La respuesta le llegó con sorprendente facilidad. Cierto, organizar un sistema así era muy difícil pero la idea en sí era increíblemente sencilla. Como sumar dos y dos. Y, si todo estaba tal como se lo había imaginado, se podía comprender por qué los agentes destacados por Gordéyev el Buñuelo nunca llegaron a detectar el coche desde el que se escuchaban las llamadas que Nastia hacía desde el teléfono de su casa. Tal coche simplemente no existía. Hoy en día todo el mundo andaba a vueltas con la sofisticada tecnología de última generación y se había olvidado por completo de que la gente seguía siendo lo más importante siempre y en todo. El dinero y la gente. El dinero y la gente podían hacer lo que quedaba fuera del alcance de los medios técnicos más perfectos.
De creer al reloj, habían pasado veintitrés minutos. Eso no estaba nada bien, era feo hacer esperar a una señora…
Cuando sonó el teléfono, Nastia tuvo la satisfacción de comprobar que ni siquiera se había estremecido. Tenía un dominio completo de sí misma.
– La escucho con atención, Anastasia Pávlovna.
La voz seguía siendo aterciopelada pero hoy estaba cargada de notable tensión. Cómo no, ¿qué mosca le habría picado a la desmandada de Kaménskaya, que nunca daba su brazo a torcer, para que les pidiera que la llamaran?
– Seré sumamente breve -contestó con sequedad-. Soy todavía suficientemente joven para que la muerte no me asuste. Su amigo Lártsev no está bien y representa una clara amenaza para mi vida. Por eso tengo el más profundo interés en que no le pase nada a su hija. Necesito que me mande a Diakov.
– ¿Para qué quiere ver a Diakov?
– Se ha dejado coger tontamente en el piso de Kartashov. En los días que quedan, el instructor puede emprender algunas medidas, entre otras cosas, intentar hacer cantar a Diakov. Puesto que sé con exactitud qué huellas ha dejado en el piso de Kartashov, le daré instrucciones sobre qué y cómo debe contestar si le encuentran. Me ha colocado en una situación que me convierte en la primera interesada en evitar patinazos. ¿Me ha entendido?
– La he entendido, Anastasia Pávlovna. Llevarán a Diakov a verla en el curso de una hora. Me alegra saber que somos aliados.
– Buenos días -contestó Nastia sobriamente.
¡Qué burla del destino! Hacía muy poco que Borís Kartashov le había dicho las mismas palabras. También estaba contento de que fueran aliados.
Bueno, ¿cuánto tardarían en dar con Sasha Diakov? En una hora no iban a encontrarle, de eso estaba segura. Dentro de una hora, el agradable barítono le comunicaría consternado que iba a tener que esperar algún tiempo más para hablar con el chico en cuestión. Esta nueva conversación sería más breve aún y sólo le requeriría a Nastia un esfuerzo mínimo. Simplemente, un leve gesto de displicencia. Bueno, tal vez también algo de perplejidad causada por la incapacidad de aquella organización tan seria para localizar con rapidez a uno de los suyos. Podía relajarse.
En la cocina, Liosa trajinaba con los cacharros armando un notable estruendo. Probablemente tenía hambre pero, a pesar del enfado, no quería comer solo, y esperaría a que Nastia se dignase acompañarle. No valía la pena enfadarle más…
Nastia respiró hondo varias veces, distendió los músculos agarrotados de la espalda y de la nuca, adoptó la habitual postura encorvada y abrió la puerta de la cocina. Liosa estaba sentado delante de la mesa puesta y leía un libro apoyado sobre la panera y un bote de ketchup.
– Si crees que te he ofendido y me merezco un castigo, estoy de acuerdo. Pero, por favor, dejemos las medidas educativas para más tarde. Ahora necesito tu cerebro.
Liosa dejó el libro y posó sobre ella una mirada llena de ira.
– ¿Sigues reservándome trabajos auxiliares?
– Liosa, necesito tu ayuda. Por favor, no empecemos a aclarar las relaciones ahora. Para esto tenemos toda la vida por delante.
– ¿Estás segura? De creer tus explicaciones, es posible que lo que nos queda por delante sea muy poco tiempo. Tu perturbado amiguito, Lártsev, puede presentarse aquí en cualquier momento para pegarnos un tiro. Pero aun tal como están las cosas, te obstinas en tratarme como un utensilio de cocina. ¿Qué clase de negociaciones has mantenido con ese bullterrier? ¿Quién te ha llamado?
– Te lo explicaré todo pero antes ayúdame a resolver un problema.
– Bueno, venga… -suspiró Chistiakov pesarosamente.
Lo primero que vio Gordéyev el Buñuelo, cuando subió la escalera y enfiló por el largo pasillo oficinesco, fue la cara, blanca como la pared, de Pável Vasílievich Zherejov. Luego vio también el corrillo de colaboradores y, por encima de sus cabezas, los destellos del flash de una cámara fotográfica. Sin decir palabra, Gordéyev se abrió paso entre la pequeña muchedumbre y vio a un hombre que tenía una herida en la cabeza producida por un arma de fuego y que se encontraba tendido en el suelo del despacho de su asesor. La bala había entrado exactamente por el centro de la frente, y el capitán Morózov estaba muerto.
– ¿Cómo ha ocurrido? -dijo entre dientes Gordéyev.
– Estaba sentado en mi despacho esperándote. Me llamaron para decirme que las chicas de la secretaría tenían un documento urgente para mí, que fuera a buscarlo. No iba a mandar al hombre al pasillo por tan sólo cinco minutos. Guardé todos los papeles en la caja fuerte y salí. En la secretaría, nadie había oído hablar de ningún documento, ni me habían llamado. Me di cuenta de que ahí había gato encerrado y volví corriendo. Y eso es todo… Nadie ha oído el disparo, es probable que el asesino haya usado silenciador.
– Ya veo. ¿Te ha dicho Morózov algo? ¿Por qué quería verme?
– Decir, no me ha dicho nada, pero estaba muy nervioso. Completamente trastocado.
– ¿Qué llevaba en las manos?
– Una bolsa. De deporte -precisó Zherejov.
– Ponla a buen recaudo, antes de que alguien se la lleve. En cuanto se marche la gente, miraremos por si ha dejado algunas notas. ¿Has encontrado a Lártsev?
– Ya está en camino, no tardará.
– Ve corriendo a la puerta y tráelo aquí por la escalera de servicio. No dejes que pase delante de tu despacho y no le digas ni una palabra de Morózov.
Nikolay Fistín, alias tío Kolia, alias -en el lenguaje metafórico de Arsén- Chernomor de pacotilla, estaba desconcertado. Arsén le había ordenado encontrar con toda urgencia a Sasha Diakov y llevarlo al apartamento de Kaménskaya. Tal requerimiento le parecía al tío Kolia tonto y disparatado. Peor aún, era, a todas luces, irrealizable.
Kolia Fistín tuvo su primer conocimiento de la cárcel a la edad de diecisiete años, cuando fue condenado por un delito contra el orden público especialmente grave; salió en libertad tres años más tarde pero, puesto que las barracas no fomentaron su inteligencia y seguía considerando la paliza como el único recurso para expresar su descontento, volvió a caerle otra condena, esta vez de ocho años, por delito de lesiones físicas graves con resultado de muerte.
Como consecuencia de esa juventud combativa, se le privó del permiso de residencia en Moscú o en cualquier otra población situada en un radio de cien kilómetros de la capital. Nikolay se instaló en una pensión para obreros, trabajaba en una fábrica de ladrillos, empinaba el codo, juraba en arameo y se hubiese dicho que su vida iba a seguir un curso previsible durante muchos años. Pero tuvo un golpe de suerte y supo aprovecharlo al doscientos por ciento.
Una vez, de paso por Zagorsk, conoció a una turista. Tonia trabajaba en la oficina de intendencia de las viviendas de un barrio donde se concentraban varios edificios codiciables, construidos a partir de proyectos arquitectónicos «mejorados». Por fortuna, en la época de estancamiento nació la costumbre de conceder a los funcionarios de las oficinas de intendencia pisos situados en el entresuelo de edificios de este tipo, gracias a lo cual una solterona invisible, desgraciadita y solitaria era propietaria de una vivienda más que decente. El matrimonio con la moscovita brindaba la posibilidad de recuperar el permiso de residencia en Moscú perdido, pero pronto el interés se vio desplazado por algo que Nikolay dio en llamar amor. Si iniciar su historia con Tonia le había costado un esfuerzo, al cabo de un mes comprendió que era el único rayo de luz en su vida. De pequeño sólo había conocido las palabrotas de unos padres borrachos, que las alternaban con bofetadas; había pasado once años en penitenciarías; en cuanto a sus hermanos, unos estaban en el trullo, otros eran borrachos perdidos, alguno había muerto. Tonía era una perica cariñosa que le quería, compadecía y no pedía nada a cambio, contenta con tenerle tal y como era. El primer entusiasmo tímido ante la sensación nunca antes conocida de intimidad y ternura se transformó en amor vehemente, y Nikolay estaba dispuesto a matar en el acto a cualquiera que tan sólo mirase a su mujer de manera que no le gustase.