«¿Y Lártsev?», preguntó Konstantín Mijáilovich para sus adentros. Gordéyev, por supuesto, no oyó su pregunta. Pero la leyó en los grandes y hermosos ojos del juez de instrucción, que no estaban tapados ni deformados por las gruesas lentes de las gafas.
«¿Por qué lo preguntas? ¿No lo adivinas? Sí, también Volodya Lártsev es mío. Y en parte tengo la culpa de que haya cometido un error inmenso e irremediable. No he sabido infundirle la confianza de que puede hablarme de estas cosas, y el muchacho ha optado por resolver sus problemas en solitario, por cuenta propia, sin anticipar lo que iba a venir, sin pararse a pensar en las consecuencias. Somos culpables los dos y los dos vamos a pagarlo. Por haber cometido un error no ha dejado de ser uno de mis hijos, y estoy obligado a defenderle a capa y espada», contestó el coronel mentalmente. Mientras, en voz alta, dijo:
– De manera que Anastasia está encerrada en casa y no puede hacer gran cosa. Habrá recibido alguna amenaza, una amenaza seria, y por eso teme cometer una imprudencia. Su teléfono está pinchado, en la escalera hay un tipo vigilando que no salga y que nadie vaya a verla. Tengo entendido que basta que dé un paso en falso para que cumplan esa amenaza. Por eso no podemos lanzar un ataque abiertamente.
– Ha dicho que esta mañana una médica ha ido a verla. ¿Cómo la han dejado pasar?
– Probablemente porque era una de las condiciones: tenía que llamar al médico para que le diera la baja y así obtener una justificación para quedarse en casa y no ir a trabajar.
– ¿Pero cómo sabían que el o la que iba a verla era médico y no uno de sus colaboradores? ¿Acaso le han pedido que se identificara?
Gordéyev se quedó de piedra. En efecto, ¿por qué le permitieron a Rachkova entrar a ver a Nastia sin comprobar que realmente era médica? Támara Serguéyevna había dicho que el joven que hacía la guardia subió detrás de ella sin disimulos y miró quién llamaba al apartamento de Kaménskaya. Pero, evidentemente, no era suficiente para asegurarse de que la que estaba delante de la puerta no era una funcionaría de la policía criminal sino una médica de verdad, que venía de la clínica. Tal vez Rachkova no se lo había contado todo. Rayos, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Sería que se estaba haciendo viejo, que estaba perdiendo facultades, que sus reacciones ya no eran lo que habían sido si pasaba por alto esas obviedades…
Víctor Alexéyevich agarró el auricular.
– ¿Pasha? ¿Alguna novedad? ¿Morózov? Vale, de acuerdo, que me espere, no tardaré. Pasha, necesito los datos de una tal Támara Serguéyevna Rachkova, es médica de cabecera de nuestra clínica. Con urgencia. Pero que lo bordes, que se oiga menos que una mosca volando. Estaré ahí dentro de media hora.
Había algo que le impedía salir del despacho del juez de instrucción Olshanski en seguida. No sabía si era el dolor que asomaba a los ojos de Konstantín Mijáilovich o si ese dolor anidaba en su propio corazón, pero era consciente de que no podía y no debía marcharse así como así, sin decir ni preguntar nada. Si existiesen ondas que transmitieran información de persona a persona sin recurrir a medios técnicos, el coronel ya hubiese estado corriendo hacia Petrovka, rogando a Dios que no le dejase llegar tarde. Pero aunque tales ondas existieran, Víctor Alexéyevich no era de la clase de gente que sabía captarlas y descifrarlas, por lo que, luchando con la timidez y la cautela habitual, habló, a pesar de todo, de Lártsev.
La conversación se prolongó un cuarto de hora largo pero le aclaró a Gordéyev muchas cosas.
– Si no se equivoca y Lártsev, en efecto, se alegró cuando le restregó por las narices su falsificación de los protocolos, sólo puede significar una cosa: le molesta el papel que los criminales le obligan a interpretar y supone que ahora que sus apaños han sido descubiertos le dejarán en paz, porque continuar utilizándolo sería arriesgado. ¿Ha empezado a tener más dinero?
– ¿De dónde?
– De allí. No estará trabajando gratis para esa gente, ¿verdad? Konstantín Mijáilovich, hace tiempo que conoce a Volodya, dígame, ¿ha notado algún cambio en su modo de vida durante los últimos meses? Compras importantes, gastos extraordinarios, yo qué sé…
– Yo tampoco lo sé. Quiero pensar que lo sabría si algo así se hubiera producido. Nada más que ayer se lo habría dicho con toda certeza pero hoy no puedo asegurarle nada -contestó Olshanski con voz empañada.
– Perdóneme, sé que le une a Lártsev una gran amistad -dijo Gordéyev con aire culpable-. No tenía que haber empezado esta conversación, me resulta tan dolorosa como a usted. Pero tenemos que pensar también en Anastasia, expuesta a no se sabe qué amenazas, quiero evitar causarle daño y por eso necesito saber todo lo posible para comprender qué es lo que puedo y qué no puedo hacer. Le pido perdón -repitió levantándose de la mesa con dificultad.
«Cuánto he envejecido -pensó el coronel abrochándose con dedos rígidos el pesado abrigo, todavía húmedo de aguanieve-. Me siento apático, se me entumece una mano, me he puesto en pie y la cabeza me da vueltas. Sólo tengo cincuenta y cuatro años pero en dos meses me he convertido en un cascarrabias achacoso. Ay, Lártsev, Lártsev, ¿por qué demonios lo has hecho? ¿Por qué no has ido a verme en seguida? ¿Por dónde te han agarrado?»
Luchando con el mareo, bajó la escalera aferrándose a la barandilla, atento a los peldaños. Y en ese momento comprendió por dónde habían agarrado a Volodya Lártsev. Y también comprendió que a Nastia la habían agarrado por el mismo sitio. Con toda la rapidez que daba de sí su salud, llegó junto al sargento que montaba la guardia en la entrada de la Fiscalía y, sin pedir permiso, acercó hacia sí el teléfono.
– ¿Pasha? ¿Dónde está Lártsev?
– En la cárcel, hoy tiene dos interrogatorios allí.
– Encuéntralo, Pasha, encuéntralo por huevos, ahora mismo.
– ¿Y tú dónde andas, por cierto? -preguntó Zherejov con sorna-. Habías prometido estar aquí dentro de media hora. ¿No se te habrá olvidado que Morózov está esperándote?
– Se me ha olvidado. Voy para allá, ya estoy en la puerta. ¿Le tienes en tu despacho?
– Ha salido a comprar tabaco.
– Discúlpate con él de mi parte, Pasha, que espere un poquito más. Ya estoy en camino, palabra de honor.
El camino desde la Fiscalía hasta Petrovka no era largo, y el coronel Gordéyev puso mucha voluntad en caminar de prisa. Pero, a pesar de todo, llegó tarde.
CAPÍTULO 14
Nastia se quitó la bata y se puso unos tejanos y un sobrio jersey negro.
– ¿Qué haces? -se sorprendió Liosa-. ¿Va a venir alguien?
– Intento ordenar mis ideas -contestó Nastia con brevedad, y entró en el cuarto de baño.
Una vez allí, se cepilló el pelo meticulosa y largamente, luego lo recogió en un apretado moño en la nuca y lo sujetó con horquillas. Tras estudiar con atención su reflejo, extrajo del pequeño armario de luna varios estuches de maquillaje.
«Soy un bicho malo, arisco, descarado, presuntuoso, frío y calculador», fue repitiendo mientras se maquillaba con brochas delgadas y gordas y con movimientos apenas perceptibles. El trabajo era minucioso y complicado, y cuando tuvo la cara «hecha», los conjuros que había estado pronunciando fructificaron. Ahora desde el espejo la estaba mirando una mujer dura y fría, cuyos ojos no conocían lágrimas; ni su corazón, compasión; ni su mente, dudas.
Permaneció en el cuarto de baño un rato más, luego entró cautelosamente en el salón, procurando que Liosa no le viese la cara, y se colocó delante del gran espejo de cuerpo entero. Erguidos los hombros, recta la espalda, alzada la barbilla, todo el cuerpo como una cuerda tensada. Cerró los ojos tratando de abstraerse de la imagen visual y afinar convenientemente su estado anímico. «La gente es una bazofia, son lo de menos cuando está en juego el bienestar propio. No quiero que Lártsev, enloquecido de dolor, nos fría a tiros a mí y a Chistiakov, y por eso estoy dispuesta a traicionar a todos y todo, con tal de salvar la vida. Su hija me importa un bledo pero comprendo que, si le pasa algo, a mí también me darán el pasaporte. Estoy salvando mi vida. Y sólo trataré con el jefe, todos esos Lártsev, Gordéyev, Olshanski y demás son unos pelagatos, lo mismo que los mamarrachos que están montando guardia en la escalera y en el portal. Unos borregos totalmente prescindibles cuando se trata de salvar la vida de una misma…»