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– Quiero… ¿Qué tengo que hacer para que continúe trabajando? Dígame sus condiciones, las acepto todas.

Arsén estudió el rostro hermoso y distinguido de Grádov con interés. Ni siquiera el desconcierto y el miedo le habían hecho perder su atractivo sino que le imprimían cierto gesto trágico. ¿Entretenerse un ratito regateando con él? Desde luego que no iba a continuar trabajando para él, ni hablar, con los tipos como éste se debía cortar por lo sano, pero sería curioso averiguar hasta dónde era capaz de llegar en su deseo de salvar el pellejo. Si retiraba a su gente del caso de Yeriómina, la policía tardaría en resolverlo un día, dos como mucho. ¿Entendería eso Grádov o no?

El silencio se prolongaba y Grádov no aguantó más. Se había dejado llevar por los nervios y había perdido todo dominio de sí mismo.

– ¿Por qué no me contesta? ¿Disfruta con verme humillado? ¿Disfruta con observar mi miedo? ¡Me odia, nos odia a todos nosotros porque hemos derribado su viejo sistema que le aseguraba su trozo de pan con mantequilla y caviar negro, antes tenía poder y ahora no le hace falta a nadie, ya nadie le tiene miedo, y por eso odia a todo el mundo y se venga en los que son como yo! Se cree muy poderoso, ¿verdad? Pero si no es más que una pequeña rata rabiosa; sí, sí, exactamente, una pequeña rata, rabiosa y apestosa, que se nutre de desechos del vertedero de la sociedad y es la primera en abandonar el barco en cuanto huele el peligro. ¡Rata! ¡Rata! Ay, Dios mío…

Grádov ocultó la cara entre las manos. Arsén se levantó en silencio, se acercó al barman, pagó el café y la copa. Luego reflexionó y sacó de la cartera unos billetes más.

– Aquel caballero ha tenido un gran disgusto -dijo señalando con la cabeza a Grádov, que estaba sentado en el rincón-. Desgraciadamente, me ha tocado darle una noticia muy desagradable y está muy angustiado. Si dentro de unos cinco minutos sigue todavía ahí, llévele un coñac doble. Pero que sea del bueno.

– Así se hará -asintió el barman-. ¿Y si resulta que el coñac no hace falta?

– Entonces, quédese con el dinero.

Arsén salió a la calle sin prisas y comprobó, sorprendido, que la conversación con Grádov le había dejado un mal sabor de boca. Durante su larga vida, Arsén había mantenido muchas conversaciones desapacibles y había aprendido a superarlas sin emocionarse apenas. Pero algo de lo que Grádov le había dicho le había herido; tal vez eran sus sospechas de que odiaba a todo bicho viviente; tal vez, que le hubiera llamado rata apestosa… En cambio, ahora Arsén no tenía la menor duda de que había hecho bien al interrumpir su trabajo para Grádov. Alguien capaz de perder los estribos, de descomponerse con esta facilidad era peligroso. Se debía evitar tener tratos con la gente así. En cuanto a la pequeña rata rabiosa y apestosa, bueno, ya le haría acordarse de la ratita.

En el despacho del juez de instrucción Olshanski, el coronel Gordéyev colgó el teléfono con cuidado y se secó la resplandeciente calvicie con un enorme pañuelo azul celeste.

– ¿Qué me dices? -preguntó poniéndose en pie y emprendiendo la excursión por el perímetro del despacho lúgubre y destartalado.

– En mi vida le he oído largar tantas trolas de una sola vez -observó Konstantín Mijáilovich-. Hasta las he contado con los dedos, para no equivocarme.

– ¿Y cuántas le han salido?

– Que yo le haya chillado, una. Que me haya puesto de vuelta y media, dos. Si la memoria no me falla, hace más de diez años que nos conocemos y nos hemos aguantado todo este tiempo sin conflictos notables. En cualquier caso, no nos hemos levantado la voz el uno al otro en la vida. ¿O me equivoco?

– No, no se equivoca.

– Bueno, prosigamos. Goncharov no ha ido a verle, ni usted, a su vez, tampoco ha ido a ver al general, éstas hacen la tres y la cuatro. El que el último documento del expediente penal del asesinato de Yeriómina esté fechado en el 6 de diciembre, cinco. ¿Suficiente?

– Más que suficiente. ¿No le parece extraño que tengamos que hacerlo por el bien de la justicia? Le formularé la pregunta de otro modo: ¿no le parece extraño que el oficio que más mentiras obliga a usar tenga por objeto defender los intereses de la justicia? ¡Bonita paradoja!

– Qué le vamos a hacer, Víctor Alexéyevich, en la guerra como en la guerra. No estamos aquí para jugar e intercambiar juguetes con esa gente.

– ¡Pero si no es una guerra, eso es lo malo! -explotó el Buñuelo, aferrándose con los dedos regordetes y fuertes al respaldo de la silla que en ese momento se encontró en su camino. Bajo el peso del coronel, la silla crujió amenazadoramente-. Las guerras tienen sus leyes, que son obligatorias para todas las partes. Todos los bandos están en igualdad de condiciones. Además, incluso canjean a sus prisioneros. ¿Y nosotros? Nos disparan cuándo y cómo les parece, mientras que nosotros tenemos que rendir cuentas de cada disparo, gastamos toneladas de papel en informes. Ellos tienen dinero, gente, armas, coches con motores potentes, cuentan con los últimos avances tecnológicos, mientras nosotros, con lo que trabajamos es con una maleta de análisis forenses fabricada en la posguerra y expertos autodidactos, ni para gasolina tenemos. Pero ¡qué le voy a contar, como si usted mismo no lo supiera! En una guerra siempre hay la esperanza de que las tropas de la ONU acudan a ayudarte si la situación se vuelve insostenible. ¿Y a nosotros quién va a ayudarnos? ¿El batallón de la paz de la flor y nata mafiosa? No, Konstantín Mijáilovich, por desgracia, no estamos en una guerra. Nos defendemos con las fuerzas que nos quedan intentando conservar los restos miserables de lo que antiguamente se llamaba orgullo y pundonor profesional.

Olshanski miró a Gordéyev pensativo. En su fuero interno le daba la razón pero no quería ahondar en la peliaguda materia. Más adelante quizá tendría que hablarle de Lártsev. ¿Conocía el coronel la verdad o no? Sería mejor no correr riesgos.

– ¿Cree que su espectáculo dará resultados? -se salió por la tangente.

– Me gustaría creerlo.

Gordéyev se dejó caer sobre la silla pesadamente, hizo chasquear los cierres del maletín, extrajo un frasquito de validol, medicamento que tomaba contra los dolores del corazón, y se colocó una pastilla bajo la lengua.

– Estos días no estoy muy bien de salud -se lamentó cansinamente-. No pasa un día sin que el corazón no me haga alguna trastada. En cuanto a Anastasia, confío en que haya utilizado los dedos para lo mismo que usted mientras hablaba conmigo. No podemos hacer nada más por ella, ni ayudarla, ni aconsejarla. Si sabe interpretar lo que he dicho, bendita sea, y si no, pues nada.

– Supongamos que lo comprende todo. ¿Qué espera que haga entonces?

Desconcertado, el Buñuelo clavó la mirada en el instructor, mientras por inercia se seguía frotando el lado izquierdo del pecho.

– Konstantín Mijáilovich, tal vez no ha entendido cómo es mi Anastasia. Si hay algo en que se diferencia de los demás es justamente en que actúa de forma imprevisible. Esperar de ella algo que no sea el resultado final no sirve de nada. El resultado sí lo producirá siempre que sea mínimamente posible, pero lo que hará para conseguirlo sólo Dios lo sabe. Mi Korotkov suele decir que no hay forma de comprender cómo está organizada su cabeza.

– ¡Es usted un verdadero cacique! -rompió a reír Olshanski quitándose las gafas-. Mi Anastasia, mi Korotkov. ¿Y los demás colaboradores también son suyos o tiene suficiente con estos dos?

– No sé de qué se ríe -objetó Gordéyev muy serio-. Todos son míos, son mis hijos, a los que he tenido que educar y proteger pase lo que pase. Ni a uno solo de ellos, ¿me oye?, ni a uno solo los jefes le han llamado nunca a capítulo porque siempre he sido yo quien da la cara por cualquier falta o error que hayan podido cometer. Yo me persono, armo la escandalera, convenzo, pido. Para mis chicos soy el muro de piedra detrás del cual pueden trabajar tranquilamente sin perder tiempo y nervios en los vapuleos de nuestros mandamases. Les quiero a todos y les creo a todos. Y por eso son míos.