– ¿Te escandalizo, Antea?
– A veces sí, majestad.
– ¿Consideras una carga insoportable ser la jefa de mi Teburash? -Ziyam se sentía rabiosa y tenía que pagarlo con alguien-. Porque hay miles de guerreras deseando desempeñar ese puesto. Y seguro que muchas lo harían mejor que tú.
– Esa decisión no es mía, majestad. -Antea agachó la mirada, haciendo un esfuerzo visible por contenerse-. Si no me consideras digna…
– ¡Vamos, Antea! Dignidad es lo que más te sobra. Podrías repartirla entre todas las Teburashi y todavía te sobrarían quince tazas. -Ziyam se levantó del asiento-. Meterse contigo es tan aburrido como tener una orgía con los varones de nuestra raza. ¡Me marcho de aquí!
– ¿Adónde vas, majestad?
Ziyam no se molestó en contestar, y tampoco se despidió de las diez marquesas supervivientes ni de las demás altas oficiales de su ejército. Por supuesto, su madre jamás se habría saltado así el protocolo. Que se acostumbren a que el protocolo lo impongo yo. Sin mirar atrás, se alejó de los círculos de antorchas y hogueras y bajó por el terraplén en el que los Invictos habían resistido el primer ataque de la caballería Aifolu. Allí la esperaba Nieve, su segunda yegua de guerra, tan blanca como lo había sido Cellisca. Montó con ayuda de la palafrenera, ya que todavía le dolía mucho la pierna derecha, y taloneó a Nieve para cabalgar lejos del Kimalidú. De pronto, era como si todo el peso de aquel enorme monolito de arenisca lo cargara ella sobre sus hombros. Quería marcharse, dejar de oír voces humanas, respirar aire fresco.
Sin saber muy bien cómo, había llegado al lago de Bórax. En la orilla norte quedaban restos de la batalla; nadie se había molestado en enterrar a los Glabros. En vida, aquellos salvajes olían a queso agrio y a cuero mal curtido, y la muerte no había mejorado su aroma. Ziyam se humedeció el dedo índice y lo levantó. El viento venía del sur, así que hacia allí cabalgó, huyendo del insoportable hedor a cadaverina.
Siguiendo la orilla, llegó a una estrecha cala. Al ser el último día del mes, las tres lunas se habían mostrado durante un rato en conjunción sobre el horizonte oeste y después se habían escondido. Ahora las estrellas y el Cinturón de Zenort dominaban el cielo. Pero su luz era suficiente para Ziyam, nictálope como todas las Atagairas.
La joven desmontó. Coronando la cuesta que daba acceso a la cala se adivinaban tenues siluetas a caballo. Antea y varias Teburashi, sin duda. Ziyam había oído los cascos de sus monturas galopando tras ella, pero la jefa de su guardia había tenido el buen criterio de no acercarse a menos de cincuenta metros de su reina.
Allí sólo olía a sal, como si se encontrara a orillas del mar. Se le habían pasado las ganas de vomitar, pero seguía teniendo mucho calor. No sabía si la noche era así de tórrida o si el ardor provenía de su propio cuerpo.
Debes venir a pedírmelo, seguía llamándola la máscara. Vuelve a tu tienda, úsame. Te enseñaré cosas que nunca has soñado.
El reclamo de la voz era más intenso cuanto más se alejaba de la máscara, como si Ziyam estuviera unida a ella por una correa elástica de alcance infinito. Sabía que cedería a la voz, que en cuanto regresara a la tienda no resistiría la tentación y se pondría otra vez el cambuj.
Pero ahora era más urgente enfriarse, librarse del sudor que cubría su cuerpo como una capa de melaza. Se despojó del manto y abrió los cierres que sujetaban la coraza de gala. Aunque era más ligera que la de combate, seguía teniendo piezas de metal y cayó al suelo como una piedra. Después se soltó los broches de la túnica, que se deslizó por su cuerpo cosquilleándole hasta los tobillos.
Aún le sobraba algo. La venda que disimulaba la milagrosa curación de su mejilla. Se la arrancó, y por fin se sintió desnuda del todo.
En cueros, el aire parecía más fresco, pero no lo suficiente. Incluso el flojo viento que soplaba antes se había encalmado. Las aguas del lago se habían convertido en un enorme cristal negro sembrado de débiles puntos de luz, reflejos de estrellas que sólo los ojos gatunos de una Atagaira podían distinguir.
Ziyam acarició la cabeza de su yegua. «Espérame aquí», le musitó, y caminó descalza hasta la orilla, maldiciendo entre dientes cada vez que un guijarro se clavaba en sus delicados pies.
El agua estaba tibia, pero en su piel febril se notaba casi gélida, y sintió un escalofrío al entrar. Aun así, siguió adelante sin vacilar. Apenas había avanzado cuatro pasos cuando comprobó que cubría lo suficiente y se zambulló. O más bien lo intentó. Aquellas aguas poseían alguna extraña virtud o defecto que hacía casi imposible hundirse en ellas. Picaban en los ojos como un demonio, y aunque Ziyam sabía nadar lo bastante bien como para no tragar agua, notó en los labios un intenso sabor a sal. Una vez se había bañado en el mar, en una visita a Pabsha, el país situado al este de Atagaira, que comerciaba con ellas y les pagaba tributo. Pero ni siquiera aquellas aguas estaban tan saladas como las del lago de Bórax.
Siguió nadando, o más bien deslizándose sobre la superficie, con cuidado de no volver a meter la cabeza. Al principio la magulladura de la pierna le escocía, pero pronto se acostumbró, e incluso el picor de la sal le resultó en cierto modo calmante. Pasado un buen rato, descubrió que había llegado a una zona donde el agua no la cubría más allá del ombligo y se puso de pie para descansar.
Se dio la vuelta para comprobar cuánto se había alejado de la orilla y descubrió que a su alrededor se estaba levantando un anillo de niebla. Ocurrió tan rápido, en cuestión de segundos, que comprendió que no podía ser un fenómeno natural. Las pulsaciones se le aceleraron y el miedo le atenazó el estómago. Estaba desarmada, desnuda y sola en un extraño lago saturado de sal, a merced de cualquier amenaza. Le pareció oír la voz de Antea. Has cometido una imprudencia, majestad, a lo que su madre añadió: Una imprudencia no: una soberana estupidez.
La niebla siguió levantándose a su alrededor, hasta formar una especie de cúpula. Se trataba de una bruma espesa, fosforescente, como si estuviera formada por una nube de minúsculas luciérnagas.
A apenas dos metros de la Atagaira, las aguas verdosas se abrieron lentamente y de ellas surgió una cabeza humana. Era una mujer joven, de largos cabellos de tizón y ojos rasgados. Con una sonrisa apenas perceptible y más amenazante que cualquier gesto de furia, la desconocida avanzó hacia Ziyam. Al hacerlo pisando el fondo, su cuerpo surgió poco a poco del lago. Estaba tan desnuda como ella y, aunque ni sus rasgos ni su piel fueran de Atagaira, la reina tuvo que reconocer que su belleza era arrebatadora.
Pero al ver aquellos pechos perfectos perlados de agua, Ziyam no sintió la menor excitación. Sobre todo porque por ellos trepaba, enroscándose, una serpiente de ojos rojos que refulgían como brasas.
La serpiente se soltó de la mujer y cruzó las aguas en tres rápidos culebreos. Cuando Ziyam quiso darse cuenta, el ofidio ya le había inmovilizado los brazos y sus mandíbulas abiertas se acercaban a su cuello. Los colmillos goteaban veneno, un veneno cuyo hedor ácido impregnó el aire mezclándose con el olor a aguasal.
– Debería matarte -dijo la mujer de cabellos negros, usando el idioma de las Atagairas. Su voz era grave, un punto ronca. Ziyam, que tenía veintidós años, había pensado al pronto que la desconocida era más joven que ella. Pero aunque su cutis era liso e intachable, había algo en su voz o tal vez en su aplomo que sugerían más edad. Muchísima más edad.
– No te conozco -respondió Ziyam. Pese a la cercanía de las fauces del reptil, consiguió que no le temblara la voz-. ¿Qué ofensa puedes tener contra mí?
– Hace más de dos años, envié un enjambre de serpientes contra una mujer de tu raza. Se llamaba Tylse. Pereció entre horribles dolores.
Ziyam tragó saliva y miró de soslayo a la serpiente, cuyos ojos despedían destellos de rubí.