El solo pensar en Percy sacaba de quicio a Warwick, pues Northumberland habría podido terminar de una vez por todas con las aspiraciones de la Casa de York. Una vez más, Eduardo había ganado una arriesgada apuesta.
El diablo cuida de los suyos. Debía de ser cierto. De lo contrario, no se explicaba que Ned hubiera pasado ileso entre tres ejércitos hostiles.
Ahora que había llegado a Coventry, había abandonado la farsa y se proclamaba abiertamente rey de Inglaterra. Pero esa artera reclamación del ducado de York había cumplido su propósito. Le había permitido entrar en York, y una vez que se difundió la noticia de que la principal ciudad del norte le había abierto las puertas, los poblados más pequeños no habían querido negarle la entrada. Era verdad que pocos hombres se habían sumado a sus filas, pero aún menos estaban dispuestos a ofrecer resistencia. Como el conde de Northumberland, optaron por esperar y observar.
Ned siempre tuvo una suerte diabólica. Warwick recordaba que le había dicho algo así a su hermano Jorge en el castillo de Warwick, menos de una quincena atrás. Pero no era por suerte que había pasado sano y salvo ante Pontefract. Johnny se lo había permitido. Si Johnny hubiera optado por atacarlos, los habría exterminado; dada su inferioridad numérica, habrían perecido hasta el último hombre. Pero Johnny los había dejado pasar de largo.
Algunos asesores de Warwick sostenían que su hermano el marqués de Montagu debía de haber temido instigar a Henry Percy a tomar partido. Otros, aún más crédulos, sugerían que Montagu había aceptado la declaración de que Eduardo sólo buscaba su ducado de York.
Warwick no era tan ingenuo. Sabía que Johnny nunca se había perdonado a sí mismo por traicionar a Ned en Doncaster, y en esta hora de la verdad en que todo estaba en juego, no había podido actuar contra ese primo que él amaba como un hermano, y que reconocía como rey.
En cuanto a los demás, sus aliados lancasterianos, ninguno valía un adarme. Muchos se quedaron en sus tierras, tan reacios a luchar por un Neville que preferían que Eduardo de York avanzara sin trabas por el corazón de Inglaterra. Somerset, ese engendro del infierno, había entrado en Londres a la cabeza de una fuerza bien armada, y tuvo la insolencia de enviarle el mensaje de que se dirigía a la costa sur, para aguardar la llegada de la reina y el príncipe desde Francia.
Exeter y Oxford, al menos, habían ofrecido una resistencia simbólica. Al enterarse de que Ned había desembarcado en Yorkshire, reunieron varios miles de hombres y marcharon al norte por la Fosse Road para detenerlo.
Por un breve tiempo, Warwick osó creer que Ned había caído en su propia trampa. Ned se había detenido en Nottingham, para dar la bienvenida a sir William Parr y seiscientos hombres que se habían convertido a su causa. Parecía que llegaba la hora de saldar cuentas. Se decía que tres ejércitos convergían sobre él. Johnny le pisaba los talones; Oxford y Exeter habían llegado a Newark y amenazaban su flanco este; y Warwick estaba a sólo dos días de marcha de Nottingham.
Pero mientras Warwick avanzaba al norte, recibió el mensaje de que Ned había girado súbitamente para lanzar un ataque inesperado contra Exeter y Oxford. Cuando los despertaron a las dos de la mañana con la noticia de que los yorkistas estaban en las afueras de Newark, los dos lores lancasterianos huyeron presa del pánico. Warwick montó en cólera al enterarse de la fuga, sabiendo que sus fuerzas superaban numéricamente a las de Ned. Y pronto llegarían noticias peores. Pronto fue evidente que el ataque de Ned había sido una finta con una partida de exploradores de vanguardia. Había dispersado a los lancasterianos con un engaño audaz.
Aislado de Oxford y Exeter, y sin noticias de su hermano, Warwick se había replegado hacia Coventry. Y de pronto, en la mañana del 29, Ned había aparecido ante los muros de la ciudad, retándolo a presentar batalla mientras él aguardaba noticias de los hombres que hasta ahora habían resultado ser aliados tan inservibles.
Esa noche, Warwick examinó la frágil sustancia del mundo que él había construido a un precio tan inmenso. Sabía que estaba solo, cercado por odios que no habían sanado, afrontando un futuro ominoso. Después de luchar seis meses para mantener a flote esta alianza de lealtades inconciliables, se sentía agotado, emocionalmente fatigado. Y Margarita de Anjou aún no había pisado Inglaterra. Margarita, su aliada de conveniencia. Margarita, la implacable, la inmisericorde. Pensó en lores como Somerset y Tudor, que se negaban a luchar por él, que lo despreciaban aún más desde que él era leal a Lancaster. Pensó en Juan, que lloraba a los primos cuya vida había jurado tomar. Y pensó en Ludlow, Calais y Towton; en su fatiga, evocó recuerdos largo tiempo sepultados bajo la amargura y los rencores acumulados en los últimos seis años.
En esas horas de la madrugada era más vulnerable al pasado, más pesimista de cara al futuro, así que sucumbió a la desesperación y, antes de que pudiera arrepentirse, despachó un heraldo al campamento de su primo con un ofrecimiento para iniciar negociaciones. Luego llegó la respuesta de Ned, fría e implacable. Estaba dispuesto a negociar, pero sólo le ofrecía un indulto y la vida, nada más.
Warwick no estaba dispuesto a aceptar ese ofrecimiento. Para ser franco consigo mismo, tampoco había esperado semejante cosa. No necesitó tiempo para reflexionar; de inmediato envió una orgullosa negativa al castillo de Warwick. Pues Ned había decidido acampar en el castillo de Warwick, un gesto inmejorable como acto de provocación.
Y así aguardaba a Johnny, Exeter y Oxford. También aguardaba la llegada de su yerno, que avanzaba desde el sudoeste, enviando mensajes de consuelo y respaldo. No tenía más opción que creerlos y esperar. Pero sospechaba que también Ned esperaba a Jorge de Clarence.
El 3 de abril amaneció insólitamente caluroso, para incomodidad de los cuatro mil hombres que estaban bajo el mando del duque de Clarence. Enfilando hacia el norte, se habían detenido en Burford para pernoctar y esa mañana reanudaron la marcha hacia Banbury, a tres millas del castillo de Warwick, donde se decía que estaba acuartelado Eduardo.
Jorge nunca había tolerado el calor y tenía la impresión de derretirse bajo el peso de la armadura y el resplandor del sol. Movía con impaciencia la visera del yelmo, y le resultaba casi imposible enjugarse el sudor de la frente con el guantelete. Maldijo y vio las cabezas que se volvían hacia él, sintió los ojos que le taladraban la espalda.
Sus lugartenientes le habían dirigido miradas irritantes y solapadas toda la mañana, tratando de adivinar qué tenía en mente, preguntándose si presentaría batalla a sus hermanos. Bien, que se quedaran con la intriga.
Ahora que los exploradores habían informado de que el ejército yorkista se desplazaba al sur para enfrentarlo, la tensión de sus capitanes era intolerable. Dos veces en el último cuarto de hora, Thomas Burdett lo había abordado para hacerle preguntas ansiosas y dos veces Jorge, con extraña paciencia, repitió la orden de que debían esperar, no hacer nada hasta que él lo ordenara.
Burdett regresó.
– Milord, allá vienen -dijo innecesariamente, señalando la carretera.
– Yo también tengo ojos, Tom -replicó Jorge de mal humor. La visión del estandarte de su hermano lo había afectado más de lo que esperaba. Tragó saliva; tenía un nudo en la garganta que no se debía al calor ni al polvo del camino. Sabía que podía confiar en Dickon. ¿Qué haría Ned? Miró por encima del hombro a los efectivos desplegados en formación de batalla, hombres que su suegro esperaba angustiosamente en Coventry.
– ¡Vuestra Gracia!
Burdett volvió a señalar y Jorge vio que algo pasaba en las filas yorkistas. Hubo movimiento, un remolino de polvo, y luego se apartaron para ceder el paso a un jinete solitario, que dio la vuelta y galopó hacia ellos.