– ¡Empujad, Invictos! ¡Empujad!
Las lanzas se partían, pero los hombres seguían presionando con las varas despuntadas. La estatua descargó un espadazo de arriba abajo que partió en dos el escudo de Kybes, y el mestizo cayó de espaldas. Los rayos rojos seguían sembrando la muerte en las filas medias, mientras su espada y sus pies rompían escudos y picas y aplastaban cuerpos en la vanguardia.
La formación de la Horda dejó de ser una falange y se convirtió en una turba de hombres desesperados que rompieron las filas, formaron un círculo alrededor del gigante y se dedicaron a aporrear en vano sus piernas. El monstruo estaba rodeado, pero eso lo hacía incluso más eficaz y mortífero: le bastaba con girar en círculos con la espada para segar a los hombres como la hierba que mencionaban en su himno.
Kratos vio cómo la Atagaira ayudaba a levantarse a Kybes. El mestizo estaba desarmado y tenía el brazo derecho colgando, seguramente roto. Kratos le tendió la pica por encima de varias cabezas.
– ¡Y tú, qué! -gritó Kybes.
Yo tengo que hacer otra cosa, pensó Kratos. Ahora sí había llegado el momento de actuar como un Tahedorán.
Pronunció la fórmula de la Urtahitéi. Apenas hizo caso al latigazo de los riñones. Ahora los movimientos del gigante eran mucho más lentos, aunque seguían pareciéndole demasiado rápidos para una criatura de seis metros y varias toneladas de peso.
La espada pasó como una guadaña monstruosa, arrancando cabezas y torsos enteros. Kratos se agachó bajo su hoja, que zumbó por encima de él con una engañosa lentitud, WUUUUSSSS. Sin levantarse apenas, gateó junto a las piernas de la estatua hasta situarse a su espalda.
Cuando era un inofensivo Xóanos, la talla imitaba una túnica roja con pliegues verticales. Ahora se había convertido en una coraza lisa que no ofrecía asideros.
Kratos no los buscó. Se agachó de nuevo, tomó impulso y saltó en vertical con todas sus fuerzas. Multiplicadas éstas por la aceleración, consiguió levantar los pies casi cuatro metros del suelo, lo suficiente para que sus manos alcanzaran los hombros de Anfiún. Sin perder tiempo, se izó a pulso y se colgó de su cuello rodeándolo con el brazo izquierdo.
Por supuesto, ni soñaba con estrangular a una criatura de metal. Sin saber si su plan funcionaría, sacó del cinturón el diente de sable que había conseguido al convertirse en Tahedorán y buscó con él el ojo del gigante.
Aunque colgado tras la nuca no pudo ver dónde golpeaba, oyó un crujido y sintió cómo la punta del diente rompía algo parecido a cristal. Su segunda puñalada resbaló en la frente de la estatua, pero la tercera acertó de lleno en el ojo izquierdo.
Había tardado menos de medio segundo en asestar las tres cuchilladas; los hombres que combatían en el suelo vieron el brazo de su general como un borrón confuso imposible de seguir. Pero la estatua animada también era rápida. Al mismo tiempo que Kratos rompía el cristal del ojo izquierdo, los hombros de metal se iluminaron.
Kratos notó un centenar de impactos minúsculos en el cuerpo, le dolía todo. El aire restalló como en una tormenta y una fuerza invisible lo lanzó por los aires.
El Tahedorán cayó de espaldas sobre un colchón de brazos que sus hombres tendieron para amortiguar el choque. Logró caer de pie, pero tenía todo el vello del cuerpo erizado y notaba un intenso dolor entre el hombro izquierdo y el esternón. Salió de la Tahitéi pensando que era lo mejor. En ese mismo momento cayó de espaldas llevándose la mano al pecho. No conseguía respirar y sufría la angustiosa impresión de que su corazón se había detenido.
Voy a morir. Ahora, comprendió, mientras empezaba a verlo todo negro.
El instinto más que la razón le aconsejó que entrara de nuevo en Urtahitéi. Tal vez supusiera su muerte instantánea, pero subvocalizó los nueve números otra vez.
Su instinto había acertado. El latigazo que le atravesó el cuerpo surtió un efecto inmediato. Su corazón empezó a latir de nuevo y la sangre le corrió por las venas.
¿Qué más poderes malignos posee esta criatura?, se preguntó mientras se ponía en pie. Le dolía todo el cuerpo, bien fuera por la aceleración o por la violenta sacudida que lo había despedido de los hombros de la estatua. Esperó unos segundos y volvió a desacelerarse, preparado para entrar en Urtahitéi de nuevo si notaba algún síntoma raro; pero esta vez su corazón siguió latiendo al ritmo desbocado de la batalla.
El ataque desesperado de Kratos había conseguido algo. El gigante no sólo dejó de disparar sus rayos. Al parecer, tampoco podía ver, porque empezó a girarse a los lados, lanzando golpes y patadas descontrolados. Mas incluso ciego seguía siendo un adversario terrible y los hombres caían a su alrededor como moscas.
Pero una furia homicida había poseído a los Invictos. Como hienas que huelen la sangre del león, reemplazaban a los caídos y seguían acosándolo con lanzas enteras o rotas, escudos, espadas y puñales.
– ¡Llevadlo hacia allá! -gritó Kratos, señalando hacia la taberna de Gavilán. No quería dar más explicaciones; ignoraba si la estatua era capaz de escuchar y entender sus palabras.
Pero los soldados sí captaron sus intenciones. Los que estaban calle arriba abrieron filas para dejar pasar al gigante, mientras que los demás no cejaron de hostigar y empujar. Anfiún seguía repartiendo golpes a discreción, pero sus ataques habían perdido eficacia y su espada hendía el aire o arrancaba chispas del suelo y las paredes de roca más veces de las que alcanzaba blancos humanos.
Poco a poco, a costa de muchas bajas, los Invictos empujaron o más bien azuzaron a su enemigo calle arriba, hasta el solar ahora sembrado de muebles rotos y cenizas de toldos que había sido la taberna de Gavilán. La intención de Kratos era llevar al coloso hasta la tapia de la parte norte. Al otro lado había una caída de más de cincuenta metros por una escarpa casi vertical y sembrada de rocas filosas como hachas.
Pero cuando llegó junto al muro, el gigante pareció sospechar algo. Tal vez, incluso ciego, poseía un sexto sentido que le avisaba de que a su espalda se abría un precipicio, o era más astuto de lo que creían y se había percatado de que si todos sus enemigos se aglomeraban delante de él significaba que a su espalda había peligro.
La estatua separó las piernas y plantó los pies en el suelo con tal fuerza que del empedrado saltaron esquirlas de granito. Kratos notó que algo se le clavaba en el ojo y se agachó. Fue sólo un segundo, y se enderezó de nuevo.
– ¡Tranquilo, tah Kratos! ¡No creo que tengas que ponerte un parche!
Kratos se volvió. Al ver que quien le había hablado era Gavilán se le escapó un grito de júbilo. El veterano tenía aún peor aspecto que antes, con ampollas en el rostro, sin cejas ni pelo y prácticamente desnudo y lleno de quemaduras, pero aguantaba en pie y empuñaba una pica rota en las manos.
– ¡No me abraces si no quieres despellejarme, general! -advirtió a Kratos al ver sus intenciones.
Volvieron su atención al coloso. Estaba ya casi pegado a la pared, que allí era poco más que un pretil de un metro de altura. Pero cuando volvieron a azuzarlo con las lanzas, Anfiún las barrió con su espada y quebró las astas. De algún modo, parecía haber recobrado la vista. No iba a resultar fácil moverlo de ahí.
Kratos miró a su alrededor. La mayoría de las picas estaban rotas y apenas quedaban escudos. Los hombres estaban ensangrentados, quemados, muchos de ellos armados tan sólo con sus puños, y miraban al coloso jadeando con rabia e impotencia.
Por primera vez, la estatua habló dirigiéndose a ellos en Ainari. Su boca seguía cerrada, pero su voz llegaba como un trueno a todas partes.
– PREPARAOS PARA LA GLORIOSA LLEGADA DE LOS YÚGAROI, GUSANOS. EL SUEÑO DE LOS DIOSES HA TERMINADO. HEMOS DESPERTADO PARA CONQUISTAR TRAMÓREA. ¡EL TIEMPO DE LOS HUMANOS SE ACABÓ!
El sueño de los dioses ha terminado, masculló Kratos.
De modo que lo que vaticinaba Linar, lo que temía Derguín, lo que él se negaba a creer era cierto.