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Jacquetta estaba a punto de agradecer a Ricardo su inspiración, y se volvió sorprendida hacia su nieto. Celos, sin duda; esos meses no habían sido fáciles para el muchacho, que se sentía desplazado, ignorado. Se acercó, dispuesta a interceder, aunque de tal modo que Thomas no se sintiera regañado. Pero entonces Ricardo dijo, con lo que ella consideró una rudeza innecesaria:

– ¿Qué te hace pensar que me importa un bledo tu aprobación?

Anthony Woodville frunció el ceño.

– Creo que su preocupación por su hermana es digna de elogio -dijo con voz poco amigable, y Jacquetta, viendo que Ricardo iba a responderle de la misma manera, se dispuso a hablar.

Pero Will Hastings fue más rápido. Remoloneaba contra la pared, pero se irguió al oír el intercambio de réplicas, y sonrió a Anthony.

– Creo que el joven Grey no debe preocuparse por lady Bess. No se me ocurre mejor escolta que Su Gracia de Gloucester, y estoy seguro de que el rey coincidiría conmigo. ¿Acaso sugerís lo contrario, milord Rivers?

Anthony le clavó los ojos. La inquina que había entre ambos era casi tangible en su intensidad.

– Os diré lo que sugiero, milord Hastings… Éste es un asunto de familia que no os concierne.

Bess se movía con impaciencia; estaba acostumbrada a las riñas entre adultos y no le interesaban. Ahora que iba a cabalgar al sol, ver las calles de la ciudad y oír que la gente la ovacionaba como solía hacerlo cuando atravesaba Londres en el pasado, ansiaba partir, y tiró del brazo de Ricardo.

– ¿Podemos irnos?

– No veo por qué no, Bess.

Ricardo retó a Thomas con la mirada. El segundo titubeó, sin saber hasta dónde debía insistir con este asunto, y en la pausa que siguió Jorge habló por primera vez.

– Vamos, Dickon, lleva a Bess a ver a nuestra madre. Si Grey quiere jugar a la niñera, que lo haga con sus hermanas.

Jacquetta notó que Hastings y Ricardo festejaban la ocurrencia, y que su nieto perdía los estribos y se disponía a vérselas con Jorge. Decidió intervenir.

– Ojalá hubierais demostrado tanta solicitud por los hijos de vuestro hermano, milord Clarence, en los seis meses pasados desde que ellos tuvieron que buscar refugio bajo las amenazas de vuestro suegro.

El abad Millyng escuchaba con creciente reprobación, y se inquietó al ver la expresión del duque de Clarence.

– En verdad debo protestar -terció-. No es apropiado que haya disenso entre vosotros en este día, el más dichoso para la Casa de York.

Todos lo miraron en silencio, y él notó que aceptaban a regañadientes la verdad de su acusación. Ricardo dejó que su sobrina lo guiara hacia la puerta, deteniéndose sólo para murmurar unas palabras destinadas a Jorge. Jorge no respondió, pero parecieron llegar a un entendimiento y siguió a Ricardo. Will fue el siguiente en partir, y al pasar junto al abad murmuró, con una sonrisa oblicua:

– Bienaventurados los mansos, pues serán llamados hijos de Dios.

El abad atrancó la puerta de calle y miró de soslayo la puerta de la alcoba, que permanecía cerrada. Jacquetta intentó calmar a su airado nieto sin mayor éxito.

– Es sólo que no entiendo por qué Bess tiene que ir a ver a Su Vanidosa Gracia ahora -se quejaba-, cuando ella jamás vino a vernos en nuestro refugio…

El abad no oyó la respuesta de Jacquetta, pues Anthony había empezado despotricar contra «ese hideputa Hastings». El abad Millyng sintió un escalofrío. Había temido profundamente una Inglaterra gobernada por el conde de Warwick y Margarita de Anjou, pues no podía haber paz entre esos enemigos acérrimos. Ahora se preguntaba si sería tan diferente con la Casa de York. Pensó que también aquí estaban las semillas de la destrucción, al igual que con Margarita de Anjou y el Hacerreyes.

Era un pensamiento deprimente, pero luego recordó algo con profundo alivio… Gracias a Dios Todopoderoso, existía un hombre con la fuerza necesaria para mantenerlos unidos a todos, un hombre capaz de conciliar las pasiones de Woodville y Plantagenet bajo el deslumbrante emblema del Sol en Esplendor. La hostilidad que acababa de ver en esta sala había sido perturbadora, pero no habría una sangrienta escisión de la Casa de York. Volvió a mirar la puerta de la alcoba y le dijo a Jacquetta:

– Agradezcamos, madame, que Su Gracia el rey haya regresado sano y salvo.

Bess se acurrucaba contra Ricardo en el banco del gabinete de su abuela. Había combatido tenazmente el sueño desde la cena, pero ahora tenía los ojos entornados y, bajo la mirada de Cecilia, las sedosas pestañas cubrieron los destellos azules. Cecilia sonrió; Bess tenía el pelo plateado de su madre, pero sus ojos eran los de Eduardo.

En muchos sentidos, Cecilia era una extraña para la niña, pues su relación con su nuera era tal que rara vez veía a sus nietos salvo en situaciones ceremoniales. Ricardo conocía mucho mejor a la primogénita de Eduardo que ella, y ella había esperado que Bess la tratara con cierta timidez. Pero Bess no era más tímida que cualquier criaturilla condicionada para esperar sólo amor y aprobación, y no había titubeado en trepar al regazo de Cecilia, tal como si hubiera pasado cada día de su vida con su abuela en el castillo de Baynard.

Cecilia se inclinó para limpiar una mancha grasienta de la barbilla de la niña.

– Podríamos leer nuestro menú en la cara de esta chiquilla -comentó-. Ven, Bess, hora de acostarte.

Bess tenía la mirada vidriosa, y sus párpados se negaban a permanecer abiertos, pero de inmediato ofreció una soñolienta resistencia, aferrándose a Ricardo con firme resolución.

– Déjala, ma mère. ¿Acaso importa que duerma aquí o en la cama?

– No, claro que no -concedió Cecilia, viendo que Bess, alentada por la intercesión favorable de Ricardo, había dejado de forcejear. Él se la acomodó en el brazo y ella volvió a dormirse con un suspiro de satisfacción-. Se ha apegado a ti, Ricardo.

Él sonrió, sacudió la cabeza.

– No, no es eso. Bess y yo llegamos a un trato. Le juré que Ned vendría al castillo de Baynard, y mientras él no llegue, no está dispuesta a perderme de vista.

Cecilia sonrió.

– A veces olvidamos que los pequeñines son los que más padecen. Si nosotros no logramos comprender por qué sufrimos ciertas penas, ¿cómo pueden comprenderlo ellos?

Ricardo asintió, y al mirar a su sobrina dormida pensó en Kathryn, su hija. Ya tenía casi un año y él no la había visto desde que era bebé. Ni siquiera sabía con certeza si estaba con vida. Los bebés sufrían difteria, fiebres súbitas, muchas dolencias que podían extinguir una pequeña vida tan abruptamente como la llama de una vela. Y si Kathryn hubiera enfermado, ¿cómo podía Kate hacerle llegar la noticia? Podía estar muerta y enterrada desde hacía meses y él ni siquiera lo sabría.

– ¿Qué te preocupa, Ricardo? ¿Estás pensando en tu hija?

Ricardo ensanchó los ojos. Su sorpresa era visible, aunque logró ocultar un poco su bochorno. Ella sacudió la cabeza.

– ¿Acaso esperabas que lo ignorase por mucho tiempo? -dijo secamente-. Te aseguro que hay pocos actos de tus hermanos y tú que no lleguen a mis oídos… ¡incluso aunque no quiera enterarme!

– Entiendo -respondió Ricardo con embarazo.

– Por amor del cielo, Ricardo, no pensarás que me sorprende que tengas una hija ilegítima. En mi familia había más hermanos varones de los que podía contar. Más aún, crié a cuatro varones, y tus hermanos eran tan propensos a la tentación como tú… aunque lamentablemente eran menos discretos. No puedo aprobar las circunstancias del nacimiento de tu niña, pero ciertamente apruebo tu voluntad de responsabilizarte por tu acto. -Y suspiró, con voz sorda y abatida-: Los hombres nacen para pecar, Ricardo. Lo más importante no son nuestros desvíos, sino que aprendamos de nuestros errores, que seamos capaces de un arrepentimiento sincero, de genuina contrición.