– Concedido, necesito a Jorge. Pero le debo mucho a Meg. Si puedo hacerle creer que es responsable de la reconciliación, ¿qué daño hay en ello? Ella siente un profundo afecto por Jorge. ¿No crees que le complace creer que lo ha ayudado? ¿Por qué negarle eso?
Ricardo puso una expresión incrédula.
– Jesús -dijo al fin, sacudiendo la cabeza.
Eduardo rió.
– Si el fin es lo que ambos deseamos, ¿por qué reñir en cuanto a los medios, Dickon? Trae esa jarra de vino del aparador. ¡Quizá nunca tengamos mejores motivos para festejar que esta noche?
Ricardo puso la jarra sobre la bruñida superficie de mármol y sirvió vino blanco en copas de plata con guardas de oro. En ninguna parte había visto tanto lujo como en la corte borgoñesa de su cuñado. Recordó la última vez que había bebido con su hermano, en picheles de peltre sucios, ante una deforme mesa de madera manchada de vino y salpicada con las gotas de apestosas velas de sebo.
– Nunca hubo un rey de Inglaterra que perdiera el trono y luego lo recobrara, Dickon. Enrique de Lancaster es un pelele, sólo un títere al servicio de Warwick. Y los otros que perdieron la corona pronto perdieron la vida.
– Hasta ahora -murmuró Ricardo, y Eduardo le sonrió. En ese momento, Ricardo supo que también su hermano recordaba esa velada en el Gulden Viles.
– ¿Por qué brindamos, Ned? ¿Por Inglaterra?
– Tengo una idea mejor. No es la temporada para ello, pues aún faltan cuatro días para Epifanía, y sospecho que nuestra madre nunca me perdonaría por decirlo. Pero, aunque sea una blasfemia, creo que es adecuada.
Chocó la copa de Ricardo con la suya.
– Por la Resurrección -dijo.
Capítulo 22
Londres
Marzo de 1471
Paul's Cross, en la esquina noreste del patio de la catedral de San Pablo, era el más célebre de los pulpitos al aire libre de Londres. En Paul's Cross se leían bulas papales y edictos reales. Los desventurados que habían ofendido a la Santa Iglesia o habían infringido leyes seculares hacían penitencia ante el pulpito octogonal de madera. Los domingos al mediodía una numerosa multitud se congregaba en el patio para oír el sermón, que con frecuencia era de índole marcadamente política.
Ese domingo de Cuaresma no era la excepción. En septiembre un predicador franciscano, el doctor John Goddard, había proclamado allí a Enrique de Lancaster como el verdadero rey de Inglaterra, y ese helado día de marzo, seis meses después, de nuevo predicaba en Paul's Cross en nombre de la casa de Lancaster.
Era un orador consumado, con talento para la frase feliz y la metáfora memorable, y estaba habituado a acaparar la atención de los espectadores. Pero ese mediodía el público estaba inquieto, distraído, y él estaba tan irritado como desconcertado. En medio del sermón descubrió la atracción que competía con él, y se asombró de no haber reparado antes en esa mujer austeramente elegante, la madre de Eduardo de York. Era un orador demasiado experto para titubear, sin embargo, y al cabo de una pausa continuó con aplomo. Por su parte, la duquesa de York no parecía reparar en la conmoción que había causado, y escuchaba impasiblemente mientras el franciscano ponderaba la piedad y la gracia del buen rey Enrique.
Al otro lado del patio, lady Scrope conversaba en acalorados susurros con su esposo, sin dejar de mirar a la duquesa.
– Tenemos que hablarle, John -insistió-. Hace años que conocemos a Su Gracia. ¿Cómo podemos desairarla?
– No dije que debiéramos desairarla -respondió él con irritación-. Pero no entiendo por qué debemos acercarnos. Sería sumamente incómodo y no veo la necesidad. ¿Qué debo decirle? ¿Que espero que su hijo se pudra en Borgoña? Para colmo, su hija está con ella, y sabes que esa dama no me agrada.
Alison dejó de mirar a la esbelta duquesa de York para detenerse en su hija Elisa, duquesa de Suffolk, de proporciones más generosas.
– Es una cuestión de modales, John. Al menos merece eso.
Tras concluir el sermón, el doctor Goddard descendió por la escalera de piedra y Alison se distrajo. Cuando volvió a mirar a la duquesa de York, vio que un hombre corpulento se había abierto paso en la multitud para detenerse ante la madre y la hermana de Eduardo de York.
– Mira -susurró, codeando al marido-. John Howard no titubea en acercarse a Su Gracia.
– Es fácil para él -replicó John agriamente-. Siempre ha sido yorkista. Puede expresar que lamenta el infortunio de su hijo y decirlo en serio. Pero yo no soy hipócrita, Alison, y…
– John, pasa algo raro -interrumpió ella, y una mirada fue suficiente para demostrarle que así era.
Las duquesas de York y Suffolk se habían aproximado a lord Howard, y lo miraban con una atención que indicaba algo más que una conversación superficial. Incluso Jack, el hijo de ocho años de la duquesa de Suffolk, había interrumpido sus intentos de llamar a uno de los perros extraviados que rondaban el lugar y tironeaba de la manga de la madre, preocupado por su súbita inmovilidad.
Pero el friso se resquebrajó ante los ojos de Alison. Howard asintió vigorosamente, como confirmando algo, con más animación de la que Alison jamás había visto en ese rostro oscuro y saturnino. La duquesa de Suffolk se volvió hacia su madre y luego, riendo, se hincó de rodillas y estrechó a su inquieto hijo en un abrazo exultante. Entonces Alison tuvo su primera visión clara de Cecilia Neville. La duquesa de York le sonreía a Howard con una expresión tan radiante, tan encantadora, que Alison supo de inmediato lo que le habían dicho.
– Dios mío -jadeó, y se volvió hacia el marido. Notó que él también había adivinado el mensaje de Howard. Mientras se miraban, él asintió sombríamente.
– Se dice que el diablo pelea por York -declaró-. Sólo espero que Dios Todopoderoso acompañe a Warwick.
Jacquetta Woodville miró por encima del hombro, haciendo señales impacientes al criado que la seguía. El cesto que le colgaba del brazo contenía un gatito recién destetado, destinado a las nietas de Jacquetta. Isabel era un manojo de nervios después de seis meses de encierro con un bebé, dos niños traviesos y tres niñas activas, y Jacquetta esperaba que el minino les brindara una distracción.
No esperaba la escena que la recibió al entrar en los aposentos del abad Millyng. La señora Stidolf, nodriza de Cecilia -la hija menor de Isabel-, y encargada de los otros niños, no estaba por ningún lado. Cecilia, de dos años, estaba acurrucada en su cama de caballetes, llorando. Al ver a la abuela, corrió hacia ella, extendiendo una manita sucia que se oscurecía con una magulladura reciente. En la cuna del rincón, el bebé gemía atemorizado. Los otros niños, los dos nietos de Jacquetta y las hermanas de Cecilia, Bess, de cinco años, y Mary, de tres, estaban reunidas a la puerta del refectorio del abad, tan absortas en su vigilancia que aún no habían reparado en la presencia de Jacquetta.
– ¡Thomas!
Él se volvió de inmediato. Era un guapo mozo rubio de dieciséis años; era su nieto favorito y lo sabía.
– ¡Grand-mère!-¿Qué sucede aquí? ¿Dónde están la señora Stidolf y la nodriza Cobb?
Sin amilanarse ante su ceño fruncido, él se le acercó y le besó educadamente la mejilla.
La nodriza apareció en ese momento, cargando con un pesado cubo de madera, que agradecidamente entregó al sirviente de Jacquetta.
– ¡Encárgate del bebé! -rugió Jacquetta antes de que la mujer pudiera hablar, y luego, a su sirviente-: ¡Por amor de Dios, ten cuidado! ¡Ese cubo está salpicando los juncos!
– Tuve que ir a buscar agua para el baño del principito, madame. ¿Qué quería que hiciera, sin nadie que me eche una mano y…