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Una vez lejos del ejército yorkista, el jinete aminoró el paso y siguió la marcha en un trote despreocupado. No usaba yelmo y el sol resplandecía en su armadura en una llamarada de luz, le aureolaba el pelo negro como azabache. A sus espaldas Jorge oyó murmullos de reconocimiento, oyó el nombre Gloucester susurrado entre las tropas con creciente alboroto.

No hizo nada, permaneció inmóvil hasta que su hermano se aproximó. A sus espaldas se intensificó la algarabía. La disciplina flaqueaba; sus hombres especulaban abiertamente sobre sus intenciones, pero él aún esperaba. Sólo se volvió hacia Burdett cuando Ricardo estaba a menos de cien yardas. Ordenó que mantuvieran sus posiciones, y espoleó a su caballo.

Ricardo había frenado, y esperó a que Jorge se le acercara.

– Vaya, Jorge, te tomaste tu tiempo. ¿Qué tenías en mente? ¿Inducir a Ned a temer que hubieras decidido apoyar a Warwick, a pesar de todo?

Jorge frunció el ceño, de nuevo atrapado en una maraña de sospechas, pero el rostro oscuro de Ricardo no decía nada. No sabía si eso era una broma, una acusación o una frase demasiado acertada.

– Si quieres saberlo, Dickon, no quise interrumpir una llegada tan espectacular. Parecía que lo estabas disfrutando.

Ricardo entornó los ojos y sonrió.

– Así era.

Se aproximó, riendo, extendiendo la mano, y Jorge la aferró y rió también, con la seguridad de que todo andaría bien, aun con Ned, y oyó a sus espaldas un vasto rugido de aprobación mientras sus tropas comprendían que no iban a luchar y morir, al menos no ese mediodía de abril en el camino de Banbury.

Capítulo 25

Londres

Abril de 1471

El mismo día en que Juan Neville y los lancasterianos Exeter y Oxford llegaron a Coventry, el conde de Warwick se enteró de que su yerno se había pasado al bando de sus hermanos yorkistas. Una vez más, Eduardo se presentó ante los muros de Coventry para retar a los hombres que aguardaban en el interior. Una vez más, se negaron a presentar batalla, y el viernes 5 de abril Eduardo levantó campamento y emprendió viaje al sur, hacia Londres.

Warwick inició una tenaz persecución, pero Eduardo le llevaba dos días de ventaja y el conde sabía que tenía pocas esperanzas de interceptar a Eduardo antes de que llegara a la capital. Mandó despachar mensajes urgentes, ordenando al alcalde y al concejo que negaran la entrada a Eduardo.

El arzobispo de York hizo desfilar a Enrique de Lancaster por las calles, pero fue un error. Los espectadores se mofaban de los nacidos almorejos que pendían del estandarte de Lancaster, y preguntaban por qué el pobre viejo usaba la misma túnica azul que cuando había aparecido en público por última vez, en octubre. Eduardo de York siempre había gozado de popularidad en Londres y aún debía a los mercaderes de la ciudad considerables sumas de dinero. Y además ya estaba en San Albano, a sólo un día de marcha, con un ejército detrás.

Siguieron llegando mensajes del conde de Warwick, urgiendo a los londinenses a defender al rey Enrique. Margarita de Anjou y su hijo llegarían en cualquier momento. Desde San Albano, Eduardo ordenó que Enrique de Lancaster fuera considerado un prisionero del estado. Ante eso, John Stockton, alcalde de Londres, contrajo un diplomático malestar que lo obligó a guardar cama. El vicealcalde, Thomas Cook, alegaba que debían cerrar las puertas de la ciudad a los yorkistas. Pero en ese preciso momento el arzobispo de York enviaba una capitulación secreta para que su primo la recibiera en San Albano. Y el con-sejo de los Comunes, reuniéndose en sesión urgente, resolvió: «Dado que Eduardo, antiguo rey de Inglaterra, marcha apresuradamente hacia la ciudad con una poderosa hueste, y que los habitantes no están tan versados en el uso de las armas como para combatir contra una fuerza tan numerosa, no se debe hacer ningún intento de resistencia».

El mediodía del Jueves Santo, Eduardo entró en Londres por la puerta de Aldersgate, exactamente un mes después de que zarpara de Borgoña. Sólo seis meses antes, el conde de Warwick había ido a San Pablo para agradecer los favores del Todopoderoso, y ahora Eduardo hizo lo propio y aquí encontró el entusiasmo tan ausente durante su avance hacia el sur, una marcha que había demostrado en qué medida estas reyertas continuas por la corona habían devaluado lo que otrora era la moneda más brillante del soberano, la ciega devoción de su pueblo.

Desde San Pablo, Eduardo debía ir a Westminster, donde lo aguardaba el arzobispo de Canterbury, que celebraría la ceremonia simbólica de volver a coronarlo. En Westminster también aguardaban su reina y sus hijos. Pero aún quedaba una tarea pendiente, y poco después de la una entró en el palacio del obispo de Londres para aceptar la rendición formal del hombre que comandaba la Torre, su primo Jorge Neville.

El arzobispo de York se sentía incómodo. A diferencia de sus hermanos, no había sido amigo de Eduardo y sabía que no podía recurrir a los recuerdos de un pasado común para atemperar a su primo si éste decidía vengarse.

Eduardo escuchó impasiblemente mientras el arzobispo tartamudeaba sus disculpas por seis meses de traición, hasta que se aburrió y dijo fríamente:

– No temas, primo. No enviaría a un sacerdote al tajo, ni siquiera a un sacerdote como tú. No obstante, te mandaré a la Torre, y agradece que en ciertas ocasiones soy misericordioso, pues de lo contrario compartirías la celda con tu poco llorado señor de Lancaster.

El arzobispo se arrodilló, y juró lealtad a York en el presente y el futuro, y ante el gesto impaciente de Eduardo se retiró para ir en busca de Enrique de Lancaster.

Eduardo se volvió hacia Ricardo con un mohín.

– Éste es un placer, Dickon -masculló-del que bien podría prescindir.

Ricardo era el único que nunca había visto al rey lancasteriano, aunque toda su vida había oído anécdotas sobre este hombre inestable a quien algunos consideraban un santo y otros un cretino. Sabía que Enrique siempre había sido raro, dado a los devaneos; un lunático, dirían en Yorkshire. No había encontrado paz en su matrimonio con la imperiosa princesa francesa de Anjou; y en el verano de sus treinta y dos años, cuando hacía seis meses que Margarita estaba encinta del muchacho que ahora era esposo de Ana Neville, Enrique había caído en una oscuridad mental de la que nunca se había recobrado del todo.

Ricardo sabía todo esto de memoria; desde su infancia, la locura de Lancaster había sido una letanía en su casa. Pero ni siquiera estas repetidas anécdotas lo habían preparado para la realidad del hombre que su hermano llamaba desdeñosamente Enrique el Tonto.

Aún no tenía cincuenta años pero caminaba encorvado, como buscando objetos perdidos en el suelo. Tenía cabello canoso y ralo que antaño había sido rubio, ojos claros que podrían haber sido azules, y la tez era del color de la leche sin batir; parecía que nunca hubiera pasado un día al sol en toda su vida. Ricardo sintió piedad, y al mismo tiempo aversión física.

El arzobispo lo conducía como a un niño, y anunció, con la voz excesivamente alta que uno usaría frente a un sordo:

– He aquí a Su Gracia de York. -Enrique no respondió de inmediato, y el arzobispo repitió, en voz más alta y con cierta impaciencia-: York… Eduardo de York.

Enrique asintió.

– Lo sé -dijo dócilmente, y le sonrió a Eduardo.

Eduardo extendió la mano con aire resignado.

– Primo -dijo cortésmente, un título más de cortesía que de parentesco, pues la sangre que compartían se había diluido en un periodo de setenta años.

Enrique no tuvo en cuenta la mano tendida, avanzó y abrazó al hombre más joven como si fueran viejos camaradas.

Eduardo retrocedió bruscamente, como si le hubieran pegado; era la única vez que Ricardo había visto a su hermano tan agitado. Por un momento, la consternación se le vio en la cara, pero luego logró dominarse, estiró el brazo, estrechó la mano del otro, respondiendo al saludo pero manteniéndolo a distancia.