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Warwick calló, había vuelto a coger una pluma y miraba el papel en blanco.

– Y ahora supongo que debo escribirle a mi yerno de Clarence para anunciarle que sus hermanos están en Inglaterra. -Se echó a reír, y el arzobispo lo miró inquisitivamente-. Estaba pensando… Cuando Ricardo Corazón de León fue liberado de una prisión franca, el rey francés le envió una advertencia a Juan, el hermano de Ricardo, que sentía tanto afecto por Ricardo como Jorge por Ned. ¿Sabes qué le escribió?

– ¿Cómo podría saberlo? -preguntó el arzobispo con impaciencia.

– «El diablo está suelto» -respondió Warwick con una sonrisa tensa y fatigada. Mientras hablaba, trazaba círculos de tamaño decreciente sobre la página-. Parece una pérdida de tiempo escribirle a Jorge, ¿verdad? Sospecho que conoce el paradero de Ned mejor que nadie.

Capítulo 23

York

Marzo de 1471

– Yo digo que lo sometamos a votación… ¿Quién está a favor de abrirle las puertas de la ciudad? Eso pensaba. Está decidido, pues. Le negamos el ingreso.

– ¡Claro que no!

– ¡Claro que sí!

– Déjalo hablar, Will, es su derecho. Vamos, Tom, di lo que piensas.

– Creo que no debemos actuar con precipitación, pues se trata de una decisión cuyas consecuencias sufriremos. Antes de decidir, será mejor que penséis si estáis dispuestos a hacer un enemigo del hombre que podría volver a ser rey este mes.

– Lo cierto, Wrangwysh, es que siempre has estado a favor de York. Admítelo. ¡Te complacería ver una victoria yorkista!

– ¿Y qué? Eso no cambia los hechos, Holbeck. Si le negamos la entrada a Eduardo de York, nos ganamos su enemistad en balde.

– Pero si lo dejamos entrar, Tom, irritaremos a Warwick.

– Lo rechazaron en Kingston upon Hull…

– Ya, y le dieron entrada en Beverley. Y en mi opinión, así deberíamos actuar en York.

– ¿Qué dice Su Gracia de Northumberland?

– No hemos recibido noticias.

– Bien, caballeros, ¿eso no nos invita a la reflexión? Mientras Henry Percy se quede en Topcliffe, yo no me apresuraría a sepultar a York. Si Percy no pelea por Warwick, las probabilidades cambian bastante, ¿verdad? Pensemos en ello antes de decidir.

– Dios, los leguleyos no son felices a menos que enturbien las aguas. Aunque tengas razón, Aske, y el conde de Northumberland opte por no marchar contra York, ¿qué nos importa a nosotros? Yo digo que no conviene provocar la ira del conde de Warwick abriendo las puertas de la ciudad a su enemigo jurado.

– Ah, pero no lo es.

Todas las cabezas se volvieron hacia la puerta de la cámara del concejo. Esa mañana Richard Burghe y Thomas Conyers se habían ofrecido para salir al encuentro de los yorkistas para advertirles que no entrarían en la ciudad. Ahora todos les hacían preguntas.

– ¿Lo viste, Conyers? ¿Qué dice él?

– ¿Cómo está Su Gracia, Tom?

– ¿Por qué dices que no es enemigo jurado de Warwick?

Conyers sonreía.

– Lo digo porque vuestro problema está resuelto, caballeros -dijo socarronamente-. Supongamos que os digo que existe una manera en que podemos recibir a York y aun así apaciguar a Warwick.

– Te diría que el sol te calentó la cabeza.

– Ni siquiera Merlín podría lograr esa hazaña, Conyers.

– Pero nada perdemos con escucharlo. Habla, Tom.

– Es muy sencillo. Eduardo de York nos aseguró que él no se propone recobrar la corona inglesa. -Alzó la mano para silenciar sus exclamaciones-. Dice que sólo se propone reclamar las fincas que le corresponden legítimamente como duque de York… Sólo eso. Más aún, promete que está dispuesto a jurar lealtad a Lancaster si lo dejamos entrar en la ciudad, para mostrar su buena fe.

En el azorado silencio que siguió, Burghe asintió, confirmando esta historia que nadie podía creer. Conyers se sentó y codeó a Tom Wrangwysh con jovial complicidad.

– ¡En cuanto a mí -comentó-, me pareció un ofrecimiento justo que alegrará el corazón del rey Enrique!

Todos le clavaban los ojos con expresiones que iban desde la indignación hasta la socarronería.

– Diantre, ¿quién creería tal historia? ¿Acaso nos toma por imbéciles?

– No dije que debas creerla, Will. Pero cuando el conde de Warwick nos pregunte por qué le abrimos la ciudad, podemos decir que él sólo buscaba lo que le corresponde legítimamente, el ducado de su difunto padre.

Holbeck resopló.

– ¿Quieres ser tú el que le diga eso a Su Gracia de Warwick, Conyers? ¡Digo que no, y terminemos con esto!

Tom Wrangwysh se inclinó sobre la mesa.

– Will -dijo afablemente-, no lo tomes a mal, pero debo recordarte que ya no eres alcalde.

En el silencio expectante, todos oyeron el respingo de Holbeck. Pero antes de que él pudiera replicar, el registrador de la ciudad se volvió hacia alguien que aún no había participado en el debate.

– ¿Qué piensas, Chris? -le preguntó-. La ciudad carece de alcalde hasta que se zanje la disputa por las elecciones, así que nos interesa tu opinión sobre el particular. Al fin y al cabo, eres escudero del alcalde, y si es preciso reunir tropas, la responsabilidad es tuya.

– No veo tal necesidad -dijo serenamente el hombre al que habían interpelado, mientras sus colegas callaban para dedicarle el respeto debido a su oficio y su persona-. Creo que debemos dejar la política de lado y velar por los intereses de nuestra ciudad. Yo sugeriría una solución intermedia. Ofrezcamos la admisión a Eduardo… duque de York.

La resolución encontró aceptación entre los presentes, que asentían y murmuraban con aliviada satisfacción.

– Caballeros, sugiero que votemos la moción de maese Berwyck.

– ¿Es necesario, Rob? Yo diría que todos coincidimos… quizá con excepción de Will. ¿Qué dices, maese Holbeck? ¿Quieres que conste en las actas de la ciudad que fuiste el único que negó la entrada a Eduardo de York?

Holbeck lo fulminó con la mirada-Tú ganas, Wrangwysh -dijo, con tanta renuencia como si cada palabra valiera su peso en oro-. Haz lo que quieras. Pero esto no me gusta nada. Y te aseguro que tampoco le gustará al conde de Warwick.

Si alguna vez le preguntaban cuál había sido la peor noche de su vida, Rob Percy diría sin vacilación que había sido el jueves 14 de marzo. Pero sabía que Ricardo, ante la misma pregunta, habría elegido el día de hoy, el 18. Nunca lo había visto tan tenso, tan irritable como ese desdichado lunes, el cuarto día desde su llegada a Inglaterra.

Habían zarpado de Flushing el día 11, en el mar más borrascoso que Rob había visto; el solo recuerdo bastaba para provocarle náuseas. Pero habían tenido una suerte increíble, pues habían eludido a la flota inglesa comandada por el pariente de Warwick, el Bastardo de Fauconberg, y habían perdido un solo barco durante el cruce, un bajel de aprovisionamiento que transportaba caballos.

El día 12 avisaron la costa de Norfolk, donde podían esperar asistencia del yorkista duque de Norfolk y del duque de Suffolk, cuñado de Eduardo y Ricardo. Eduardo había tenido la prudencia de enviar a dos de la partida a tierra antes del desembarco, y este recaudo fue fructífero, pues ellos regresaron rápidamente con la aciaga noticia de que el duque de Norfolk estaba arrestado, Suffolk estaba ausente, y el lancasteriano duque de Oxford vigilaba la región. Eduardo había ordenado que las naves se hicieran nuevamente a la mar, con rumbo a Yorkshire. Pero los sorprendieron varias borrascas y la pequeña flota se desperdigó.

La noche del 14, la nave de Ricardo echó anclas frente a la costa de Yorkshire, al norte de la diminuta aldea pesquera de Ravenspur, y así comenzaron las diez horas más angustiosas de la vida de Rob. No había rastro de sus camaradas y temió que sólo ellos hubieran sobrevivido a la tormenta, que estuvieran varados en una tierra hostil a York, para enfrentarse a los ejércitos de Juan Neville y su pariente Percy, sólo él con Ricardo y trescientos hombres. Era una idea escalofriante y estaba seguro de que también se le había ocurrido a Ricardo.