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– ¿De veras creéis que podéis ganar? -preguntó Carlos, con más curiosidad que escepticismo, y tanto Eduardo como Philippe notaron el cambio de tono.

– Creo que el mejor modo de responder es con una pregunta, cuñado. ¿Alguna vez habéis oído decir que el conde de Warwick puede derrotar a Eduardo de York en el campo de batalla?

– Sois persuasivo, mi señor de York -dijo Carlos-. Pero olvidáis mi afecto por la Casa de Lancaster. ¿Acaso no soy bisnieto de Juan de Gante, el primer duque de Lancaster? Aunque desposé a vuestra hermana, y me alegro de ello, siempre sentí simpatía por Lancaster. Como bien sabéis, hace varios años que dos de los más poderosos señores lancasterianos, los duques de Somerset y Exeter, residen en mi corte.

Eduardo asintió.

– Hombres valientes, ambos -dijo fríamente-. Y leales a Lancaster hasta la muerte. Si yo estuviera en vuestro lugar, ¿sabéis qué haría con esos nobles señores?

– Me lo imagino -dijo Carlos con una sonrisa adusta-. Los enviaríais a Dios.

– No, los enviaría a Inglaterra.

Carlos quedó demasiado sorprendido para ocultar su asombro.

– Pero han consagrado su alma y corazón a Lancaster.

Eduardo sonrió, no dijo nada.

Philippe permaneció impasible, pero necesitó un esfuerzo de voluntad. Procuró no mirar al inglés a los ojos, pues de lo contrario revelaría que había descubierto un espíritu afín en Eduardo de York. En cambio se volvió hacia Carlos.

– En efecto, Vuestra Gracia -coincidió-. Pero creo que Su Gracia de York está más interesado en sus enemistades que en sus lealtades. Ninguno de los dos siente amor por el conde de Warwick. -Dirigió a Eduardo una mirada cortésmente inquisitiva-. ¿Me equivoco, mi señor?

– No, monsieur de Commynes, claro que no -dijo Eduardo con compostura-. Siempre hubo rencillas entre los Beaufort y los Neville. En cuanto a Exeter, hace tiempo que les tiene inquina a los Neville. Culpa a Warwick por sus años de exilio. Al menos, eso me han dicho.

Carlos dejó de mirar al cuñado para dirigirse al chambelán.

– Y después dicen que Luis es el Rey Araña -dijo secamente.

Era el retrato de un hombre treintañero. El cabello era grueso y negro como la pez; los ojos eran de un azul asombrosamente vivido; el rostro era redondo, los rasgos armónicos; la tez morena atestiguaba la sangre de su madre portuguesa, y la mandíbula prominente un temperamento terco e inflexible.

Retrocediendo para estudiar la pintura desde otro ángulo, Ricardo exclamó con admiración:

– Cielos, qué bien hecho, Meg. ¿Quién es el artista?

Margarita se juntó con su hermano frente al retrato de su esposo, enmarcado con elegancia.

– Rogier van der Weyden. Un talento notable, ¿verdad? Lo pintó cuando Carlos aún era conde de Charoláis y es mi favorito, sin lugar a dudas. Es como si Carlos estuviera aquí, ¿no crees?

– Ojalá estuviera. Así la espera habría terminado.

Margarita sonrió y le acarició el cabello.

– No te preocupes tanto, Dickon. Como te dije, creo que Carlos respaldará a Ned. Ven a sentarte. Para pasar el tiempo, te mostraré cómo se juega al primero, que en nuestra corte es aún más popular que trump y all fours.

Ricardo obedeció con visible desgana, y Margarita repartió expertamente los naipes en la mesa de tabla de mármol.

– Recuerda que cada baraja tiene el triple de su valor y la sota de corazones es la quinona, que vale por cualquier naipe de cualquier palo que quieras… ¡Dickon, presta atención!

Ricardo arrojó los naipes a la mesa.

– ¡Meg, no puedo concentrarme en una partida de naipes cuando hay tantas cosas en juego!

– De acuerdo. No me extraña que tengas los nervios de punta. ¿De qué quieres hablar, pues, mientras esperamos a Ned?

– De ti. Hemos pasado muy poco tiempo juntos y sólo hemos hablado de política. Quiero saber cómo estás. ¿Eres feliz? ¿No te arrepientes de nada?

Margarita había cumplido veinticinco años ocho meses atrás, pero la sonrisa que le dedicó a Ricardo era inconfundiblemente maternal.

– De nada, querido. Me agrada mi vida de duquesa de Borgoña. Pero agradezco que te preocupes por mí. A veces eres muy tierno.

– Y cada octubre cumplo años -le recordó él-. Ya no tengo quince años, Meg.

– Mea culpa -concedió ella con una carcajada-. Confieso que es difícil pensar en ti como un hombre crecido. Pero lo intentaré. -Se sonrieron, compartiendo tácitos recuerdos de Fotheringhay Castle, donde habían nacido, donde ellos y Jorge habían pasado los primeros años de la infancia-. Estos dos años que estuvimos apartados fueron agitados para ti, ¿verdad? Ned piensa que tienes pasta de comandante militar.

– ¿De veras? -Ricardo sonrió, y Margarita asintió. Tenía encantadores ojos verdes, como su madre, pero ahora chispeaban con una picardía muy ajena a la duquesa de York.

– No, no eres el hermanito que yo recuerdo -concedió jovialmente-. Has aprendido el arte de la guerra desde la última vez que te vi. Y también el arte de la seducción, aparentemente… Ned dice que tuviste una hija la primavera pasada.

Ricardo se sobresaltó, para diversión de ella.

– A veces Ned habla demasiado -protestó, y Margarita rió entre dientes.

– No me confundas con nuestra madre -le reprochó-. ¡Aunque sospecho que está tan preocupada por la magnitud de los pecados de Ned que no tiene tiempo de pensar en faltas menores como las tuyas!

Ricardo rió.

– No obstante, prefiero que no repare en ellas -confesó, y Margarita también rió.

– ¿Recuerdas, Dickon, que ella podía avergonzarnos con sólo una mirada? Y siempre sabía cuando habíamos hecho alguna trastada. Jorge juraba que ella poseía clarividencia.

La mención de Jorge les quitó las ganas de reírse. Ella se apoyó en la mesa, le tocó la mano.

– Dickon, quiero pedirte un favor.

– Sabes que sólo tienes que mencionarlo.

– Te dije que creía que Carlos escucharía la petición de ayuda de Ned. Lo creo tanto que he estado pensando en vuestro regreso a Inglaterra… y en Jorge. Se siente muy desdichado, Dickon. Ahora sabe que Warwick lo tomó por idiota. Piensa que ya no puede confiar en Warwick y teme por su vida bajo un gobierno lancasteriano, un temor muy lógico. Creo que está dispuesto a reconciliarse con Ned. Ojo, no lo ha dicho literalmente, pero lo conozco. Una vez que regreséis a Inglaterra, creo que pensará seriamente en volver a ser leal a York.

– Lo hará si piensa que Ned puede vencer -dijo Ricardo, y de inmediato lo lamentó, pues notó que el sarcasmo había herido a Margarita.

– Habría esperado esa respuesta de Ned -le reprochó ella-, pero no de ti. En un tiempo amaste a Warwick, y sabes que puede ser muy persuasivo. No odies a Jorge por ser débil. No puede evitarlo, de veras. Ned no lo entiende, pero pensé que tú entenderías…

– Lo entiendo, Meg, pero no me resulta fácil perdonarlo.

– Si no puedes perdonarlo por él mismo, hazlo por mí, Dickon.

Él sonrió, reconociendo el poder de esa súplica.

– Si lo dices de ese modo…

– Sé que Jorge cometió una grave ofensa, pero creo que desea rehabilitarse. ¿Por qué otro motivo me escribiría que el rey francés estaba tentando a Warwick con la promesa de Holanda y Zelanda?

Eso fue demasiado para Ricardo.

– Vamos, Meg -rezongó-. Tú me mostraste esa carta, ¿recuerdas? Él no escribía como si compartiera una confidencia de gran peso. ¡Más bien parecía ofendido porque Luis no le había hecho una oferta similar!

– Concedo que él no dijo explícitamente que deseaba ayudaros. Pero sabía que yo le confiaría la noticia a Ned. Y también habrá sabido que Ned procuraría aprovechar esa información del mejor modo posible.

– Quizá -dijo Ricardo dubitativamente-. Nunca sabes qué motiva a Jorge. Si prefieres creer que se proponía prestarnos un servicio, ¿quién soy yo para afirmar lo contrario?