Mientras cenaba con lord Wenlock y los lores ingleses de Calais, se había divertido al escuchar que todos los presentes insultaban a Eduardo de York con los términos más agraviantes. Philippe decidió que no era tan realista como se había creído. Le había asombrado la decisión de Warwick de sacrificar a su hija por una ganancia política, y esos lores ingleses que cambiaban York por Lancaster con tanta premura le provocaban desconcierto y desprecio. Su sentido de superioridad moral no le impidió, empero, asegurar a Wenlock y compañía que el problemático Eduardo de York era hombre muerto.
Así había ganado tiempo para su señor y para su tierra, pero sabía que la dilación sería efímera. Tarde o temprano él y su duque deberían lidiar con Francia. Philippe sabía que la guerra era inevitable. Sólo cabía preguntarse si era posible impedir una alianza francoinglesa dirigida contra Borgoña, y Philippe era cada vez más pesimista en ese sentido.
Desde mediados de diciembre, enviados franceses habían deliberado con Warwick en Londres. Había rumores perturbadores, aún no confirmados, de que el rey francés estaba tentando a Warwick con la promesa de territorio flamenco, como botín para el Hacerreyes en la guerra contra Borgoña. Con estos ominosos portentos en el viento, Philippe consideró que era hora de evaluar nuevamente las opciones, y una de ellas era el hombre que estaba sentado a la mesa frente a él.
– He oído hablar mucho del chambelán de mi cuñado de Borgoña, más que suficiente para provocar mi curiosidad, monsieur de Commynes -dijo la opción de Philippe, y Philippe agradeció el cumplido, si eso era, con una cortesía inocua.
La lengua inglesa le irritaba los oídos y estaba enfadado con el duque por insistir en que la conferencia se realizara en el idioma de sus huéspedes. Eduardo hablaba francés, como todos los ingleses bien nacidos, y bien podían haber conversado en esa lengua, mucho más familiar para Philippe. Pero Carlos, que hablaba francés, flamenco, inglés, latín y un poco de italiano, estaba orgulloso de su dominio del inglés y no podía resistir la oportunidad de exhibir su habilidad lingüística.
Carlos se inclinó hacia delante; despreciaba la sutileza como otros hombres deplorarían la pereza o la codicia.
– Decidme, amigo yorkista, ¿por qué debería ayudaros? ¿Por qué debería correr el riesgo de provocar la hostilidad del hombre que gobierna Inglaterra en aras de un hombre que no tiene un cobre ni un soldado?
Philippe hizo una mueca. ¿Cuándo aprendería su señor a detenerse en esa delgada línea que separaba la osadía del insulto? Eduardo, sin embargo, no se dio por ofendido. Al contrario, parecía disfrutar del momento.
– Porque, mi señor, no podéis daros el lujo de no ayudarme -dijo con una sonrisa, y Philippe notó con interés que no había vacilado en cambiar la cortesía por la franqueza.
– ¿De veras? ¿Podéis tener la amabilidad de explicaros? -dijo fríamente Carlos-. Estaría sumamente interesado en vuestra respuesta.
También Philippe estaba interesado, y no apartó los ojos del inglés.
– Borgoña es un estado muy rico y poderoso -dijo Eduardo-. Pero ni siquiera Borgoña podría librar una guerra en dos frentes. Quizá Vuestra Gracia pueda triunfar sobre Luis de Francia. No obstante, dudo que podáis resistir un doble ataque de Francia e Inglaterra. Ambos sabemos que Luis daría su alma por ver la flor de lis flameando sobre Borgoña. En vuestro lugar, yo no dormiría tranquilo sabiendo que Inglaterra será gobernada por una francesa y un soldado curtido que siente demasiado afecto por el rey francés.
– Concedido -dijo Carlos sin titubeos-. Pero hacéis una suposición, mi señor, que aún no está demostrada: que Warwick está dispuesto a ir a la guerra por el rey de Francia. Por mucho que le agrade Luis, dudo que esa amistad valga tanto para Warwick.
– Opino lo mismo -convino Eduardo.
– ¿Entonces? -preguntó Carlos con impaciencia, frunciendo el ceño.
– Los hombres no van a la guerra por amistad, en eso tenéis razón. Luchan por objetivos más tangibles: conservar una alianza necesaria, eliminar una amenaza potencial. Y con frecuencia, mi señor y estimado cuñado, luchan por una ganancia personal.
Philippe se enderezó; el inglés hablaba como quien tiene una carta de triunfo. Quería saber cuál era.
– ¿Ganancia personal, Vuestra Gracia? -inquirió cortésmente.
– Holanda y Zelanda, monsieur de Commynes. Yo calificaría la adquisición de provincias lan ricas como una ganancia.
– ¿Qué estáis diciendo? -preguntó Carlos-. ¿Que Luis ha prometido territorio borgoñés a Warwick a cambio del respaldo inglés?
– Los condados y señoríos de Holanda y Zelanda -dijo Eduardo, como citando de memoria. No se explayó, y Philippe no pudo menos que admirarlo, pensando que aunque esto fuera sólo un farol, Eduardo jugaba muy bien sus naipes.
– Si puedo pediros una aclaración, mi señor… Mi inglés no es tan bueno como debería… ¿Monseigneur de Warwick tomará nuestras tierras de Holanda y Zelanda como recompensa por participar en una guerra contra Borgoña? ¿Eso queréis decir?
– Exactamente.
Carlos y Philippe se miraron. Carlos asintió imperceptiblemente y Philippe sonrió, sacudiendo la cabeza con aire contrito.
– Perdonadme, mi señor, si parezco dudar de vuestra palabra… Es sólo que me asombráis con esa noticia. ¿Puedo preguntar dónde obtuvisteis esta información?
– De alguien que está más cerca de mi primo de Warwick que un amigo.
– ¿Un yerno, quizá? -sugirió Philippe, y Eduardo se encogió de hombros.
– Quizá.
Carlos perdió la paciencia; había ocasiones en que su chambelán podía ser fatigosamente francés en su preferencia por el enfoque oblicuo y circular.
– ¿Vuestro hermano Clarence está pensando en una nueva traición? -preguntó sin rodeos.
Eduardo sonrió.
– Yo prefiero considerarlo un hereje que vuelve a la fe verdadera.
– Yo diría que el duque de Clarence cambia de fe como otros cambian de ropa -dijo Carlos tras un breve silencio, pero pronunció el sarcasmo casi distraídamente, sin resentimiento. Estaba reflexionando, notó Philippe, sobre el complot que les habían sugerido; Clarence como el caballo de Troya del bando de Warwick. Philippe concedió que alteraba bastante el equilibrio de fuerzas.
Carlos echó la silla hacia atrás, sometiendo a su cuñado yorkista a un desafiante escrutinio crítico.
– Supongamos que Clarence dice la verdad y Warwick tiene buenas razones para guerrear contra Borgoña. Aun así, no se deduce necesariamente que mi respaldo a vuestra causa resuelva mis problemas. -Hizo una pausa-. Con franqueza, mi señor de York, no veo que tengáis muchas probabilidades de derrotar a Warwick. Y otros comparten mi parecer. Quizá hayáis oído lo que dijo el embajador milanés sobre vuestras perspectivas: «Es difícil entrar por la ventana después de salir por la puerta». -Carlos le sonrió a Eduardo y añadió, con una pizca de malicia-: Asegura que si intentáis regresar a Inglaterra, dejaréis allá vuestro pellejo.
Eduardo rió y su risa sonó genuina aun para los suspicaces oídos de sus interlocutores.
– Acepto esa apuesta -replicó con desenfado-. ¿Y vos? ¿Queréis apostar, Charles le Téméraire? Mi pellejo contra una Inglaterra yorkista enemiga de Francia… ¿Cómo podéis perder?
Philippe alzó la mano tardíamente para ocultar su sonrisa, y al cabo de una pausa Carlos rió a regañadientes.
– Me gustáis más de lo que esperaba -concedió-. Pero dudo que me gustéis tanto como para financiar una expedición condenada al fracaso.
Eduardo aún sonreía.
– Mi hermana me previno que no teníais pelos en la lengua. Permitidme que sea igualmente franco: sólo podéis perder si no hacéis nada. Si me respaldáis, os aseguro que mantendré a mi primo Warwick demasiado ocupado para interesarse en guerras de conquista. Si no me respaldáis, afrontaréis una fuerza anglofrancesa antes del deshielo de primavera.