—Debes disculparme —dijo la dignataria poniéndose en pie—. Te he tenido en vela toda la noche, pese a saber que no te encuentras bien. Es la hora de partir.
—No te inquietes por mi salud, Hija Venerable —se apresuró a responder él con una sibilina sonrisa—. Las llamas que arden en mi interior bastan para alimentar este maltrecho cuerpo. Dalamar te acompañará hasta el linde del Robledal de Shoikan, si así lo deseas.
—Agradezco tu gentileza —murmuró Crysania, que había olvidado que debía volver a atravesar un paraje tan preñado de malignidad. Inhaló aire y le tendió la mano a su anfitrión—. Gracias también por esta entrevista —concluyó formalmente.
El nigromante asió su mano y, al instante, le transmitió el calor abrasador que destilaba su suave epidermis. Al percibirlo, Crysania lo miró y se vio reflejada en sus pupilas como una mujer demasiado pálida en su blanco atuendo, más aún al enmarcar su faz la melena azabache.
—No puedes hacer lo que me has narrado —le advirtió—. Hay que detenerte, de lo contrario el desenlace sería nefasto. —Su tono era severo, apretó su huesuda palma para subrayar su oposición.
—Demuéstrame que estoy equivocado, convénceme de que la senda del Bien es el único medio para salvar al mundo —fue la desafiante respuesta.
—¿Me escucharías si te hablo? —interrogó la dama al hechicero, reaccionando frente al reto—. Estás cercado por una aureola de negrura. ¿Cómo llegaré hasta ti?
—La negrura se abrió a tu paso y conseguiste penetrarla, ¿no es cierto?
—Sí —admitió Crysania. De pronto, la tibieza que dimanaba el cuerpo de Raistlin perdió su carácter lacerante para convertirse en algo acogedor, atractivo. Enmudeció la sacerdotisa y turbada, ruborosa, retrocedió unos pasos y se liberó de su garra como si le infligiera un dolor inconfesable.
—Adiós, Raistlin Majere —se despidió cabizbaja, esquiva, a la vez que se frotaba la muñeca con aire ausente.
—Adiós, Hija Venerable de Paladine —contestó el interpelado en cortés actitud.
Se abrió la puerta y apareció Dalamar en el dintel, aunque la sacerdotisa no recordaba que el maestro lo hubiera llamado. Cubriéndose el cabello con la blanca capucha, la huésped del enigmático mago echó a andar por el pétreo pasillo con la sensación de ser observada. Los inexorables relojes de arena traspasaban sus vestiduras, aquella sugerente voz resonaba aún en sus tímpanos cuando alcanzó la escalera que debía conducirla al exterior.
—Quizá Paladine no te envió con el fin de detenerme, sino de ayudarme.
Raistlin no había pronunciado tal sentencia durante la entrevista, le estaba hablando ahora. Dio media vuelta, pero no se tropezó sino con un pasadizo lóbrego y vacío. Dalamar, inmóvil, aguardaba.
Crysania recogió los pliegues de su blanca túnica para evitar un posible traspiés y acometió el descenso con majestuosa dignidad.
Bajó y bajó, hasta zambullirse en un duradero letargo.
12
Cónclave de magos
La Torre de la Alta Hechicería de Wayreth había sido, durante siglos, la última plaza fuerte de la magia en el continente de Ansalon. Los hechiceros se congregaron en la mole cuando el Príncipe de los Sacerdotes los expulsó de otras moradas similares y también acudieron a ella los habitantes de la Torre de Istar, sumergida ahora bajo las aguas del Mar Sangriento. La ennegrecida y maldita Torre de Palanthas, a su vez, fue abandonada en su momento en pro de este común refugio.
Poseía el complejo de Wayreth una estructura imponente, que asustaba a los viajeros. Sus muros exteriores formaban un triángulo equilátero, y unas elegantes torretas coronaban los vértices de tan perfecto contorno geométrico mientras que, en el centro, se erguían dos altas agujas. Ligeramente inclinadas, sólo un poco retorcidas, obligaban al curioso a parpadear y preguntarse si no se trataba de sendos minaretes torturados.
Las paredes eran de piedra negra que, pulida al máximo de su lustre natural, brillaba cegadora bajo los rayos del sol y reflejaba, en la noche, la luz de dos lunas a la vez que absorbía la negrura de la tercera. Había numerosas runas esculpidas en la superficie de la roca, runas que hablaban de poderío, de fuerza, de protección y de vigilancia, runas que ligaban las losas entre sí, runas que vinculaban los muros a la tierra. La parte superior de la tapia, por su parte, carecía de almenas donde apostar centinelas. No eran necesarios.
Alejada de cualquier núcleo de civilización, la Torre de Wayreth se alzaba en el centro de un Bosque mágico. Esta espesura no podía ser traspasada por nadie que no perteneciera al recinto, por nadie que osara intentarlo sin haber sido invitado. Así protegían los hechiceros el último baluarte de su gloria, guardándolo de la amenaza del mundo.
Sin embargo, el edificio no estaba desprovisto de vida. Un rosario de ambiciosos aprendices en el arte de la magia se daban cita entre sus muros a fin de someterse a la rigurosa prueba, y los brujos de la más vasta erudición se recogían en sus cámaras deseosos de completar sus estudios, encontrarse con sus colegas, discutir determinados hechizos o llevar a cabo experimentos tan delicados como peligrosos. La Torre estaba abierta a sus insignes huéspedes día y noche, pudiendo transitar a su antojo, independientemente del color de su Túnica.
A pesar de sus antagónicas teorías y posturas, de sus opuestas maneras de ver el mundo y conducirse en él, todos los magos respetaban las normas de paz perpetua que regían la convivencia en el sagrado punto de reunión. Sólo se toleraban los debates si contribuían a perfeccionar métodos o hallazgos en el arte arcano, la lucha estaba prohibida bajo pena de muerte.
Y es que, precisamente, el arte arcano era lo único capaz de hermanarlos. Era su lealtad prioritaria al margen de la identidad, la divinidad a la que servían o el rango ostentado en cada una de las tres comunidades. Los jóvenes discípulos, quienes aceptaban la muerte sin temor al serles expuestas las condiciones de la Prueba, así lo entendían, al igual que los sabios ancianos que venían a exhalar su último suspiro, a ser sepultados entre los familiares muros. El arte arcano era padre, amante, esposo e hijo. Era tierra, fuego, aire y agua. Era la vida y la muerte, y el universo que se oculta detrás de esta última.
Tales cavilaciones ocupaban la mente de Par-Salian mientras, desde su cámara en la más septentrional de las torres centrales, contemplaba el avance de Caramon y su reducida comitiva en dirección a las puertas.
Del mismo modo que el guerrero evocaba imágenes de un tiempo remoto, también el gran hechicero las rememoraba. Más de uno afirmaba que al hacerlo lo invadía la añoranza.
«No —se dijo en silencio, atento a la cansina marcha de Caramon y al repiqueteo de su arma contra los rubicundos muslos—. No hay nada que deba recordar con melancolía ni arrepentimiento. Se me planteó un terrible dilema e hice mi elección».
«¿Quién cuestiona a los dioses? Exigieron una espada y yo se la proporcioné si bien, como todos los pertrechos de su índole, era de doble filo».
El grupo de viajeros había llegado a la primera verja, desnuda de guardianes. Una campanilla de plata tintineó en los aposentos de Par-Salian y, al instante, el viejo mago alzó la mano. La reja se izó para franquear la entrada a los visitantes.
Reinaba una extraña penumbra cuando el grupo penetró en el recinto de la Torre de la Alta Hechicería. Sobresaltado ante el repentino crepúsculo, Tas oteó el panorama. ¡Unos momentos antes se hallaban en plena mañana! O, al menos, así se lo pareció a él. Levantó la vista y distinguió unos haces de luz rojizos, como rayos mortecinos, que surcaban el cielo entre la niebla y conferían un fulgor mágico a los bruñidos muros del edificio.
—¿Cómo saben en qué hora viven los moradores de este lugar? —preguntó en voz alta, meneando la cabeza.
Estaban en un ancho patio delimitado por la tapia y las dos agujas o torres centrales. Era un lugar desolado e inhóspito. Empedrado con losas grises, su aspecto explicaba sin palabras la ausencia de flores y árboles que hubieran podido romper la monotonía de la roca. El kender advirtió con disgusto que tampoco el deambular de criaturas superiores animaba aquel espacio desierto, a nadie se divisaba ni alrededor ni en lontananza.