para acomodarse las faldas y le rozó la pierna, le apoyó la mano en el muslo.
– Sí, Marie es más grato al oído -convino él-. Y más suave al tacto…
Ella se dejó acariciar y él le sumergió la mano en el cabello, atrayéndola hacia sí hasta que sus bocas se tocaron. Ricardo sintió ese aliento cálido y agitado en el cuello y, cuando la besó, ella respondió con pasión experta, prolongando el abrazo hasta que él se olvidó del tiempo y del lugar.
– Tengo una habitación arriba -susurró ella, apoyándole las manos en el pecho y jugando con un colgante que él llevaba al cuello; impulsivamente, él se quitó la cadenilla y se la sujetó alrededor de la garganta-. ¿Para mí? -exclamó ella. La acarició con asombrado deleite-. ¡Eres demasiado generoso!
Quizá ella tuviera razón, pensó Ricardo. Tal como lo trataba la suerte últimamente, habría sido mejor conservar el colgante. No tenía gran valor, pero quizá un día necesitara empeñarlo.
Rió brevemente y sacudió la cabeza ante la mirada inquisitiva de la muchacha.
– No te preocupes, primor. Es una broma personal, y como la mayoría de esas bromas, carece de humor-No entiendo, chèri -confesó ella con una sonrisa incierta.
– Te lo explicaré arriba. -Al levantarse, sintió los efectos del vino. Gratamente mareado, buscó unas monedas mientras ella cogía la vela.
– ¿Deseas llevar una jarra? -murmuró.
– No, sólo a ti… Sólo a Marie-Elise y Mary Eliza.
Ella rió entre dientes y se tambaleó, meciéndose contra él tan provocativamente que él se giró, la estrechó en sus brazos y volvió a besarla. Mientras la soltaba, una voz le dijo:
– ¡Te he buscado por toda la ciudad, pero no sé si me perdonarás por haberte encontrado!
Ricardo dio media vuelta.
– ¿Ned? -dijo con incredulidad, y añadió-: Vaya sorpresa.
Combatiendo en vano una risotada, Eduardo miró de soslayo a la muchacha que aferraba posesivamente el brazo de Ricardo.
– ¡Sí, ya lo creo!
El posadero revoloteaba ansiosamente en las cercanías, tan obsequioso que Ricardo comprendió que había reconocido a Eduardo. Una agitada mesonera corrió hacia ellos con una bandeja de pan blanco y queso con hierbas, de calidad muy superior a la habitual, y el posadero en persona les sirvió el vino, mientras subrepticiamente limpiaba el polvo de la mesa con la manga.