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Había abierto la puerta; Cecilia notó que ya se le había escabullido. Aun así, hizo el intento, presa de un furor súbito y desconocido que sólo le permitía sentir cólera.

Caminó deprisa, lo alcanzó en la escalera de madera que bajaba del gabinete al salón y le agarró el brazo con fuerza, ansiando lastimarlo.

– ¡Quiero hablar contigo ahora, Jorge!

Él no ofreció resistencia, se quedó tieso, mirando el salón, el pandemonio que estallaba en el piso de abajo. La furia ciega de Cecilia se despejó; miró en torno, como si despertara de un sueño desagradable que ya no recordaba.

Tuvo la impresión de que todos sus sirvientes, todos los criados a su servicio, cada hombre, mujer y niño alojados en el castillo de Baynard estaban en el salón. El bullicio de las voces ascendía para asaltarle los oídos en olas discordantes. Ardían tantas antorchas que aun los rincones más oscuros estaban iluminados como si fuera de día. Vio los rostros de hombres que no había visto en meses, otros rostros totalmente desconocidos, y casi de inmediato a su nuera. Rodeada por sirvientes, ataviada con tela de oro y con la garganta y los hombros tan cubiertos de joyas que hubieran deslumbrado aun al ojo más ahíto, Isabel lucía elegante, altiva y tan bella que todos la miraban con embeleso, aun quienes la detestaban.

En medio de ese tumulto, regodeándose en el alboroto que había creado, estaba su hijo. Alzó la vista, la vio de pie en la escalera y sonrió.

– Bien, madame -dijo-, ¿no pensáis darme la bienvenida a casa después de mis andanzas?

Cecilia descubrió con horror que le ardían lágrimas en los ojos. No podía creer que sus nervios le fallaran ahora, no tenía la menor intención de sucumbir a su emoción ante ese mar de espectadores. Y no sucumbió. La disciplina que había cultivado toda una vida la ayudó a mantenerse firme. Contuvo el llanto con un parpadeo, sonrió a su hijo y se dispuso a bajar la escalera.

– No, no os mováis -dijo Eduardo, riendo-. Esta vez, madame, permitid que sea yo quien vaya a vos.

Capítulo 26

Londres

Abril de 1471

El aturdido Ricardo se levantó en las primeras horas del alba. Le palpitaba la cabeza por falta de sueño y exceso de vino. El día se extendía ante él como una carretera interminable, caliente y seca. Debía deliberar con sus capitanes, acopiar provisiones, inspeccionar piezas de artillería, requisar caballos. Le dijo al soñoliento Thomas Parr que no se molestara con el desayuno, pues no tenía tiempo que perder. Pero poco después reorganizó drásticamente sus planes para esa mañana, en cuanto abrió la carta sellada que había llegado por la noche. Desplegó el papel, leyó deprisa, y su expresión cambió.

– Ensilla unos caballos -ordenó, mientras Thomas lo miraba sorprendido-. Si mi hermano el rey me requiere, dile que hay algo urgente… No, no digas eso. Dile que tuve asuntos que atender, que regresaré en cuanto pueda.

Era media mañana cuando regresó al castillo de Baynard. A esas horas los curiosos y los fieles se habían congregado en el exterior y, cuando se difundió la noticia de que ese joven menudo y moreno con el caballo gris plata era el hermano del rey, lanzaron una halagüeña ovación por Ricardo. Un joven más atrevido que los demás se adelantó, lo siguió unos pasos junto al caballo.

– ¡Estamos contentos de que hayáis regresado!

– También yo -dijo Ricardo, sonriendo.

Poco después, al entrar en el salón, Ricardo notó que era el centro de atención, y se encontró asediado por hombres que esperaban ver a su hermano. Se detuvo para saludar a los que conocía, pasó por alto al resto, vio a Thomas Parr en la escalera del gabinete, se dirigió hacia su escudero.

Thomas sonreía.

– Hay alguien que esperaba vuestro retorno, milord…

Ricardo lo miró inquisitivamente.

– Parece que media Londres esperaba mi retorno. ¿Es alguien que yo deseo ver?

Thomas no tuvo oportunidad de responder. Tan abarrotado estaba el salón que mucha gente había tenido que subir la escalera que conducía al gabinete. Ahora los hombres se movían a cada lado de la escalera dejando un espacio en que se erguía una silueta enorme y oscura. Ante la mirada incrédula de Ricardo, se lanzó escalera abajo. Ricardo se tambaleó al ser embestido por la enorme mole de un lobero irlandés, y necesitó mucha destreza y aún más suerte para conservar el equilibrio.

– Thomas, ¿cómo diablos…? -farfulló. Siguió la mirada de su escudero, y vio a Francis Lovell en el tope de la escalera. Lidiando como podía con la frenética bienvenida del perro, aguardó a que Francis bajara y preguntó con genuino asombro-: ¿Cómo lo encontraste, Francis?

Francis sonreía muy orondo.

– No fue difícil -dijo airosamente-. Sabía que aún estabas en York cuando recibiste la noticia de que Warwick había desembarcado en Devon. Y sabía que no llevarías a Gareth a la guerra. Así que sólo tuve que pensar con quién lo dejarías, y recordar que siempre te alojas con los frailes agustinos cuando estás en York. Añadiré que estaban encantados de entregármelo. El prior Bewyck comentó que les resultaba más económico dar asilo a una docena de ladrones hambrientos que al lobero irlandés de Su Gracia de Gloucester.

– De Minster Lovell a York son seis días de viaje. Es una larga cabalgada para hacerla a partir de una mera corazonada.

Francis se encogió de hombros.

– En el momento no tenía otra cosa que hacer.

– Pero si yo no hubiera regresado, habrías tenido que quedarte con él.

Francis fingió horror.

– ¡Santo Dios, nunca se me ocurrió!

Ricardo se echó a reír.

– Creo que estoy casi tan contento de verte a ti, Francis Lovell, como de ver a Gareth.

Estaban sentados a la mesa de la alcoba de Ricardo, y al fin se habían quedado sin palabras. Entró Thomas, seguido por un paje, y mientras el niño llenaba las copas con el vino blanco del Rin que le gustaba a Ricardo, Thomas se disculpó.

– Lamento esta intrusión, milord, pero el rey…

– ¿Se ha reanudado el consejo, Thomas?

– No, milord, todavía no. Pero el rey os aguarda en la cámara de audiencias. Ya os ha llamado dos veces mientras no estabais en el castillo.

Ricardo asintió, miró a Francis con resignación y se levantó de mala gana. Francis también se levantó.

– Me sorprendió que no estuvieras. Pensé que pasarías el día reunido con el rey.

– Y así será durante el resto de la jornada, me temo. Mañana nos ponemos en marcha, ¿lo sabías? -Ricardo no aguardó la respuesta de Francis-. En cuanto a mi paradero, estuve en Westminster… para ver a mi hijo.

Francis lo miró sorprendido y él sonrió.

– Sólo me enteré esta mañana. El otoño pasado Nan me escribió a York para anunciarme que estaba encinta. Pero sabes lo que sucedió después… -Se encogió de hombros-. Pensaba a menudo en ella y el niño. No tenía modo de saber cómo estaba y confieso que eso me molestaba, Francis… haberla preñado y no poder hacer nada por ella. Sabía que mi hija Kathryn no sufriría necesidades, me había encargado de ello. Pero la carta de Nan me llegó sólo dos días después de que nos enteramos de que Warwick había desembarcado en el sur. Y hace menos de una quincena me encontraba en Doncaster. -Frunció el ceño al pensar en Doncaster, volvió a sonreír-. Pero Nan se encontraba mejor de lo que yo esperaba, y dio a luz a un varón saludable, que nació hace dos semanas, el 29. Es la fecha en que Ned triunfó en Towton. Un buen augurio, ¿no crees?

– Sin duda -convino Francis, tratando de recordar cuándo había visto a Ricardo tan abiertamente feliz, tan eufórico. Nunca, pensó. Se preguntó quién sería Nan, no creyó que Ricardo se lo dijera.