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– Eso, eso mismo -corroboró el anciano-, lo has dicho bien, no saben nada pero lo peor es que no quieren aprender. Hace poco se me plantó uno aquí diciendo que a la comisaría del barrio iba a ir un chaval, que sólo estaría un mes, para hacer prácticas o algo así. Pues me dijo: «Nafanaíl Anfilógievich, ayúdale a sacar un buen índice, para que manden a la academia informes sobresalientes.» Piensa, teniente, lo que ha cambiado el mundo si la policía viene a pedirme a mí, que he sido condenado mil veces, para que ayude a no sé quién y sólo por su cara bonita a mejorar las estadísticas, para que luego a ese «resolvedor de crímenes» le den una buena colocación por los resultados brillantes de su trabajo. Sería distinto si me hubiesen pedido que le enseñara lo que yo sé, que le mostrara el territorio y le explicara cómo se hacen aquí las cosas, por dónde respira cada quién, que le diera algún consejo si venía al caso. En resumen, si ese chaval hubiese venido aquí a trabajar y se hubiese tenido que ponerlo en antecedentes, eso lo podría entender. Pero ¿ayudarle a pastelear? Tienen un morro que se lo pisan.

– ¿Y el chaval? -quiso saber Morózov-. ¿Le has ayudado?

– No tuve ocasión, gracias a Dios.

– ¿Y eso?

– Pues nunca apareció. Me habían dicho que estaría aquí a partir del 1 de diciembre, y hasta ahora no he tenido noticias. Tal vez han cambiado de opinión o le han mandado a hacer las prácticas en otro sitio. Aquí tienes el ejemplo -dijo el anciano acongojado-. Han perdido formalidad. Vino aquí, habló conmigo y nunca más se supo. De acuerdo, no me necesitas, el chico no hará las prácticas aquí, vale, pero levanta el culo del sillón, pásate por aquí y avísame: «Perdone la molestia, he metido la pata, no voy a necesitar de sus servicios.» Para mí, por supuesto, no ha sido ninguna molestia, no ha venido, mejor, pero debe haber algún orden. ¿Qué me dices, teniente?

Las palabras del abuelo Nafania le llegaban al capitán como a través de un algodón. Recordó cómo el estudiante Mescherínov contaba: «He venido a parar a Petrovka en el último momento. En realidad iba a hacer las prácticas en el distrito Norte, en la comisaría Timiriázev.»

¿Quién sería ese alumno de la Academia de la Policía para que se le rodease de tantos mimos? Como mínimo, debería ser hijo del ministro del Interior. O… Y el tonto de él se extrañaba de que la pipiola hubiera renunciado al caso, de que lo hubiera dejado. ¿Y si el estudiante de marras la había confundido? ¿Y si había hecho lo mismo que el propio Morózov, ocultarle la información, aunque con otro fin? ¿Con cuál? La respuesta a esta pregunta era algo más que desagradable. Era aterradora.

Pero más aterrador aún le parecía al capitán el día de mañana. Si aquellas oscuras fuerzas estaban interesadas en que el asesinato de Yeriómina nunca fuese resuelto, él, Yevgueni, simplemente no llegaría a ver ese día de mañana. Avanzaba en línea recta, barriéndolo todo a su paso, ufano con su competencia profesional, con su empeño, con su experiencia como detective, con haberle tomado la delantera a la pipiola de Kaménskaya compitiendo en desigualdad de condiciones. Y ahora resultaba que había estado caminando al borde del precipicio y que estaba vivo de milagro.

Tal vez, no ese mismo día sino al siguiente, el abuelo Nafania le contaría a quien correspondía que alguien le había preguntado por Sasha Diakov, después de lo cual Morózov no duraría en este mundo más de unas horas. ¿Pedirle al viejo que no dijera nada a nadie? Si lo hacía, podía dar por descontado que informaría sin falta a su protector de la comisaría del barrio y, probablemente, a alguien más también.

– ¿Qué te pasa, teniente? -le llamó el viejo-. ¿En qué estás pensando?

– En todo un poco -contestó el capitán descorazonado-, en la vida en general. Va siendo hora de que me jubile, estoy cansado. Ya tengo derecho a la pensión, no sé qué hago dando el callo como antes, si de todas formas no me entiendo con los nuevos, con los jovencitos. Acabarán por hacerme la vida imposible. He venido aquí para encontrar a un chico y, sin embargo, todo lo que tengo en la cabeza es mi huerto, el invernadero que habría que instalar, que yo solo no sabría construirlo y tampoco tengo dinero para contratar a alguien. Cosas así…

Al salir a la calle y respirar el aire helado, Yevgueni se animó un poco. Intentó recordar todo cuanto sabía de Oleg Mescherínov, cómo caminaba, cómo hablaba, cómo trabajaba.

Pero por más que el capitán forzaba su memoria, no conseguía detectar un solo indicio de que el estudiante, de un modo u otro, les hubiera impedido hacer su trabajo. En cambio, vio con extrema claridad, como en una película, que la pipiola no se fiaba de nadie, el estudiante incluido.

Entonces, ¿sabía desde entonces que era del otro bando? Los pensamientos del capitán pronto perdieron el norte y se enmarañaron, no estaba acostumbrado a reflexionar sobre situaciones complicadas, le faltaban la precisión y la capacidad de análisis. Se riñó a sí mismo por obtuso, intentó empezarlo todo de nuevo y de pronto se dio cuenta de que era inútil. Los criminales de hoy no eran como los de antes. Y no se podía luchar contra ellos con los viejos métodos. Es decir, poder sí que se podía pero ya no era suficiente. Ahora hacía falta gente como Kaménskaya, que se pasaba días y noches leyendo libros extranjeros y revisaba un expediente archivado hacía veintitrés años tres veces seguidas. Mientras que él, so carcamal, había querido resolver un asesinato él sólito, había pretendido desmontar sólo con sus manos ese portento que contaba incluso con sus propios estudiantes. No, qué va, era un verdadero milagro que aún siguiera con vida.

El capitán Yevgueni Morózov cogió el metro, bajó en la estación Chéjov y se dirigió a Petrovka, 38.

Pero antes de que tuviera tiempo de acercarse a la escalera mecánica, la información de que el capitán Morózov andaba buscando a Sasha Diakov había alcanzado los oídos pertinentes y había dado pie a conclusiones oportunas. El abuelo Nafania pagaba a tocateja el precio de una vejez tranquila. Y a diferencia de Morózov, hacía tiempo que se había adaptado a la nueva generación de criminales.

Los ojillos claros y penetrantes de Arsén echaban chispas. Ya desde el principio había tenido el presentimiento de que este asunto no iba a terminar bien. Todo, todo estaba mal, nada seguía el esquema inicial, y he aquí el resultado. ¡Quién le mandaba meterse en esto, ay, Señor, quién!

El primer error fue el haberse metido en la historia demasiado tarde. Los clientes habituales de la Oficina sabían que lo mejor no era esperar a consultar con Arsén después de cometer el crimen sino hacerlo antes. Los consultores con experiencia les asesorarían sobre el modo de proceder para luego limitarse a aplicar una presión mínima a un número mínimo de personas. A menos trabajo, menores ingresos, naturalmente, pero también se reducía el riesgo, esto Arsén lo sabía a ciencia cierta. Por eso cobraba sus consultas a precios exorbitantes. El cliente ideal no sólo le pedía consejo sobre cómo hacer el trabajo sino también sobre cuándo y dónde, y Arsén fijaba el sitio y la hora según el horario de guardias de su gente, funcionarios que acudirían al lugar de los hechos. El lema de Arsén era «más vale prevenir» y se había probado acertado siempre y en todo. Pero ese Grádov no sólo había contratado sus servicios varios días después de cometerse los dos asesinatos sino que, como luego resultó, antes de matar a la chiquilla, la tuvo secuestrada durante una semana entera en una casa de la zona rural. En una palabra, la gente de Grádov había hecho un trabajo poco profesional y dejó tal cantidad de pistas que había que ser ciego para no verlas y él tuvo que dirigir los principales esfuerzos a lavar y a borrar esas pistas.