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¿Conque ésas tenemos?, pensó Derguín, y contestó al audaz:

– Pues ánimo, que a lo mejor te hará falta.

– ¿Crees que no lo haría? -El soldado, que tenía una barba fosca y salpicada de espuma, lo miró entrecerrando los ojos-. ¿Te burlas de mí?

– ¡Nada más lejos de mi intención!

– Porque yo tuve que cargar a pie contra esos putos demonios de ojos amarillos.

– De ojos amarillos como el mariquita de tu amigo, Zemalnit -intervino

otro.

– Y lo hice con una lanza y una espada mellada, y un peto de cuero al que le faltan la mitad de las escamas. ¿Por qué no me dan a mí el premio al valor?

– Te propondré para él, descuida -replicó Derguín-. Aunque vuestra compañía me es muy grata, creo que voy a irme a dormir.

Trató de levantarse, pero Abatón lo agarró del brazo y lo volvió a sentar, aprovechando que el equilibrio de Derguín era un tanto precario.

– ¡Por favor, Zemalnit, no nos prives de tu compañía! ¿O debería decir ex Zemalnit?

Derguín notó cómo le huía la sangre del rostro. Así que de esto va todo, pensó.

– Ya te he dicho que me voy. Tengo sueño y he bebido más que suficiente. Gracias por tu invitación. Os dejaré pagada otra ronda.

Abatón seguía sin soltarle, y de nuevo le asperjó de babas la mejilla al decirle:

– Cuentan que en Narak también te quitaron la espada. ¿Sabes que eres

el único Zemalnit de la historia que la pierde dos veces?

– No sé de qué estás hablando.

– Los rumores corren, tah Derguín. Sabemos que tu espada ha desaparecido. ¿A quién se la regalaste, a esa zorra pelirroja de las Atagairas?

Sabía que no debería haberse sentado allí. Abatón estaba muy borracho y era de esos tipos que tienen mal vino. O malas intenciones. O ambas cosas a la vez.

Pero no era el único que lo estaba acosando. Los quince hombres del Jauría parecían orbitar y danzar a su alrededor cual lebreles hostigando a su presa. En todos los ojos brillaba el mismo odio.

En Narak le había ocurrido algo similar. Después de dos años allí, Derguín creía que los Narakíes lo admiraban, para descubrir al final que en realidad lo aborrecían. O quizá estaban divididos; pero el odio y la envidia siempre saben gritar en voz más alta que el amor y la admiración.

Recordó la frase de su acusador en el juicio de Narak: «¿Quién se cree que es ese Zemalnit para llevar siempre la espada colgada a la cintura con la vaina hacia atrás, como un Ainari, como si no le importara ensartar a alguien con ella?». Cuando alguien está en tu contra, cualquier detalle, el más nimio, lo interpreta como una muestra de hostilidad o prepotencia.

En cualquier caso, lo mejor era poner pies en polvorosa cuanto antes.

Derguín logró zafarse de la garra del general y volvió a ponerse de pie. Todos en la taberna lo estaban mirando, como si en las otras treinta mesas no hubiese nada interesante de lo que hablar. Cientos de ojos escudriñándolo, cientos de oídos escuchándolo.

Y todos parecían saber que le habían robado la Espada de Fuego.

No puede ser, se dijo. Todos no pueden saberlo. La mezcla del alcohol y la privación de Zemal lo estaban volviendo paranoico.

– Hay gente a la que crees tu amiga y que no es tan de fiar como parece, tah Derguín -insistió Abatón, y volvió a agarrarlo, aunque esta vez no consiguió que se sentara.

– Eso es asunto mío.

– Tú se lo dijiste a Kratos, a tu amigo del alma Kratos. Pero no hay nada que sepa él que no me cuente. ¡Somos uña y carne!

– Me alegro de saberlo.

¿Kratos lo había traicionado? Derguín le había dejado bien claro que no debía contar nada, que incluso podía poner su vida en peligro.

– Quieres irte, ¿verdad, Zemalnit? Pues es lo mejor que puedes hacer. Nosotros somos soldados honrados, soldados de verdad.

– ¡Bien por el general!

– No necesitamos magia para sentirnos más hombres. Combatimos con esto -se aporreó el corazón- y con esto -se apretó los testículos, lo cual, por alguna razón, le hizo soltar un eructo.

– ¡Bien dicho!

– No somos críos de teta a los que quitan de escribanos para regalarles un premio que no se merecen. ¡Kratos sería mil veces mejor Zemalnit que tú!

Derguín bajó la voz, mirando fijamente a los ojos a Abatón. O más bien al ojo. La órbita vacía del otro le resultaba demasiado repugnante.

– Te ruego que me sueltes, general. Esta conversación ha dejado de interesarme hace rato.

– ¡Qué importante es el niñato! -dijo otro de los soldados.

Abatón seguía sin soltarlo. Hacía ya mucho rato que el contacto había pasado de amistoso a molesto, y de molesto a ofensivo.

Con la ira, a Derguín se le estaba despejando la borrachera y casi se había olvidado de los calambres del brazo. Así pues, la ira debía ser algo bueno.

– Suéltame, general -repitió en voz muy baja.

– O si no, ¿qué? -dijo Abatón, poniéndose en pie y acercándole la cara como si fuera a propinarle un cabezazo-. Sin tu espada llameante no eres nadie.

– ¿Has oído hablar del Arbalipel?

– ¿Del Arbaliqué? ¡Aaaaay!

Derguín agarró la muñeca de Abatón con la mano izquierda y la dobló hacia arriba, forzándola al máximo. Después tiró de él con todas sus fuerzas. El general no tuvo más remedio que seguir el movimiento para reducir el dolor en su muñeca y evitar que se la luxara.

Arbalipel.

«Porque alguna vez no tendréis a mano una espada ni una lanza ni un arco, ni tan siquiera un mísero cuchillo», les había dicho Hriros, su maestro instructor de Arbalipel en la academia de Uhdanfiún.

«¿Vas a enseñarnos a huir sin pagar de las casas de putas?», le había preguntado Deilos, que siempre se hacía el gracioso. Él fue quien voló por los aires con la primera llave de Hriros.

Ahora, Derguín siguió acompañando y acelerando el movimiento de Abatón. Cuando lo soltó, el general iba tan rápido -y tan borracho- que dio un traspiés y cayó sobre una mesa en la que Orbaida acababa de depositar una bandeja con patatas y salchichas humeantes.

Resultaba complicado explicar a aquellos comensales que Derguín no había tenido la culpa. Tanto como razonar con los soldados de Abatón. De repente, se encontró solo contra más de veinte hombres borrachos como cubas y con ganas de pelea.

– ¡A por él, Invictos! -gritó uno.

Un hombre del Jauría agarró a Derguín por el cuello de la casaca para darle la vuelta y propinarle un puñetazo. Mejor habría hecho pegándole directamente. Derguín cerró la mano y, con el impulso de su propio giro, le dio un golpe de martillo en la oreja y le rompió el cartílago.

No había mucho tiempo para pensar. El tipo de la barbaza estaba levantando su jarra para estampársela en la cabeza, mientras que por detrás alguien le acababa de clavar el puño entre los omóplatos.

Eran muchos. Demasiados. Si caía al suelo, tardaba en levantarse y empezaban a pegarle patadas en las costillas y en la cabeza… En las calles de Koras había visto morir así a más de un infortunado, en peleas que empezaban medio en broma y terminaban en entierro.

Pero hoy no sería el funeral de Derguín Gorión.

Observó la distancia que lo separaba de la salida de la taberna y calculó una fracción de segundo a qué aceleración recurrir. La serie de números de Mirtahitéi desfiló a toda velocidad por su cabeza.

Notó un calor ardiente y un desgarrón que partían de su zona lumbar, un latigazo cruzó su columna vertebral y un fuego líquido recorrió sus venas.

Los últimos vapores del alcohol se esfumaron, y el mundo entero se volvió más estable y más lento.

Él sabía que no estaba ocurriendo así, que nada había cambiado en el exterior. Era su percepción del tiempo la que se había modificado y por eso sus rivales parecían moverse a la mitad de velocidad. Si en ese momento Derguín hubiera competido en una carrera de cien metros con un caballo, lo habría derrotado por varios cuerpos de ventaja.