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Al mudarse al piso de Tonia, Fistín empezó a trabajar como fontanero para la misma oficina de intendencia. E1 idilio familiar, lamentablemente, no le llevó a acatar la ley, y a partir de 1987 fue introduciéndose poco a poco en el mundillo criminal, ya que contaba con muchos amigotes en este ramo: había crecido en Moscú y moscovitas habían sido sus compañeros de reformatorio para menores. La vida le parecía ahora perfectamente satisfactoria, empezó a ganar dinero, y descubrió un placer inédito obsequiando a su Antonina con el regalito de turno, que podía ser una pulsera, un traje o un maquillaje caro, y en cada ocasión observando su tímida incredulidad e indisimulada alegría. De dónde venía aquel dinero, por supuesto, la mujer no tenía ni idea, pues Nikolay le contaba no se sabía qué películas sobre no se sabía qué chapuzas que hacía en un taller de reparación de coches.

– Pero qué haces, Koliusa, pero si no me hace falta nada, sólo que estés bien y tengas salud. No necesito esos regalos, trabajas demasiado en aquel taller, no descansas nunca. Pero si tenemos de todo, para qué quieres más dinero -le decía Tonia, y sus palabras derretían el corazón de Fistín, hombre que había cumplido dos condenas.

Una vez, bien entrada la noche, Antonina se sintió indispuesta. Durante un largo rato aguantó el dolor, esforzándose por aparentar vigor y alegría, achacando el malestar a causas naturales relacionadas con el embarazo. Cuando empezó la hemorragia, se asustó en serio y el marido fue presa del pánico. Treinta minutos más tarde, como la ambulancia seguía sin llegar, Nikolay decidió llevar a la mujer a la clínica él mismo. En aquel entonces no había reunido aún el dinero necesario para comprarse un coche propio, así que pensó que sería preciso parar a un particular. Pensó horrorizado que Tonia mancharía los asientos de sangre y el dueño del coche le armaría una bronca. Lo que más miedo le daba en ese momento era perder al niño. Otro miedo, segundo en intensidad, era no contenerse y cruzarle la cara al conductor en cuanto intentase montar el pitote. Esto amenazaba con una tercera condena, y toda la armonía hogareña, tan bien afinada, se iría al carajo…

Fistín bajó la escalera de dos en dos, corrió con la mano alzada hacia el cruce y estuvo a punto de dejarse atropellar por un Volga, que frenó en seco y al volante del cual se encontraba Grádov, el vecino del quinto, quien no tardó en reconocer al fontanero que en varias ocasiones había ido a su piso a reparar instalaciones sanitarias de importación.

– ¿Qué te ocurre, Nikolay? -preguntó Grádov.

– Me urge llevar a la mujer a la clínica, he llamado la ambulancia pero no sé por qué no vienen. Tengo miedo a que Antonina se desangre, necesito parar a algún particular.

– Os llevo -contestó Grádov en seguida-. ¿Podrá bajar ella sola o la bajamos nosotros?

– ¡Pero qué dice, Serguey Alexándrovich! -dijo Nikolay atónito-. Le dejará la tapicería perdida…

El coche de Grádov la tenía suntuosa, confeccionada con unas pieles blancas y peludas.

– Bobadas, vamos allá -ordenó Grádov-. En cuanto a la tapicería, descuida, si la estropeas, pagarás en especie, vas a repararar mis retretes mientras vivas.

Serguey Alexándrovich no llevó a Tonia a un hospital cualquiera sino a una buena clínica, donde dijo que era familiar suya. Fistín, al ver aquellos lujos -sala individual, equipos inconcebibles, enfermeras solícitas y ágiles, desayunos con caviar negro-, se quedó patidifuso. Consiguieron salvar el embarazo y, cuando nació el hijo, Nikolay se creyó en deuda eterna con el vecino del quinto Serguey Alexándrovich Grádov.

En 1991, Grádov, cenando con amigos en un restaurante, fue testigo de un ajuste de cuentas más bien brutal, en el que se hizo uso de puños americanos e incluso tiros. Las caras de algunos participantes le parecieron familiares.

Grádov subió al despacho de la directora, su vieja conocida de muchos años, y le preguntó por qué no había llamado a la policía.

– ¿Por qué iba a hacerlo? -dijo la directora encogiéndose de hombros-. Esos chicos se encargan de mantener el local en orden. Cuando algún cliente se desmadra, le llaman la atención. La policía no tiene nada que hacer aquí.

– Creo haber visto a esos chicos en varias ocasiones cerca de mi casa, charlando con nuestro fontanero, Kolia Fistín -observó Grádov pensativo.

– ¿No está enterado? -se sorprendió sinceramente la directora-. Es su jefe. Le llaman tío Kolia.

Cuando, pasados unos días, Grádov invitó a Nikolay a su casa y, expresándose con suma claridad, le propuso cambiar de empleo, éste aceptó con alegría. Fistín se daba cuenta de que controlar el territorio se hacía cada vez más difícil. Había conseguido arrancar un trozo de la tarta y retenerlo durante cierto tiempo pero, poco a poco, fueron apareciendo otros cocodrilos, jóvenes y dotados de mejores dentaduras, que no reconocían las reglas del juego y con los que Nikolay nunca podría competir. Las nuevas circunstancias requerían, además de la potencia muscular, un buen cerebro, y el del tío Kolia no daba mucho de sí. Para empezar, se habían quedado con una gasolinera situada en su territorio, luego, con una manzana de casas entera, justo aquella donde estaba emplazado un hotel, y ahora andaban rondando la estación de metro y los tenderetes que la rodeaban. Todos los intentos de restablecer el orden solían tropezar con ciertos ininteligibles papeles que se exhibían ante el tío Kolia y que hablaban de la propiedad municipal y de que ésta quedaba exenta de cualquier tributo, ya que todos los beneficios derivados estaban rigurosamente controlados por las autoridades municipales. La proposición de Serguey Alexándrovich le venía como llovida del cielo, pues le permitía desentenderse del cobro por la protección sin quedar mal ante los chicos, para dedicarse a otro trabajo, bien remunerado y más tranquilo. Además, el propio Grádov había insistido en que abandonase los chanchullos ilegales: estaba haciendo carrera en la política y precisaba gente para su servicio de seguridad, para mantener el orden durante actos multitudinarios organizados por su partido, así como para cumplir diversos recados confidenciales. La gente vería a los chicos acompañándole, por lo que sería inconveniente que anduviesen implicados en grescas del mundillo criminal. El tío Kolia tenía cierta vaga idea de la clase de trabajo que le esperaba pero estaba dispuesto a servir a Grádov con devoción y lealtad, como un perro fiel.

Desde aquel entonces habían pasado dos años, y ahora, por primera vez, el tío Kolia se olía problemas. El peligro no tenía nada que ver con la policía, que, había que reconocerlo, podría pasarle una factura imponente; no, el peligro estaba relacionado con Arsén. Le había caído mal al tío Kolia desde que le vio por primera vez. ¿Por qué demonios su amo tuvo que meter a ese calvorota escuchimizado en sus manejos?

El tío Kolia lo hizo todo tal como Grádov le había ordenado: alquiló la casa que ya habían utilizado en otras ocasiones, encontró a la muchacha, los chicos le explicaron que eran amigos de Bondarenko, quien por un imprevisto no iba a poder llevarla a ver a Smelakov el lunes y les había pedido que la acompañaran a aquel pueblo el domingo. La llevaron a un sitio tranquilo, le hicieron contarles todo cuanto sabía, aunque a decir verdad, no sabía gran cosa, y lo único útil de todo aquello fue que le sacaron el nombre de un tal Kosar. Los chicos los mataron a los dos, visitaron la casa del pintor, borraron el mensaje con el número de Bondarenko que Kosar había dejado en el contestador, y asunto despachado. ¿Qué falta, pues, les hacía Arsén? Además, Arsén no paraba de criticarle. Desde el principio mismo se mostró escéptico con el equipo de Kolia y quiso obligar al amo a pagar a su propia gente. Lo cierto era que el amo no les dejó colgados, declaró que el equipo estaba altamente calificado, que haría todo cuanto fuese menester y que lo haría de la mejor manera. Aquellas palabras animaron a Fistín, y su sentimiento de gratitud y devoción hacia Grádov se consolidó aún más. Pero a pesar de todo, Arsén no perdía ocasión de restregarle por los morros alguna porquería y de humillarle, diciéndole sin parar cosas incomprensibles.