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—Hermosa criatura, ¿verdad?

Observó con el rabillo del ojo a sir George, que salía por una puerta ventana, seguido de la señora Masterton y de la señora Oliver.

—Se ha metido en el bolsillo al bueno de George Stubbs. ¡Nada es demasiado para ella! Joyas, pieles y todo eso. No he podido averiguar si se da cuenta o no de que su mujer está un poco tocada del seso. Es probable que piense que no importa. Después de todo, estos financieros no piden compañía intelectual.

—¿De qué nacionalidad es ella? —preguntó Poirot, interesado.

—Parece sudamericana, siempre me lo ha parecido. Pero creo que es de las Indias Occidentales. Una de esas islas con azúcar, ron y todo eso. De una antigua familia de allí... una criolla, no quiero decir que sea una mestiza. Creo que en estas islas se casan entre sí parientes muy próximos. Eso explica la deficiencia mental.

La joven señora Legge se unió a ellos.

—Escucha, Jim —dijo—, tienes que estar de mi parte. Esa tienda tiene que estar donde todos habíamos decidido... al fondo del césped, de espalda a los rododendros. Es el único sitio posible.

—Mamá Masterton no lo cree así.

—Bueno, pues tendrás que hablarle claro.

Él sonrió con astucia.

—La señora Masterton es mi jefe.

—Tu jefe es Wilfrid Masterton. Él es el diputado.

—Supongo que sí, pero debía serlo ella. Es ella la que lleva los pantalones... Me consta.

Sir George volvió a entrar en la habitación por la puerta ventana.

—¡Ah, está usted ahí, Sally! —dijo—. La necesitamos. Parece mentira que la gente se ponga tan excitada con cosas tan tontas como quién ha de enmantecar los bollos, quién ha de rifar el cake y por qué el puesto de los productos de la huerta está donde se había prometido que estaría el de prendas de punto. ¿Dónde está Amy Folliat? Ella se las entiende muy bien con esa gente... se las entiende como nadie; sabe convencer.

La señora Legge afirmó:

—Subió con Hattie.

—¡Ah! ¿Subió...?

Sir George dirigió a su alrededor una mirada desvalida y la señorita Brewis, que estaba escribiendo unos billetes de entrada, se puso en pie de un salto y dijo:

—Voy a buscarla, sir George.

—Gracias, Amanda.

La señorita Brewis salió de la habitación.

—Tenemos que conseguir un poco más de valla de alambre —murmuró sir George.

—¿Para la fiesta?

—No, no. Para ponerla en el límite con Hoodown Park, en el bosque. La vieja está toda desvencijada y por allí es por donde se cuelan.

—¿Quién se cuela?

—¡Gente, que se mete en terreno ajeno! —exclamó sir George.

Sally Legge dijo, divertida:

—Parece usted Betsy Trotwood, en plena campaña contra los burros.

—¿Betsy Trotwood? ¿Quién es? —preguntó sir George.

—Un personaje de Dickens.

—¡Ah, Dickens! He leído «Los papeles de Pickwick». No está mal. No. No está mal... me sorprendió. Pero hablando en serio, esas personas que se meten en terreno privado son una plaga desde que empezó esa payasada del Albergue Juvenil. Aparecen por todas partes, llevando camisas de lo más extraño... esta mañana vi a un chico con una de dibujos de tortugas y cosas raras... Creí que estaba borracho y veía doble. Y la mayoría no saben inglés y no hacen más que farfullar... —se puso a remedar—: «Oh, pog favog... si tiene usted... dígame... ¿es camino para el ferroy?» Yo digo que no, que no es, les lanzo un berrido, los mando a donde vienen, pero la mayoría de las veces se quedan parpadeando y mirándole a uno sin comprender. Y las chicas se ríen como bobas. Los hay de todas las nacionalidades: italianos, yugoslavos, holandeses, finlandeses..., ¡no me extrañaría que hubiera esquimales entre ellos! Y es seguro que la mitad de ellos son comunistas —terminó con expresión sombría.

—Vamos, George, no empiece usted con los comunistas —dijo la señora Legge—. Iré con usted a enfrentarme con esas levantiscas mujeres.

Le condujo a través de la puerta ventana, llamando por encima del hombro:

—Vamos, Jim. Ven a que te hagas pedazos por una buena causa.

—Muy bien, pero quiero enterar a monsieur Poirot de los detalles de la Persecución del Asesino, puesto que es él quien ha de entregar los premios.

—Puedes hacerlo luego.

—Le esperaré aquí —dijo Poirot en tono amable.

En el silencio que siguió a su marcha. Alec Legge se estiró en su butaca y suspiró.

—¡Mujeres! —dijo—. Son como un enjambre de abejas.

Volvió la cabeza para mirar a través de la ventana.

—¿Y a qué viene todo esto? Una estúpida fiesta campestre, que no le interesa a nadie.

—Es evidente —hizo notar Poirot— que hay personas a quienes les interesa.

—¿Por qué ha de tener la gente tan poco sentido? ¿Por qué no pueden pensar? Piense en el lío en que se ha metido el mundo entero, ¿no se dan cuenta de que los habitantes de la tierra se están suicidando?

Poirot creyó acertadamente que esa pregunta no esperaba contestación. Se limitó a mover la cabeza con expresión ambigua.

—A menos que podamos hacer algo antes de que sea demasiado tarde... —Alec Legge se calló bruscamente. Su rostro se ensombreció—. Ya —dijo—; ya sé lo que está pensando. Que estoy nervioso, que soy un neurótico... y todo eso. Como esos malditos médicos. Recomendando descanso, cambio de ambiente y aire de mar. Muy bien, Sally y yo vinimos aquí, cogimos Mill Cottage por tres meses y yo seguí su receta. He pescado, me he bañado al aire libre, he dado largos paseos y he tomado baños de sol...

—Sí, ya me di cuenta de que había tomado baños de sol —dijo Poirot cortésmente.

—¡Ah!, ¿lo dice por esto? —Alec se llevó la mano a la cara despellejada—. Esto es el resultado de haber podido disfrutar en Inglaterra, por una vez en la vida, de un buen verano. ¿Pero qué se gana con todo eso? No puede uno dejar de enfrentarse con la verdad, simplemente por huir de ella.

—No, nunca sirve de nada huir.

—Y el estar en una atmósfera rural como ésta lo que hace es que uno vea las cosas con más agudeza... Y la increíble apatía de la gente de este país. Incluso Sally, que es muy inteligente, es lo mismo. ¿Por qué preocuparse? Eso es lo que dice. ¡Me pone muy nervioso! ¿Por qué preocuparse?

—Simplemente a título de curiosidad: ¿Por qué se preocupa usted?

—¡Dios mío! ¿Usted también?

—No, no es un consejo. Es, sencillamente, que quisiera saber su respuesta.

—¿No ve usted que alguien tiene que hacer algo?

—¿Y ese alguien es usted?

—No, no; no yo personalmente. No se puede ser personal en estos tiempos.

—No veo por qué. Incluso en «estos tiempos», como usted dice, uno sigue siendo una persona.

—¡Pero no debe uno serlo! En tiempos difíciles, cuando es cuestión de vida o muerte, no puede uno pensar en sus propios e insignificantes males o preocupaciones.

—Le aseguro que se equivoca por completo. En la última guerra, durante un bombardeo muy duro, a mí me preocupaba mucho menos la idea de la muerte que el dolor de un callo que tenía en el dedo pequeño de un pie. Me sorprendió por entonces el que fuera así. «Piensa —me decía a mí mismo— que en cualquier momento puede venir la muerte». Pero seguía pensando en mi callo. En realidad, me sentía ofendido por tener que sufrir aquello, además del miedo a la muerte. Precisamente por el hecho de que podía morir, todos los pequeños detalles de mi vida adquirían mayor importancia. He visto una vez una mujer que acababa de sufrir un accidente de tráfico, con una pierna rota, y se echó a llorar porque vio que se le había escapado un punto a una media.

—¡Lo que demuestra con toda claridad lo tontas que son las mujeres!

—Lo que demuestra cómo son las personas. Puede que sea la preocupación por nuestra vida propia la que haya llevado a la raza humana a sobrevivir.