—¿De velar por su seguridad? —concluyó el mago meneando la cabeza—. No, guerrero, tu destreza con las armas habría resultado inútil contra el espectro portador de la rosa solámnica. Frente a semejante adversario nada puede un mortal como tú. ¿No es cierto, kender?
Tas, capturado por la penetrante mirada de aquellos ojos azules que aún conservaban toda su vivacidad, sintió un chispeante cosquilleo en todo su ser.
—Sí —balbuceó—. Yo vi al caballero, a la criatura. —Se estremeció y tuvo que interrumpirse.
—Ya has escuchado las declaraciones de un ser que no conoce el miedo —recalcó Par-Salian—. No guerrero, no debes reprocharte lo ocurrido. Ni tampoco has de perder la esperanza pues, aunque nosotros no conozcamos el conjuro susceptible de devolver el alma de Crysania a su cuerpo, sabemos quién puede hacerlo. Pero antes de proseguir cuéntanos por qué nos buscaba la sacerdotisa, qué misión la llevó al linde del Bosque de Wayreth.
—No tengo la absoluta certeza —gruñó el interpelado.
—Raistlin fue la causa de su arriesgado viaje —apostilló Tasslehoff, deseoso de esclarecer el enigma. Su voz, no obstante, sonó chillona y discordante en la estancia, el nombre que acababa de pronunciar se desdobló en fantasmales notas. Par-Salian frunció el ceño, Caramon le dirigió una mirada fulgurante y los magos ladearon sus encapuchadas cabezas, entre el suave crujir de sus túnicas. Al comprobar el efecto de su revelación, el kender tragó saliva y se sumió en el silencio.
—Raistlin. —Era el anciano quien hablaba, en un inquietante bisbiseo. Clavó sus ojos en Caramon y preguntó—: ¿Qué relación puede tener una sacerdotisa defensora del Bien con tu hermano? ¿Por qué exponerse a terribles contratiempos en beneficio de una criatura tan abyecta?
El guerrero no pudo, o no quiso, despegar los labios.
—¿Conoces el alcance de su malignidad? —insistió el hechicero sin un asomo de conmiseración.
Caramon, testarudo, rehusaba contestar. Mantuvo la mirada fija en el pétreo suelo.
—Yo lo conozco —quiso colaborar Tas, pero Par-Salian ondeó la mano en el aire y tuvo que enmudecer.
—¿Ignoras acaso que, si nuestras sospechas son ciertas, se propone conquistar el mundo? —Las punzantes palabras del anciano traspasaban como dardos el pecho del compungido humano, que arqueó la espalda en un vano afán de encerrarse en sí mismo—. Se ha aliado con tu hermanastra Kitiara, la Dama Oscura según la llaman sus propias tropas, para reunir un ejército. Sus operaciones ya se han iniciado, cuenta con el apoyo de los dragones y las ciudadelas voladoras. Y, además, sabemos…
—No sabes nada, gran maestro —lo atajó una voz sarcástica que atronó la cámara—. ¡Eres un necio!
Tan duras frases cayeron como gotas de agua en una laguna remansada, provocando rizos en la hasta entonces completa calma, rizos que se propagaron sin tardanza entre los presentes. Tas se volvió sobresaltado hacia el lugar de dónde procedían los desdeñosos sonidos y vislumbró, a su espalda, una figura que se esbozaba en la penumbra. Sus negros ropajes revolotearon alrededor de sus pies cuando pasó junto a él, resuelta a encararse con Par-Salian. Una vez situada en el punto deseado, la criatura se detuvo y retiró el embozo de sus facciones.
—¿Quién es? —indagó el kender, que no podía ver al recién llegado por hallarse en segundo término.
—Un elfo oscuro —respondió Caramon, rígido como una vara.
—¿De verdad? —se entusiasmó el hombrecillo—. Durante todos mis años de estancia en Krynn nunca tuve la oportunidad de estudiar a ninguno.
Con el brillo de la curiosidad encendido en sus pupilas, dio un salto adelante… para quedar inmovilizado bajo una garra que sujetaba el cuello de su camisa. Era Caramon quien, ignorando sus irritadas protestas, lo arrastró junto a sí mientras Par-Salian y la figura se retaban en un duelo mudo, sin percibir el forcejeo.
—Creo que deberías explicar tu insolencia, Dalamar —dijo el viejo maestro tras unos segundos de tensión—. ¿Por qué soy un necio?
—¡Conquistar el mundo! —repitió el indisciplinado alumno—. No son tales sus planes. No hay nada que pueda importarle menos que el continente de Ansalon, la prueba está en que si quisiera podría subyugarlo en un abrir y cerrar de ojos, hoy mismo.
—Entonces, ¿cuáles son sus proyectos? —inquirió un mago de Túnica Roja que estaba sentado en la proximidad de Par-Salian.
Tas, aún atenazado por la mano del guerrero, advirtió que las delicadas y crueles facciones del elfo se ensanchaban en una sonrisa. Una sonrisa que lo llenó de espanto.
—Ha resuelto convertirse en un dios —anunció Dalamar despacio—. Va a desafiar a la mismísima Reina de la Oscuridad.
Los allí reunidos no abrieron la boca, no se movieron, pero el sepulcral silencio circuló entre ellos como una corriente de aire en tanto que, sin un pestañeo, observaban a Dalamar.
—Le atribuyes más virtudes de las que en realidad atesora —aventuró, con un hondo suspiro, el jerarca.
Se oyó en la sala el ruido peculiar que produce un lienzo al rasgarse en dos mitades. Tas vio que el elfo oscuro gesticulaba con los brazos, sin duda para partir el paño de su pectoral.
—¡Nada mejor que esta muestra de su poder para rebatir tus argumentos! —exclamó Dalamar.
Los magos estiraron el cuello, e ininteligibles expresiones de asombro se sucedieron en la fría atmósfera de la sala como una ráfaga de viento. Tas se debatió entre los brazos de Caramon mas cuando, vencido, le lanzó una iracunda mirada, constató anonadado que su robusto compañero permanecía impertérrito, sin el más mínimo atisbo de curiosidad.
—Contemplad el estigma de su mano en mi persona —invitó Dalamar a la asamblea—. Apenas puedo soportar el lacerante dolor. —Hizo una pausa antes de añadir, con los dientes apretados—: Me encargó que te saludara de su parte, Par-Salian.
El gran maestro inclinó la cabeza y se llevó una mano, que temblaba evidentemente, a la sien para sujetársela. Durante un minuto se exacerbaron en su faz los surcos de la vejez, la debilidad, el agotamiento, si bien no tardó en dirigirse de nuevo al discípulo con renovada energía.
—Así que nuestros temores se han confirmado. —Sus ojos se arrugaron en actitud inquisitiva—. Sabe que te enviamos…
—¿Para vigilarle? —terminó Dalamar entre amargas risas—. No creo que le costara mucho adivinarlo. Ha estado al corriente de mis movimientos desde el primer día, me ha utilizado a mí, como a vosotros, para satisfacer sus propios fines. —El elfo escupía, más que pronunciaba, las palabras.
—Me resultaba difícil aceptar tus revelaciones —apuntó el mismo hechicero de Túnica Roja que antes hablara—. El joven Raistlin es una criatura poderosa, no lo niego, pero ese proyecto de enfrentarse a una diosa me parece ridículo.
Su afirmación fue coreada desde las dos secciones del semicírculo.
—¿De verdad? —preguntó el elfo a fin de acallar el revuelo, con un tono letal por su extrema suavidad—. En ese caso, permitidme que os exponga vuestra total ignorancia respecto al significado del término «poder». Vuestras facultades son insignificantes comparadas con las suyas, ni con una sonda infinita alcanzaríais las profundidades de su sapiencia. ¡No es posible medirla! Yo, sin remontarme a las esotéricas alturas que su magia gobierna, he presenciado portentos que ninguno de los aquí presentes osaría ni siquiera imaginar. —La furia que ribeteaba su voz fue sustituida por una admiración sin condiciones hacia el protagonista de su relato—. He recorrido las regiones del sueño con los ojos abiertos, mis pupilas se han posado en una belleza tal que un corazón fuerte no la resistiría sin estallar de dolor. He descendido, asimismo, a las simas de las pesadillas, y he descubierto horrores tan indescriptibles —se estremeció— que supliqué la muerte antes que tener que encararme a ellos. —Se interrumpió unos segundos y, con un centelleo de sus oscuras pupilas, atrajo la ensimismada atención de los veinte sabios—. Y todos estos prodigios son fruto de su magia, él los conjura y los crea.