Sigue mis sueños, búscame aquí y lo tendrás todo. Yo sé recompensar a quienes me son fieles, mujer.
Ambas visiones habían sido muy breves: Antea no permitía tan siquiera que la arena del reloj llenara media ampolleta. Cada vez que le quitaba la máscara, Ziyam reaccionaba con más rabia. Había llegado al extremo de abofetear a la jefa de las Teburashi para que le devolviera la grotesca careta, mientras Antea la levantaba sobre su cabeza estirando los brazos y
manteniéndola fuera de su alcance.
Cuando Ziyam dejó de saltar como una niña para arrebatarle la máscara y se aburrió de propinarle patadas en las espinillas, Antea le preguntó:
– Con todo respeto, majestad, ¿tan maravillosas son las visiones que contemplas al ponerte este trozo de madera en la cara?
– ¿Trozo de madera? No entiendes nada. -Ziyam respiró hondo y trató de controlarse-. Lo entenderías si tú misma te la pusieras, pero…
– Creo que es mejor que no lo haga, majestad.
– ¡Por supuesto que no! La máscara me pertenece.
O yo empiezo a pertenecerle a ella, se dijo, sin saber que Derguín había comentado algo parecido de la Espada de Fuego. Pues tal era la virtud de los objetos fabricados por los antiguos dioses.
¿Cómo explicarle a la leal pero obtusa Antea que, cuando se ponía la máscara, las visiones que recibía eran infinitamente más sólidas y reales que las que le ofrecían sus propios ojos? ¿Que veía colores que no sabía que existían, formas que se escondían dentro de las formas? ¿Que sentía que se asomaba a un gran vacío que no era un abismo, sino la infinitud del conocimiento absoluto?
Y el conocimiento era a la vez poder y placer. Las dos drogas más adictivas del universo. ¿Cómo explicar eso, cómo resistirse a ese reclamo?
La voz de Antea la sacó de su ensimismamiento.
– Ya tienes el arma y también tienes la máscara, majestad. ¿Adónde se supone que nos dirigimos ahora?
– No es tu misión hacer preguntas.
– Castígame si quieres, pero mi misión es protegerte de todo mal, aunque sea de ti misma. -Antea había subido la voz, pero al darse cuenta de que las demás guerreras intentaban escucharla volvió a bajarla-. Eres nuestra reina. Tu sitio está en Atagaira.
– Mi lugar está donde yo decida. Demasiado tiempo he hecho lo que otras querían.
– Ser reina no consiste en hacer lo que se quiere en cada momento, majestad. Tienes responsabilidades con tus súbditas. Debes hacer justicia, repartir cargos para cubrir las bajas y ratificar herencias, renovar el feudo con Pabsha, asegurar la prosperidad…
Ziyam interrumpió aquella retahíla con una bofetada.
– ¡Deja de sermonearme!
Antea mostró los dientes durante un segundo, como un mastín a punto de morder. Después agachó la cabeza y dijo:
– Es tu debilidad la que me abofetea, majestad. La verdadera fuerza no necesita mostrarse. Es como Zemal. Le basta estar guardada en su funda para que percibamos su poder.
Ziyam respiró hondo, hasta sentir que el aire llegaba al fondo de sus pulmones, y después lo exhaló. Antea era una carga que había heredado de su madre, tenía el fastidioso hábito de decir lo que pensaba y, todavía peor, la nefasta costumbre de pensar de manera opuesta a Ziyam. Pero también era una mujer fuerte y capaz que, por ahora, le resultaba útil.
Le puso la mano en la barbilla y la obligó a mirarla a la cara. Sabía que, cuando fijaba los ojos en otra persona abriéndolos mucho y sin parpadear, su interlocutor solía creer que era sincera.
– Perdóname por lo que acabo de hacer, Antea. No voy a explicarte por qué. Pero te ruego que aceptes mi palabra cuando te digo que el viaje que vamos a hacer es muy importante.
– Majestad, siempre aceptaré tu palabra. Pero mi misión es ver problemas y peligros y aconsejarte.
Tu misión es darme la razón, por lo menos de vez en cuando, pensó Ziyam, pero se mordió la lengua.
– ¿Qué peligros ves ahora?
– Sólo llevas unos días reinando. Es posible que alguna de las marquesas crea que eres joven y débil y que puede aprovechar el momento para usurparte el trono. Si te ausentas…
– La marquesa de Faretra será una buena regente. Pero si a ella o a cualquier otra, o a todas juntas, se les ocurre aprovecharse de mi ausencia, descubrirán para su pesar que cuando regrese lo haré con mucho más poder del que puedan alcanzar a soñar. Muchísimo más poder. ¿Eres capaz de entenderlo?
Antea parecía reacia a dar su brazo a torcer. Pero en ese momento las llamó Tríane.
– ¡Venid ya! ¡Ha llegado el momento de partir!
La extraña mujer se acercó a la orilla hasta introducir los pies descalzos en el agua y empezó a salmodiar algo en un idioma que despertó reminiscencias en Ziyam. ¿No era acaso la lengua en que Iluanka habló dentro de su cabeza cuando tenía quince años y sufrió la ordalía que la convirtió en guerrera? Pero en aquella ocasión Ziyam comprendió sus palabras, y ahora aquel idioma le resultaba una jerigonza ininteligible.
Un viento seco y frío que venía del norte hacía ondear los faldones de las capas y rizaba la superficie del lago. Pero a un par de metros de la orilla, cerca de una gran roca, se formó un círculo de quietud perfecta, un remanso que más parecía un cristal. Tríane bajó las manos, y el círculo empezó a hundirse por el centro formando una concavidad cada vez más profunda, como si una gran esfera invisible flotara en la superficie del lago y se hundiera poco a poco.
– Tu madre siempre decía que tratar con hechiceras es de insensatas – murmuró Antea casi al oído de Ziyam. Las demás Atagairas habían retrocedido unos pasos, apartándose del agua, y contenían el aliento. La única que no parecía sorprendida era Ariel.
Lógico, pensó Ziyam. Tríane era su madre. ¿Qué mezcla habría heredado la pequeña diablilla del Zemalnit y de aquella ninfa que se jactaba de dominar el reino de las aguas?
La superficie siguió hundiéndose. El hueco se convirtió en un semicilindro que se alargó hasta llegar por un lado a la orilla donde estaban las Atagairas y por el otro hasta la roca que cerraba la cala en su parte oeste. Finalmente, las aguas de la pequeña ensenada quedaron divididas a derecha e izquierda por un pasillo que llegaba hasta el fondo del lago. Al retirarse, dejaron al descubierto un gran agujero circular excavado en la roca, oculto hasta entonces bajo la superficie.
– Ése es el túnel que nos llevará a nuestro destino -anunció Tríane.
Algunas guerreras murmuraron entre sí e hicieron gestos apotropaicos.
Aunque Ziyam las había seleccionado por su lealtad y su disciplina a rajatabla, se las veía más asustadas que cuando tuvieron que cargar contra los Glabros. Al menos, a los pájaros del terror los tenían a la vista y sabían qué podían esperar de ellos, mientras que ahora se enfrentaban a lo desconocido.
Es el momento de dar ejemplo. Bajó hasta la orilla y, antes incluso que Tríane, caminó por aquel pasaje sobrenatural que se había abierto en las aguas del lago.
– ¡Ya habéis visto a vuestra reina! -exclamó Antea-. ¡Coged las balsas y seguidla!
Dos de las guerreras levantaron en vilo una de las balsas, mientras que para transportar la otra, en la que iba el cuerpo del Mazo, hicieron falta seis. Ziyam siguió adelante sin mirar atrás, pero cuando llegó a la boca del túnel, un círculo perfecto de dos metros de diámetro, se detuvo.
– Haces bien -le dijo Tríane-. Sólo una necia hace de guía en un terreno que desconoce.
– ¿Y tú? ¿Sabes adónde nos llevas?
– ¿Sabes orientarte tú en las montañas de Atagaira? -Sin esperar respuesta, Tríane atravesó la boca del túnel. A pocos pasos la siguió Ariel, que no parecía dar albricias por el reencuentro con su madre, pero tampoco se separaba de ella.