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Los hombres ocuparon sus sitios. Nadie había dicho ni palabra. El coro seguía cantando.

La mirada de Valendrea se posó en la estufa, que se hallaba en un rincón, elevada sobre el suelo de mosaico mediante un andamio de metal. Por su chimenea, cuyo tiro salía por una de las ventanas, el célebre humo indicaría éxito o fracaso. Ojalá no fuera preciso encender muchos fuegos. Cuantos más escrutinios, menos posibilidad de lograr la victoria.

Ngovi se encontraba en la parte de delante de la capilla, las manos entrelazadas. Valendrea tomó nota del gesto adusto en el rostro del africano y esperó que el camarlengo disfrutara de su momento.

– Extra omnes -dijo Ngovi en voz alta. Fuera todos.

El coro, los monaguillos, y los equipos de televisión empezaron a irse. Sólo podrían quedarse los cardenales y treinta y dos sacerdotes, monjas y técnicos.

En la estancia reinó una incómoda calma mientras dos técnicos hicieron un barrido por el pasillo centraclass="underline" eran los responsables de garantizar que en la capilla no hubiera escuchas. En la verja de hierro los dos hombres se detuvieron y aseguraron que la zona estaba despejada.

Valendrea asintió, y ellos se retiraron. El ritual se repetiría antes y después de las votaciones de cada día.

Ngovi dejó el altar y recorrió el pasillo entre los cardenales. Cruzó una celosía de mármol y se detuvo ante las puertas de bronce que los asistentes estaban cerrando. Un silencio absoluto envolvió la habitación. Donde antes había música y un arrastrar de pies sobre las alfombras que protegían el piso de mosaico ahora no se oía nada. Al otro lado de las puertas, por fuera, se oyó el sonido de una llave deslizándose en la cerradura y el encajar de los pestillos.

Ngovi comprobó los picaportes.

Cerrados.

– Extra omnes -repitió.

Nadie le respondió. Se suponía que nadie debía responder. El silencio indicaba que el cónclave había comenzado. Valendrea sabía que fuera estamparían unos sellos de plomo para garantizar simbólicamente la privacidad. Había otra vía de acceso a la Capilla Sixtina -el camino que tomarían todos los días desde el Domus Sanctae Marthae-, pero el sellado de las puertas constituía el método tradicional que señalaba el inicio del proceso electoral.

Ngovi regresó al altar, se situó de cara a los cardenales y dijo lo que Valendrea le había oído decir a un camarlengo en ese mismo lugar hacía treinta y cuatro meses:

– El Señor os bendiga. Comencemos.

40

Medjugorje, Bosnia-Herzegovina

14:30

Michener escudriñó la casa. Era una vivienda de una planta de piedra teñida por el musgo. Unas parras serpenteaban por una pérgola, y la única nota de color la ponía la carpintería que reforzaba las ventanas. En un lado había un pequeño huerto que parecía ansioso de que llegara la anunciada lluvia. A lo lejos se veían las montañas.

Dieron con la casa sólo después de preguntar a dos personas, las cuales se mostraron reacias a ayudarlos hasta que Michener les reveló que era sacerdote y necesitaba hablar con Jasna.

Llevó a Katerina a la puerta y llamó.

Abrió una mujer alta de tez color almendra y cabello oscuro. Era delgada como un árbol joven y tenía un rostro agradable, con unos ojos cálidos color avellana. Lo escrutó de tal forma que a Michener le resultó incómodo. Tendría unos treinta años y llevaba un rosario al cuello.

– He de ir a la iglesia, no tengo tiempo de hablar, la verdad -afirmó-. Lo haré con mucho gusto después de misa -les aseguró en inglés.

– No estamos aquí por el motivo que usted piensa -respondió Michener, y luego le dijo quién era y a qué había ido.

La mujer no reaccionó, como si un enviado del Vaticano se pusiera en contacto con ella todos los días. Al cabo los invitó a pasar. En la casa había pocos muebles, la decoración era ecléctica. La luz del sol entraba a raudales por las ventanas entreabiertas, muchos de los cristales estaban rajados a lo largo. Sobre la chimenea colgaba una imagen de María rodeada de velas titilantes, y en un rincón había una talla de la Virgen. La talla llevaba un vestido gris con adornos azul claro. Un velo blanco le cubría el rostro y de él asomaban unos rizos de cabello castaño. Sus ojos azules eran expresivos y cálidos. Nuestra Señora de Fátima, si mal no recordaba.

– ¿Por qué Fátima? -preguntó él, señalando la talla.

– Me la regaló un peregrino. Me gusta. Parece viva.

Michener reparó en un leve temblor en el ojo derecho de Jasna, y su inexpresividad y su insulsa voz se le antojaron preocupantes. Se preguntó si la mujer no estaría drogada.

– Ha dejado de creer, ¿no es cierto? -le preguntó ella en voz queda.

El comentario lo pilló desprevenido.

– ¿Acaso importa?

La mujer miró directamente hacia donde estaba Katerina.

– Ella lo confunde.

– ¿Por qué dice eso?

– Los sacerdotes rara vez vienen aquí acompañados de mujeres. Y menos un sacerdote sin alzacuello.

Michener no tenía intención de responder. Seguían de pie, su anfitriona todavía no les había ofrecido asiento, y las cosas empezaban mal.

Jasna se dirigió a Katerina:

– Usted ni siquiera cree, lleva así muchos años. Cuan atormentada estará su alma.

– ¿Se supone que sus opiniones han de impresionarnos? -Si el comentario de Jasna la había molestado, no estaba dispuesta a dejárselo saber.

– Para usted lo único real es lo que puede tocar -añadió Jasna-. Pero hay tantas cosas más… Tantas que ni se imagina. Y aunque no puedan tocarse, siguen siendo reales.

– El Papa nos ha encomendado una misión -explicó Michener.

– Clemente está con la Virgen.

– Eso espero.

– Pero su falta de fe lo perjudica.

– Jasna, me han enviado a conocer el décimo secreto. Clemente y el camarlengo me han proporcionado sendas órdenes por escrito para que me sea revelado.

Ella se volvió.

– Yo no lo conozco. Ni quiero conocerlo. La Virgen dejará de venir cuando eso ocurra, y sus mensajes son importantes. El mundo depende de ellos.

Michener estaba familiarizado con los mensajes diarios de Medjugorje, que eran transmitidos al resto del mundo por fax y correo electrónico. La mayoría no eran sino simples llamamientos a la fe y la paz mundial, siendo el ayuno y la oración los medios para lograr ambas cosas. El día anterior había leído algunos de los últimos en la Biblioteca del Vaticano. Los sitios web cobraban automáticamente por facilitar el mandato del Cielo, lo cual le hacía sospechar de las razones de Jasna. Pero a juzgar por la sencillez de su casa y de su vestimenta, la mujer no se beneficiaba de ello.

– Somos conscientes de que desconoce el secreto, pero ¿podría decirnos con cuál de los otros visionarios hemos de hablar para que nos lo cuente?

– A todos les fue dicho que no revelaran la información hasta que la Virgen se lo indicara.

– ¿No bastaría la autoridad del Santo Padre?

– El Santo Padre ha muerto.

Michener se estaba hartando de su actitud.

– ¿Por qué se empeña en complicarnos las cosas?

– Eso mismo quiere saber el Cielo.

Le recordó las lamentaciones de Clemente las semanas previas a su fallecimiento.

– He rezado por el Papa -afirmó ella-. Su alma necesita nuestras plegarias.

Él iba a preguntarle a qué se refería, pero antes de que pudiera decir nada la mujer se acercó a la estatua del rincón. De pronto su mirada parecía perdida, petrificada. Se arrodilló en un reclinatorio sin decir nada.