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– Entonces no le importará que el Santo Padre le dé permiso para que pueda entrar. Puedo llamar a Turín.

El momento de la verdad había llegado.

– Tengo una declaración jurada de su sobrina. Me la dio encantada. En ella jura ante el Todopoderoso que usted perdonó el pecado que cometió su hija al abortar. ¿Cómo es posible, Eminencia? Eso es herejía.

– Estoy al tanto de esas declaraciones juradas. Su padre, Ambrosi, fue muy persuasivo con la familia de mi hermana. Absolví a esa mujer porque agonizaba y temía pasar la eternidad en el Infierno. La consolé con la gracia de Dios, como ha de hacer un sacerdote.

– Mi Dios, su Dios, no aprueba el aborto. Es un asesinato. Usted no tenía derecho a perdonarla, un punto en el que estoy seguro de que el Santo Padre no tendría más remedio que mostrarse conforme.

Vio que el anciano se crecía ante el dilema, pero también percibió un temblor en su ojo izquierdo, tal vez el lugar exacto por donde escapaba el miedo.

La bravuconada del cardenal archivero no impresionó a Valendrea. Aquel hombre se había pasado la vida entera pasando papeles de un archivo a otro, haciendo cumplir normas sin sentido, poniendo obstáculos a cualquiera que fuese lo bastante osado como para desafiar la Santa Sede. Seguía a una larga sucesión de scrittori cuya función en la vida consistía en garantizar la seguridad del archivo papal. Una vez se sentaban en un trono negro, su presencia en el archivo servía para advertir de que el permiso para entrar no autorizaba a curiosear. Al igual que sucede en una excavación arqueológica, las revelaciones que encerraban las estanterías sólo se vislumbraban tras ahondar meticulosamente en ellas. Y llevaba su tiempo, bien este que la Iglesia sólo se había mostrado dispuesta a otorgar durante las últimas décadas. Valendrea se dio cuenta de que el único cometido de hombres como el cardenal archivero era proteger a la madre Iglesia incluso de sus príncipes.

– Haga lo que quiera, Alberto. Cuéntele al mundo lo que hice, pero no le voy a permitir que entre en la Riserva. Para hacerlo tendrá que ser papa, y eso está por ver.

Quizás hubiese subestimado al chupatintas. En aquellos cimientos había más ladrillo de lo que parecía. Decidió dejarlo estar. Al menos por el momento. Tal vez necesitara al hombre en los meses venideros.

Se volvió y echó a andar hacia la puerta.

– Esperaré a ser papa para hablar con usted. -Se detuvo y giró la cabeza-. Y ya veremos si es tan leal a mí como lo es a otros.

12

Roma, 16:00

Katerina esperaba en la habitación de su hotel desde poco después de almorzar. El cardenal Valendrea había dicho que llamaría a las dos de la tarde, pero no había cumplido su palabra. Tal vez pensara que diez mil euros bastaban para asegurar que ella esperaría pegada al teléfono. Quizá creyera que su antigua relación con Colin Michener era suficiente incentivo para garantizar que ella haría lo que le pidiera. Pese a todo, no le gustaba el hecho de que al parecer el cardenal se creyera muy listo por haberla calado.

Era cierto que ya casi no le quedaba nada del dinero que había ganado trabajando por libre en Estados Unidos y que estaba harta de darle sablazos a Tom Kealy, el cual parecía disfrutar de su dependencia. A Tom le había ido bien con sus tres libros, y pronto le iría mejor. Le gustaba ser la personalidad religiosa del momento en Estados Unidos. Estaba enviciado con la popularidad, cosa comprensible hasta cierto punto, pero ella conocía facetas de Tom Kealy que sus seguidores jamás veían. Las emociones no podían colgarse en un sitio web ni transmitirse en un mensaje publicitario. Los verdaderos expertos podían expresarlas con palabras, pero Kealy no era buen escritor. Sus tres libros eran obra de un negro, una de esas cosas que sólo ella y su editor conocían y que a Kealy no le gustaría que se supieran. Ese hombre sencillamente no era real, sólo una ilusión que unos cuantos millones de personas, entre ellas él mismo, habían aceptado.

Era tan distinto de Michener…

Detestó su amargura del día anterior. Antes de llegar a Roma se había dicho que, si sus caminos se cruzaban, tendría cuidado con lo que decía. Después de todo había pasado mucho tiempo, ambos habían cambiado. Pero al verlo en el tribunal cayó en la cuenta de que Michener había dejado una marca indeleble en sus emociones, una marca cuya existencia ella temía admitir, una marca que removía el resentimiento como una reacción nuclear.

La noche anterior, mientras Kealy dormía a su lado, ella se había preguntado si el tortuoso camino que había seguido durante los últimos doce años no sería sino un preludio de aquel momento. Su carrera era todo menos un éxito, su vida privada un fracaso, y sin embargo allí estaba, esperando la llamada del segundo hombre más poderoso de la Iglesia católica para que le diera la oportunidad de engañar a alguien por quien aún sentía un gran afecto.

Antes había hecho algunas preguntas a contactos que tenía en la prensa italiana y había averiguado que Valendrea era un hombre complejo. Había nacido para ser rico, en el seno de una de las familias patricias más antiguas de Italia. En su genealogía había al menos dos papas y cinco cardenales, y tenía tíos y hermanos en la política italiana o en negocios internacionales. El clan de los Valendrea también hundía sus raíces en las artes europeas, y poseía palacios y grandes propiedades. Se habían andado con cuidado con Mussolini, y más todavía con el baile de gobiernos que vino a continuación en Italia. Sus negocios y su dinero siempre habían tenido muchos pretendientes, y eran escrupulosos en lo tocante a qué y a quién apoyaban.

El Anuario Pontifico del Vaticano señalaba que Valendrea tenía sesenta años y era licenciado por la Universidad de Florencia, la Universidad Católica del Sagrado Corazón y la Escuela de Derecho Internacional de La Haya. Era autor de catorce tratados, y su estilo de vida exigía bastante más de los tres mil euros al mes que la Iglesia pagaba a sus príncipes. Y aunque el Vaticano desaprobaba que los cardenales participaran en actividades seculares, Valendrea era conocido como accionista de diversos conglomerados italianos y formaba parte de numerosos consejos de administración. Su relativa juventud se consideraba una ventaja, igual que sus innatas dotes políticas y su personalidad dominante. Había manejado sabiamente su cargo de secretario de Estado, dándose a conocer en los medios de comunicación occidentales. Era un hombre que reconocía las tendencias de la comunicación moderna, así como la necesidad de reflejar una imagen pública coherente. También era un teólogo partidario de la línea dura que se oponía abiertamente al Vaticano II, hecho este que quedó claro durante la audiencia de Kealy, y un tradicionalista estricto que opinaba que la Iglesia funcionaba mejor antes.

Casi toda la gente con la que Katerina había hablado estaba de acuerdo en que Valendrea era el favorito para suceder a Clemente. No necesariamente por ser el mejor para el puesto, sino porque no había nadie lo bastante fuerte para desafiarlo. Se decía que estaba listo para el siguiente cónclave.

Pero también había sido favorito tres años antes. Y había perdido.

El teléfono la arrancó de sus pensamientos.

Su mirada descansó en el aparato, y ella resistió el impulso de responder, prefiriendo que Valendrea, si es que el que llamaba era él, sudara un poco.

Al sexto tono levantó el auricular.

– Conque haciéndome esperar, ¿eh? -comentó Valendrea.

– No más de lo que yo he esperado.

Se oyó una risita.

– Me gusta usted, señorita Lew. Tiene personalidad. Así que dígame, ¿cuál es su decisión?

– Como si hiciera falta preguntar.

– Sólo pretendía ser cortés.

– Me da la impresión de que usted no es de los que se preocupan por esos detalles.

– No muestra mucho respeto hacia un cardenal de la Iglesia.