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Tubilok levanta ambos brazos en un gesto tan dramático como los que tanto le gustaban a Manígulat. A través del blindaje, la imagen intermitente de su rostro sonríe con éxtasis.

– ¡Mis amados e inmortales hermanos! Aunque muchas son las ocasiones en que me habéis decepcionado, sabéis que reina más alegría en el Bardaliut por veintiocho inmortales descarriados que vuelven al redil que por cien millones de mortales que se hunden en las tinieblas. Os invito a uniros a mi proyecto y a abrir las puertas del Prates.

– ¿Cuándo se producirá tan magno y glorioso acontecimiento? -pregunta Taniar, hasta hace poco más de una hora seguidora lacayuna de Manígulat.

– Cuando las tres lunas coincidan en los puntos más cercanos de sus órbitas, será más sencillo concentrar todos los haces de energía. Lo haremos en la primera conjunción a partir de hoy, cuando se encuentren justo encima del abismo de Tártara.

– Pero Tártara… -titubea Pothine.

– Tártara ha resistido hasta ahora. Pero no hay nada eterno, hermanos. – Tubilok sonríe a través del yelmo-. Me corrijo. No lo había. Nosotros seremos eternos.

La imagen se interrumpió ahí. El pecho de Tarimán se cerró como el postigo de una ventana y volvió a convertirse en aquella superficie negra que se tragaba la luz.

De todo lo que había visto, Derguín había comprendido algunas cosas.

El dios loco era el mismo que había estado a punto de matarlo y había secuestrado a Mikha; no quería pensar que su amigo estuviera con él por propia voluntad.

La intención de Tubilok era abrir las puertas del Prates aunque ello significara la destrucción de Tramórea. Para eso, necesitaba el poder de las tres lunas. Al parecer, éstas se habían apagado para absorber la energía del Sol, del mismo modo que lo hacía la superficie opaca de la estatua de Tarimán.

Y ese poder iba a desatarse durante la conjunción de Taniar, Shirta y Rimom. La noche del 28 de Bildanil, si nada lo remediaba, sería la última de la historia de Tramórea.

A menos que alguien lo evitara. Y ésa parecía ser la intención de Tarimán. De lo contrario, ¿por qué estaba allí, hablando por boca de una estatua viviente y mostrándoles las imágenes de lo que ocurría en el Bardaliut?

– Nos quedan diecisiete días de vida. ¿Qué podemos hacer? -preguntó al

dios.

– ¿Que qué podéis hacer? Aceptar vuestro destino. Llenaros el estómago con buena comida, bailar y divertiros día y noche, noche y día. Poneos ropas limpias, bañaos en agua fresca, regocijaos con vuestros hijos y haced el amor a vuestras esposas. Ésa es la mejor vida que un mortal puede esperar.

Oír aquellas palabras mientras la boca de la estatua permanecía curvada en una sonrisa burlona sacó de quicio a Derguín.

– Sin duda tienes razón, pero incluso la mejor vida se me antoja demasiado breve si sólo dura diecisiete días. ¿Nos has mostrado todo esto para mofarte de nosotros?

– ¡Ah, el corazón de los hombres no se inclina ni ante el poder de la muerte!

Derguín recordaba esa frase. Pertenecía al Mito de las Edades.

– Al final nos inclinamos, divino herrero. Pero cada uno a su debido tiempo, no todos juntos en una catástrofe provocada por la locura de un dios. ¡Me niego a aceptarlo!

– ¿Y crees que está en tu mano evitar esa catástrofe?

– Tú forjaste la Espada de Fuego. Si la recupero, algo podré hacer.

La estatua no respondió. Durante casi un minuto permaneció muda, tan inmóvil que Derguín se preguntó si acaso no habría soñado las imágenes del Bardaliut y la conversación anterior. El Mazo parecía tan perplejo como él.

– Debes volver a tu lugar de origen -dijo por fin la imagen de Tarimán.

– No te entiendo.

– Zirna. Pero no te quedes allí, no te detengas a saludar a tu familia, ni tan siquiera a sacudirte el polvo de las suelas de las botas. Continúa por la Ruta de la Seda e intérnate en el desierto prohibido.

– ¿En Guinos? Eso significaría nuestra muerte.

Se decía que en el corazón de aquel desierto había una roca humeante y ponzoñosa que envenenaba los alrededores.

– La maldición de Guinos se ha debilitado mucho con el tiempo -dijo Tarimán-. Si atravesáis sus arenas lo más rápido que podáis, es posible que enferméis o que no. En cualquier caso, si quieres evitar el fin del mundo tendrás que correr muchos riesgos.

Derguín tragó saliva. Gracias a Linar, había sobrevivido al mal insidioso que flotaba en los aires y las aguas de la selva más allá de la Sierra Virgen. El único que lo había sufrido era Aperión, que había muerto vomitando sangre. O habría muerto si Kratos no se hubiese adelantado cortándole la cabeza.

Derguín prefería los peligros a los que uno se puede enfrentar empuñando una espada. Aunque fueran demonios metálicos o dioses dementes. Pero no estaba en su mano elegir. Si ése era el camino para recuperar a Zemal, no tenía más remedio que seguirlo. Sospechaba que si seguía privado de ella unos cuantos días más acabaría golpeándose la cabeza contra una pared hasta matarse o arrojándose por un acantilado.

– ¿En Guinos hallaré la puerta del Prates?

– «Dos hermanos medio hermanos lucharán por la luz… Lanza negra y espada roja entre sí chocarán en el terrible Prates donde arden por siempre las llamas del gran fuego.» ¿Es eso lo que temes, Derguín Gorión?

– Por favor, no juegues más conmigo y contesta a mi pregunta.

– El juego es todo lo que me queda. No alcanzas a hacerte idea de lo larga que es la eternidad. Sólo la incertidumbre y la emoción de apostar pueden aderezarla.

– ¿Aunque la apuesta sea el destino de un mundo?

– Mucho más si es el destino de un mundo. Tú eres uno de los alfiles, tah Derguín. Una pieza importante…, si consigues recuperar la Espada de Fuego. Ve adonde te digo, ya estás perdiendo el tiempo.

– Cuéntame al menos qué encontraré en Guinos.

– Un camino. Un atajo muy rápido que te acercará a tu destino. Ahora, vete. Aun embarcando hoy mismo, es posible que no llegues a tiempo a ningún sitio.

Derguín suspiró, se dio la vuelta y se dispuso a marchar por donde había venido. Estaba convencido de que Tarimán ya no le brindaría más información. Pero cuando El Mazo y él habían llegado al extremo de la pequeña playa, oyeron un zumbido que debía ser el equivalente a un chsst de la estatua viviente.

– Una cosa más -dijo Tarimán, que se había incorporado. Ahora parecía de nuevo un Xóanos de madera de la cabeza a los pies, y se había echado el martillo al hombro en un gesto un tanto informal.

– ¿Qué deseas decirnos, divino herrero?

– Contra el poder de los dioses la Espada de Fuego no es suficiente. Zemal necesita una compañera. Pero ¿quién la blandirá, tah Derguín?

El joven se quedó clavado en la arena. Una extraña emoción le invadió, mezcla de alivio y algo parecido a la envidia. ¿De verdad estaba en su mano decidir quién empuñaría una segunda Zemal?

– El más grande de los Tahedoranes -respondió por fin-. Todos sabemos quién es.

– En verdad te digo que eres un alma generosa, Derguín Gorión. Por desgracia, eso no te garantiza que alcances el éxito.

Sin añadir una palabra más, la enorme estatua giró el cuerpo hacia el mar como un solo bloque y empezó a caminar. Sus pesados pies levantaron cortinas de espuma al hundirse en el agua, que pronto le cubrió por la cintura y unos segundos después tapó su cabeza. Cuando ya había desaparecido por completo, su martillo surgió sobre las olas durante un instante, en un último saludo destinado a darles ánimos o quizá a burlarse de ellos.

– He entendido muy poco de lo que he oído -gruñó El Mazo-. Pero ese poco no me ha gustado nada.

Derguín palmeó el hombro de su amigo, para lo cual tuvo que levantar la mano por encima de su propia cabeza.

– Hasta ayer mismo pensé que estabas muerto. Tal vez lo mejor sea que nos convenzamos de que ahora mismo los dos estamos muertos, de que todo el mundo está muerto, y de que todo el tiempo que vivamos a partir de ahora es un regalo.