– ¿No crees que ya has pagado tus deudas?
– Sé lo que vas a decir, pero me estaba planteando dejar el sacerdocio. Lo cierto es que ya no importa.
El rostro de Katerina reflejó sorpresa.
– ¿Por qué?
– Estoy harto. No tiene que ver con Dios ni con llevar una buena vida ni con la dicha eterna. Tiene que ver con la política, la ambición, la avaricia. Cada vez que pienso en el lugar donde nací me pongo enfermo. ¿Cómo podía pensar nadie que estaban haciendo algo bueno allí? Había mejores formas de ayudar a esas madres, y sin embargo nadie se molestó en intentarlo. Se limitaron a mandarnos fuera. -Se movió nervioso y se sorprendió mirando al suelo-. ¿Y esos niños de Rumanía? Creo que hasta el Cielo se ha olvidado de ellos.
– Nunca te había visto así.
Él se acercó a la ventana.
– Lo más probable es que Valendrea pronto sea Papa. Habrá un montón de cambios. Puede que Tom Kealy estuviera en lo cierto después de todo.
– No des crédito a nada de lo que diga ese imbécil.
Michener notó algo raro en su tono.
– Sólo hemos hablado de mí. ¿Qué has estado haciendo desde que volviste de Bucarest?
– Como te he dicho, escribir algunos artículos sobre el funeral para una revista polaca. También me he estado documentando acerca del cónclave. La revista me ha contratado para que escriba un artículo de fondo.
– Entonces ¿cómo te vas a ir a Rumanía?
La expresión de Katerina se suavizó.
– No voy a ir. Sólo me hacía ilusiones. Pero al menos sabré dónde encontrarte.
La idea era reconfortante. Él sabía que no volver a verla lo entristecería. Recordó la última vez, hacía tantos años, que estuvieron a solas. Fue en Munich, poco antes de licenciarse en Derecho y volver al servicio de Jakob Volkner. Ella tenía más o menos el mismo aspecto, el cabello algo más largo, el rostro un poco más lozano, la sonrisa igual de atractiva. Había pasado dos años amándola, sabiendo que algún día tendría que elegir. Ahora se daba cuenta del error que había cometido. Se acordó de algo que le había dicho antes en la plaza: «Se trata de no cometer dos veces los mismos errores. Eso es lo único que podemos esperar.»
Muy cierto.
Cruzó la habitación y la tomó en sus brazos.
Ella no opuso resistencia.
Michener abrió los ojos y miró el reloj que había junto a la cama: las diez cuarenta y tres de la noche. Katerina yacía a su lado. Habían dormido casi dos horas. No se sentía culpable por lo que había ocurrido. La amaba, y si a Dios le molestaba, que le molestase. La verdad es que a esas alturas le daba lo mismo.
– ¿Qué haces despierto? -preguntó ella en la oscuridad.
Michener pensaba que Katerina estaba durmiendo.
– No estoy acostumbrado a despertarme con alguien en la cama.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
– ¿Podrías acostumbrarte?
– Eso precisamente me preguntaba.
– Esta vez no quiero marcharme, Colin.
Él le besó la cabeza.
– ¿Quién ha dicho que tengas que hacerlo?
– Quiero ir contigo a Bosnia.
– ¿Qué hay de ese trabajo para la revista?
– Te he mentido. No hay ningún trabajo. Estoy aquí, en Roma» por ti.
Él respondió sin pensárselo:
– En ese caso puede que unas vacaciones en Bosnia nos sienten bien a los dos.
Había pasado del mundo del Palacio Apostólico a un reino donde sólo existía él. Clemente XV se hallaba cómodamente instalado en un féretro triple bajo San Pedro, y él estaba desnudo en la cama con una mujer a la que amaba.
No podía decir cómo acabaría todo aquello.
Lo único que sabía era que por fin se sentía satisfecho.
Medjugorje, Bosnia-Herzegovina
Martes, 28 de noviembre
13:00
Michener miraba por la ventanilla del autobús. La rocosa costa pasaba a toda velocidad ante él, el mar Adriático picado debido a un vendaval. Él y Katerina habían realizado el breve trayecto de Roma a Split en avión. Los autocares para turistas se agolpaban ante las salidas del aeropuerto, los conductores anunciando su destino a voces: Medjugorje. Uno de los hombres aclaró que aquélla era la temporada baja del año. Los peregrinos llegaban a razón de tres mil a cinco mil al día en verano, pero esa cifra quedaba reducida a varios cientos de noviembre a marzo.
Durante las últimas dos horas una guía había explicado a las cincuenta personas aproximadamente que ocupaban el autobús que Medjugorje se encontraba situado en la parte meridional de Herzegovina, cerca de la costa, y que una barrera de montañas al norte aislaba la región tanto desde el punto de vista del clima como de la política. También les contó que Medjugorje significaba «zona entre montañas». La mayoría de la población era croata, y el catolicismo prosperaba. A principios de los años noventa, con la caída del comunismo, los croatas buscaron la independencia de inmediato, pero los serbios -el auténtico poder en la sombra de la antigua Yugoslavia- los invadieron con la intención de crear la Gran Serbia. Se desató una sangrienta guerra civil que duró años, y doscientas mil personas perdieron la vida hasta que finalmente la comunidad internacional detuvo el genocidio. Después se declaró otra guerra entre croatas y musulmanes, que terminó deprisa, con la llegada de las tropas de la ONU.
Medjugorje había escapado del terror, pues la mayor parte de la contienda se libró al norte y al oeste. A decir verdad en la zona sólo vivían alrededor de quinientas familias, pero la descomunal iglesia de la localidad podía acoger a dos mil visitantes, y la guía contó que la infraestructura de hoteles, pensiones, vendedores de comida y tiendas de recuerdos estaba convirtiendo el lugar en una meca religiosa. Habían acudido veinte millones de personas de todo el mundo, y en el último recuento se había llegado a las dos mil apariciones, algo sin precedentes en las visiones marianas.
– ¿Tú te crees todo esto? -le preguntó Katerina en un susurro-. Resulta un poco inverosímil que la Virgen baje a la Tierra todos los días para hablar con una mujer de una aldea bosnia.
– El visionario cree, y Clemente también creía. Ten la mente abierta, ¿de acuerdo?
– Lo intento, pero ¿a cuál de los visionarios vamos a abordar?
Michener había estado pensando en ello, de manera que le pidió a la guía que contara más cosas de los visionarios, y averiguó que una de las mujeres, que en la actualidad tenía treinta y cinco años, estaba casada, tenía un hijo y vivía en Italia. Otra, de treinta y seis, estaba casada, tenía tres hijos y seguía viviendo en Medjugorje, pero era muy reservada y no recibía a muchos peregrinos. Uno de los hombres, de treinta y pocos años, había intentado dos veces ser sacerdote, pero no lo había conseguido, y aún esperaba ser ordenado algún día. Viajaba mucho, llevando al mundo el mensaje de Medjugorje, y sería difícil dar con él. El varón restante, el menor de los seis, estaba casado, tenía dos hijos y no hablaba mucho con los visitantes. Otra de las mujeres, que rozaba los cuarenta, estaba casada y ya no vivía en Bosnia. La que quedaba era la que seguía viendo apariciones. Se llamaba Jasna, tenía treinta y dos años y vivía sola en Medjugorje. Las visitaciones que recibía a diario eran presenciadas en numerosas ocasiones por miles de personas en la iglesia de Santiago. La guía les dijo que Jasna era una mujer introvertida, de pocas palabras, pero que a veces charlaba con los visitantes. Michener miró a Katerina y le dijo:
– Parece que nuestras opciones son limitadas. Empezaremos por ella.
– Pero Jasna no conoce los diez secretos que la Virgen les ha revelado a los otros -continuaba la guía en la parte delantera del autobús, y la atención de Michener volvió a centrarse en lo que relataba la mujer-. Los otros cinco sí conocen los diez secretos, y se dice que cuando los sepan los seis, las visiones cesarán y se ofrecerá una señal evidente de la presencia de la Virgen para los ateos. «Pero los fieles no han de esperar a esa señal para convertirse. Ha llegado el momento de la gracia, el momento de vivir una fe cada vez mayor, el momento de la conversión. Porque cuando llegue la señal será demasiado tarde para muchos.» Ésas son las palabras de la Virgen. Una predicción.