Выбрать главу

– Pensé en llamarlo Juan. ¿Te gusta?

– Era el nombre de mi padre -dijo Francis.

– Yo tuve un hermano con ese nombre, ¿sabías? Murió mucho antes de que yo naciera. Pero es un nombre que siempre me agradó.

Francis pensó que Ricardo también tenía un primo llamado Juan. Se llevó la copa de vino a la cara, pero demasiado tarde. La sonrisa de Ricardo se disipó.

– No has cambiado, Francis. Tus gestos son tan fáciles de leer como el libro de un escolar.

Ya que ambos pensaban en Juan Neville, Francis no veía motivos para no preguntar.

– No has tenido noticias de Johnny, ¿verdad, Dickon?

Ricardo meneó la cabeza.

– Ninguna… a menos que cuentes su acción de hace veintitrés días, cuando mantuvo su ejército en Pontefract y nos dejó pasar. -Miró sombríamente a Francis-. Mi hermano le ofreció un indulto, cuando le envió un ofrecimiento a Warwick en Coventry. Warwick, como sabrás, lo rechazó. Johnny no dio ninguna respuesta. Jorge Neville se apresuró a disociarse de Warwick para salvar el pellejo. Pero Johnny no. No traicionará a su hermano, Francis.

A diferencia de Clarence, pensó Francis, y sonrió.

– ¡Bienvenido a casa, Dickon!

Para su sorpresa, Francis sentía cierta compasión por Jorge. No lo había esperado; desde que tenía memoria, había considerado que Jorge era un incordio para York. Pero ahora que lo veía trabando una parca y envarada conversación con sus parientes yorkistas, se apiadaba un poco del hermano de Ricardo.

Eduardo fue bastante cordial y en dos ocasiones, cuando las alusiones a la precaria lealtad de Jorge amenazaban con transformarse en acusaciones, intervino diestramente para rescatarlo del bochorno. Pero Francis veía heridas profundas e infectadas, y pensaba con pesimismo que eran incurables.

Había mucho odio por Jorge en esa estancia, y no era menos intenso por el hecho de ser tácito. Al margen de lo que Eduardo sintiera por su desleal hermano (y nunca había demostrado gran afecto por Jorge), la reina no había perdonado sus traiciones, la complicidad en la muerte de su padre. Francis pensaba que ni ella ni su familia lo perdonarían nunca. Y aunque discreparan en todo lo demás, en esto los Woodville coincidían plenamente con Will Hastings, que tiempo atrás había aprendido a manifestar su desprecio con una sonrisa y una contracción de las cejas. Mientras Howard daba respuestas parcas y cortantes a las rebuscadas preguntas de Jorge, Francis se preguntó si Jorge podría afrontar la situación, sabiendo que lo consideraban un judas. Lo ponía en duda.

Estalló una riña entre los tres niños a los que se consideraba, por su edad, dignos de reunirse con los mayores. Bess y Mary estaban encantadas con la aparición del lobero de Ricardo y, con Jack de la Pole, hijo de la duquesa de Suffolk, sometían al gran perro a una entusiasta paliza. El animal, con meritoria paciencia, se había resignado a estas afectuosas atenciones, y hasta había permitido que Mary se le montara en el lomo. Pero esta vez Jack tironeó demasiado de la cola y Gareth se giró mostrando los colmillos. Jack retrocedió y las niñas chillaron.

Ricardo, enfrascado en una discusión sobre táctica con su hermano y Will Hastings, alzó la vista, chasqueó los dedos. Al instante el perro cruzó la sala a brincos y se refugió en el recoveco de la ventana.

Eduardo frunció el ceño y se echó hacia atrás cuando la cola le rozó la cara.

– Por Dios, esperaba que hubieras perdido a esa bestia monstruosa, Dickon -se quejó, y Ricardo sonrió, mirando a Francis.

– Eso temía. Pero un amigo le dio asilo.

– Yo diría que el regreso de un hijo pródigo a York es más que suficiente.

Ricardo no festejó el sarcasmo. Buscó instintivamente a Jorge, para cerciorarse de que no lo hubiera oído.

– Lo prometiste, Ned -murmuró, y Eduardo suspiró y lanzó una maldición cuando el perro volcó su copa de vino.

Will rió.

– Quizá debamos tomar el regreso de las ovejas perdidas al redil como otra señal favorable de Santa Ana -sugirió.

Francis quedó intrigado; no sabía que Ricardo o Eduardo estuvieran bajo la protección de Santa Ana. Debía de ser una de esas bromas que sólo ellos entendían, alusiones a riesgos que habían corrido, penurias que habían sufrido, recuerdos de Doncaster, el exilio en el extranjero y esos primeros acuciantes días en Yorkshire.

Pero mientras explicaba así esa enigmática referencia a la santa, otra persona también manifestó curiosidad.

– ¿Por qué Santa Ana, lord Hastings?

– ¿No habéis oído hablar, madame, del milagro de Daventry? Pensé que Su Gracia os lo habría contado.

Isabel no parecía complacida de que hubiera algo que ella no sabía.

– Quizá querráis contármelo -dijo fríamente.

– La reina lo ordena -dijo Will, sonriendo. La conversación se redujo a murmullos y cesó por completo cuando él se puso a contar lo que había sucedido el domingo anterior en la iglesia parroquial de Daventry. Frente al rey había un altar de alabastro de Santa Ana, oculto detrás de cuatro puertas de madera, pues era Cuaresma. Durante la misa, las puertas del altar se abrieron de par en par, aunque no las había tocado nadie-. La grey quedó muy sorprendida, madame, como imaginaréis… y Su Gracia el rey recordó cuánto le había rezado a Santa Ana durante la tormenta del 14 de marzo, pidiéndole que lo trajera sano y salvo a Inglaterra. Al oír esto, todos los presentes coincidieron en que era un buen augurio, una señal de que el Cielo sonreía a la casa de York. Y Su Gracia juró que llamaría Ana a su próxima hija, para honrar a la madre de la Virgen -concluyó Will con donaire-, y fue ovacionado por la gente, que elevó fervientes plegarias por York.

Eduardo asintió con complacencia, sonrió.

– Sin embargo, la bendita Santa Ana tendrá que esperar. Le dije a Meg que le pondría su nombre a mi próxima hija, y se lo prometí a ella primero.

Francis observó a la duquesa de York y vio que una arruga de reprobación le surcaba la frente. Recordó la historia que ella le había contado en esa misma habitación seis meses atrás, sobre Santa Ceci-lia y la peregrinación de su hermano. Trató en vano de imaginarse a Eduardo en una peregrinación, se volvió hacia Ricardo, le preguntó si aún usaba la cruz de peregrino que tenía en Middleham.

Ricardo lo miró intrigado.

– ¡Por los dioses, Lovell, qué cosas raras se te ocurren! -exclamó. Tirando del cuello del jubón, extrajo una cadenilla de plata para que Francis la inspeccionara-. La he llevado desde que tengo memoria. Me sentiría desnudo sin ella -le explicó a su curioso sobrino Jack, mientras Francis alzaba la vista y recibía la cálida sonrisa de Cecilia Neville.

Jack de la Pole, conde de Lincoln, se estaba poniendo inquieto. Tenía ocho años y estaba aburrido. Siguió a su abuela hasta la puerta, regresó a la ventana y se sentó en los cojines desperdigados en el suelo. Instantes después recobró el ánimo, pues parecía que su tío Clarence iba a reñir con el hermano de la reina.

– Por una vez en la vida tenéis razón, milord Rivers -dijo Jorge con voz incisiva-. En efecto, hice todo lo posible para lograr una reconciliación entre mi hermano y el conde de Warwick, y lo seguiré intentando. No es ningún secreto, y por cierto no busco vuestra aprobación.

– No me sorprende que la traición os parezca un pecado tan nimio, mi señor de Clarence, pero hay algunos que la encontramos menos fácil de perdonar. Quizá debáis tenerlo en cuenta por vuestro propio…

Eduardo se volvió al oír que alzaban la voz. Intervino, sin prisa aparente, pero interrumpiendo a Anthony.

– No puedes culpar a mi hermano de Clarence por exhortar a Warwick a reconciliarse conmigo, Anthony. Es una pena que él no escuche a Jorge. Ten en cuenta la sangre que se derramará…

– ¿Habláis en serio? -preguntó Anthony con incredulidad.

Eduardo no estaba acostumbrado a que lo interrumpieran, pero respondió con serenidad.