Lo dijo con tanto escepticismo que Margarita imploró:
– ¿No podemos darle el beneficio de la duda, Dickon? No es mucho pedir, ¿verdad?
– No, supongo que no. Si tú… ¡Ned!
Eduardo estaba solo. Entró, cerró la puerta, la trabó con el pestillo. Ricardo quedó petrificado y Margarita, que parecía tan confiada, derramó el mazo sobre la mesa.
– ¿Ned?
La expresión de él era inescrutable, y por un instante de pasmo, breve pero muy amargo, Margarita invocó a la Virgen María, temiendo que Carlos hubiera dicho que no. Pero aun mientras este temor blasfemo cobraba forma, Ricardo se puso de pie.
– Por Dios -murmuró-, lo has logrado…
Eduardo asintió una vez.
– Espero estar en Inglaterra en Pascua, quizá antes -les confió en voz baja, y sonrió-. ¿Qué dices, Dickon? ¿Te gustaría ir a casa?
Eso rompió el hechizo. Margarita se puso de pie mientras los hermanos se estrechaban jubilosamente, y cayó en brazos de Eduardo, y él le besó la mejilla, los ojos, el cabello, y Ricardo también la abrazó, y de nuevo a Eduardo. Y ahora que había concluido, ahora que habían ganado, ella se atrevió a confesar cuánto temor había sentido.
– ¿Carlos está convencido, pues, de que Jorge se propone traicionar a Warwick a la primera oportunidad?
Eduardo asintió y sonrió.
– Eso espero, Dickon. ¡Hice todo lo posible por darle esa impresión!
Era el comentario que Margarita había esperado.
– Ned -se apresuró a decir-, creo que Jorge abandonaría a Warwick… si pensara que obtendría el perdón.
– ¿De quién? ¿De Dios? -Ella no se dejó amilanar por el sarcasmo. Había esperado esa respuesta, y se acercó a Eduardo mientras él decía-: «Perdona a Jorge, él no sabe lo que hace». Repites esas palabras desde que tengo memoria, Meg, y cuando no lo decías tú, lo decía Dickon. Nunca logré entenderlo. Me gustaría saber qué hay en Jorge para que ambos lo defendáis aun ahora. ¿Qué veis en él que yo no veo?
– Yo lo veo como un niño -dijo Margarita sin vacilar-. Lo recuerdo tal como era durante los años que pasamos en Fotheringhay… antes de que fuera conquistado por nuestro primo Warwick. Siempre fue terco y empecinado, pero entonces no había en él ninguna malicia…
– ¿Ninguna malicia? -repitió Eduardo con incredulidad, y se echó a reír.
– Sé que te ha dado pocos motivos para amarlo -concedió ella-. ¿Pero no entiendes por qué? Te tiene envidia, Ned. Siempre la ha tenido. Ve en ti todo lo que él no es…
– Ya, me ve como rey de Inglaterra.
Margarita notó que era inútil. Él no la escucharía. Ni perdonaría a Jorge.
– Tú sacas lo peor de Jorge. Siempre ha sido así. Él sabe que no lo amas. Sabe que siempre preferiste a Dickon…
– Tú misma reconoces que me ha dado pocos motivos para amarlo -replicó Eduardo con impaciencia, y Ricardo decidió que era momento de intervenir.
– Meg no defiende lo que Jorge ha hecho, Ned. Trata de hacerte entender por que actuó de ese modo, nada más.
– Si puedes darme una explicación satisfactoria de los actos de Jorge, Dickon, supongo que también podrás decirme cuántos ángeles bailan en la cabeza de un alfiler.
– Conozco muy bien los defectos de Jorge, pero también tengo otros recuerdos de él, Ned. Recuerdos de días más felices y de ocasiones en que lo necesité y él me respaldó. Jorge y yo compartimos muchas cosas. Estuvimos juntos en Ludlow, ¿recuerdas? Tuvimos que presenciar el saqueo de la aldea. Jorge… Bien, él me protegió todo el tiempo. Hizo lo que pudo por mí. También compartimos el exilio. Es algo que no olvidaré. Recuerdo que ma mère nos llevó a bordo, pidiéndonos que fuéramos valientes y diciéndole a Jorge que me cuidara. Y él me cuidó, Ned. Sobre todo, esa primera noche en el mar, cuando yo no caía en la cuenta de lo que había pasado ni por qué. ¡Ni siquiera sabía dónde estaba Borgoña! Entonces fue bueno conmigo, Ned. No sólo esa noche, sino en las semanas que siguieron, mientras aguardábamos noticias de Inglaterra. Me escuchaba cuando yo le confesaba mi temor y mi nostalgia, y nunca se burló de mis miedos. -Ricardo sonrió-. Bien, casi nunca. Convendrás en que no es fácil olvidar estas remembranzas. Pues bien, ahora sabes lo que recuerdo cuando defiendo a Jorge.
Margarita se inclinó para besarle la mejilla.
– Gracias -susurró, y se volvió hacia Eduardo-. ¿Ahora lo entiendes, Ned?
Eduardo aún observaba a Ricardo.
– No dudo que Jorge te haya protegido, Dickon. Y no me sorprende. Jorge no es un monstruo. Sabe ser amable si no le cuesta nada. Estoy seguro de que te guardaba afecto a su manera… y le diste una providencial oportunidad para hacer de valeroso hermano mayor. Sospecho que la disfrutó inmensamente.
Ricardo iba a hablar pero se contuvo, decepcionado pero no sorprendido. Margarita, en cambio, había esperado una respuesta más compasiva después del atento silencio de Eduardo.
– No piensas darle el beneficio de la duda en nada, ¿verdad? -dijo amargamente.
– No.
La respuesta fue lacónica y brutal; los ojos de Eduardo eran azules como el hielo. Ella contuvo el aliento, y se giró para apelar a Ricardo. Eduardo se puso de pie, le cogió la muñeca.
– No haré nada por Jorge. Pero lo haré por ti, Meg. ¿Qué quieres de mí?
Ella le clavó los ojos.
– Quiero que lo perdones, Ned -murmuró, y él asintió-. ¿De veras? ¿Lo harás?
Él asintió de nuevo.
– No puedo olvidar sus traiciones, Meg, ni siquiera por ti, y por nada del mundo volveré a confiar en él. Pero te prometo esto: si él quiere separarse de Warwick y regresar a York, haré lo posible por convivir con el pasado.
– Gracias, Ned. -Ella le echó los brazos al cuello. Él la estrechó un instante, y luego ella retrocedió. Tenía una sonrisa radiante-. Ahora debo reunirme con Carlos. No quiero que me considere ingrata.
Se levantó, volvió a besar a Eduardo y al pasar estrechó rápidamente a Ricardo.
– Puedes repetirle a Jorge mis palabras, Meg, si deseas -le dijo Eduardo cuando ella llegó a la puerta.
Ella rió.
– Sabes muy bien que lo haré.
Eduardo se sentó y miró de soslayo a Ricardo.
– Creo que Meg es la única que ha amado a Jorge de veras. Ojalá él sepa valorarla… Pero, conociendo a Jorge, lo dudo.
Ricardo calló y Eduardo lo estudió con los ojos.
– No querías que Meg intercediera por Jorge. ¿Por qué?
– No era necesario -dijo Ricardo con voz cortante.
Eduardo no lo negó.
– ¿Entonces por qué te molestaste en hablarme de Ludlow y Borgoña? -preguntó Ricardo con curiosidad.
– Porque Meg lo deseaba. Y porque creí que podría ayudarte a ver a Jorge a través de nuestros ojos. Tal como ambos lo recordamos.
– ¿Es eso lo que te molesta? ¿Que yo no pueda ver a Jorge tal como lo veis Meg y tú?
– Creo que sabes lo que me molesta. Dejaste que Meg te implorase que perdonaras a Jorge cuando no era preciso que fuera así. Siempre había sido tu intención.
– No le mentí a Meg, Dickon -dijo Eduardo sin alterarse-. Hará frío en el infierno antes de que vuelva a confiar en Jorge.
– Quizá no confíes en él, pero usarás su descontento. Serías un tonto si no lo hicieras, y nunca he conocido a un hombre menos tonto.
– Te lo agradezco, pero no creo que lo digas como un cumplido -dijo Eduardo, más divertido que enfadado-. Tienes razón, por cierto. Jorge está al mando de un ejército y Warwick no tiene más opción que fiarse de él. Eso lo transforma en un aliado valioso. Supongo que no me culparás por eso.
– No, por eso no, sino por hacerle creer a Meg que lo hacías por ella.
– ¿Qué tiene de malo? Sabes cuánto amo a Meg. ¿Qué tiene de malo tratar de hacerla feliz?
– Maldición, Ned, le hiciste creer que harías las paces con Jorge porque ella te lo pidió, cuando sólo defiendes tus intereses. Y si Meg no estuviera tan desesperada por salvar a Jorge, ella también lo habría notado.