– ¿Qué hace? -inquirió Katerina.
Él se encogió de hombros. Una campana tañó tres veces a lo lejos, y Michener recordó que supuestamente la Virgen se le aparecía a Jasna todos los días a las tres de la tarde. Una de sus manos encontró el rosario que llevaba al cuello, y Jasna se aferró a las cuentas y empezó a musitar palabras que él no comprendía. Se inclinó hacia ella y siguió su mirada hasta la escultura, pero no vio nada salvo el estoico semblante de madera de la Virgen María.
Recordó de su investigación que los testigos de Fátima afirmaban haber escuchado un zumbido y sentido calidez durante las apariciones, pero él creyó que eso sólo formaba parte de la histeria colectiva que se apoderaba de los ignorantes que querían creer a toda costa. Se preguntó si de verdad estaría presenciando una aparición mañana o si aquello no sería más que un engañabobos.
Se aproximó más.
La mirada de Jasna parecía fija en algo más allá de las paredes. La mujer no era consciente de su presencia y continuaba musitando. Por un instante Michener creyó ver un destello de luz en sus pupilas -dos fogonazos de una imagen reflejada-, un remolino azul y dorado. Su cabeza se volvió hacia la izquierda, en busca de la fuente, pero no había nada: sólo el rincón iluminado por el sol y la silente talla. Lo que quiera que estuviese sucediendo al parecer era cosa únicamente de Jasna.
Al final ésta bajó la cabeza y dijo:
– Nuestra Señora se ha ido.
Luego se puso en pie, fue hacia una mesa y garabateó algo en una libreta. Cuando hubo terminado, le entregó la hoja a Michener.
Hijos míos, el amor de Dios es grande. No cierren los ojos, no se tapen los oídos. Su amor es grande. Acepten mi llamada y la súplica que les confío. Consagren su corazón y acojan en él al Señor para que more en él para siempre. Mis ojos y mi corazón estarán con ustedes incluso cuando no vuelva a aparecerme. Compórtense en todo momento como yo les pido y serán conducidos hasta el Señor. No rechacen el nombre de Dios si no quieren ser rechazados. Acepten mis mensajes si quieren ser aceptados. Ha llegado el momento de tomar decisiones, hijos míos. Manténganse puros e inocentes de corazón para que los pueda llevar junto a su Padre. Porque esto, mi presencia, es su gran amor.
– Esto es lo que me ha dicho la Virgen -afirmó Jasna.
Michener leyó el mensaje de nuevo.
– ¿Va dirigido a mí?
– Sólo usted puede decidir eso.
Él le pasó la hoja a Katerina.
– Aún no ha respondido a mi pregunta. ¿Quién puede confiarnos el décimo secreto?
– Nadie.
– Los cinco visionarios restantes conocen la información. Alguno de ellos podrá revelárnosla.
– No, a menos que la Virgen dé su consentimiento, y yo soy la única que aún recibe sus visitas a diario. Los otros tendrían que esperar para obtener permiso.
– Pero usted no conoce el secreto -terció Katerina-. Así que no importa que sea la única que no está al corriente. No necesitamos a la Virgen, necesitamos el décimo secreto.
– Lo uno va unido a lo otro -repuso Jasna.
Michener dudaba de si estaba tratando con una fanática religiosa o con alguien realmente escogido por el Cielo. Su impertinencia no era de mucha ayuda, lo cierto es que lo hacía recelar. Decidió que se quedarían en la localidad e intentarían por su cuenta hablar con los otros visionarios que vivían en las inmediaciones. Si no averiguaba nada, podía regresar a Italia y localizar al que residía allí.
Le dio las gracias a Jasna y se encaminó a la puerta, Katerina a la zaga.
Su anfitriona permaneció pegada a la silla, su expresión tan vacía como cuando llegaron.
– No se olvide de Bamberg -apuntó ésta.
Unos dedos helados le recorrieron la columna. Michener se paró y dio media vuelta. ¿Había oído bien?
– ¿Por qué dice eso?
– Me dijeron que lo hiciera.
– ¿Qué sabe usted de Bamberg?
– Nada. Ni siquiera sé lo que es.
– Entonces ¿por qué lo ha dicho?
– Yo no hago preguntas, sólo hago lo que me dicen. Tal vez sea ésa la razón de que me hable la Virgen. Vale la pena contar con una servidora fiel.
Ciudad del Vaticano, 17:00
Valendrea se estaba impacientando. Su preocupación por los rectos respaldos de las sillas empezaba a estar justificada, pues ya llevaba casi dos angustiosas horas sentado tieso en la Capilla Sixtina. Durante ese tiempo cada uno de los cardenales había ido al altar y jurado ante Ngovi y Dios que no toleraría ninguna intromisión en la elección por parte de autoridades laicas y que, en caso de resultar elegido, sería Munus Petrinum -pastor de la iglesia universal- y defendería los derechos espirituales y temporales de la Santa Sede. También él se había plantado ante Ngovi. La mirada del africano era penetrante mientras se pronunciaban y repetían las palabras.
Hizo falta otra media hora para tomar juramento de confidencialidad a los asistentes. Luego Ngovi ordenó abandonar la Capilla Sixtina a todos salvo a los cardenales y cerrar las puertas restantes y, situándose frente a la concurrencia, dijo:
– ¿Desean votar ahora?
La Constitución Apostólica tenía en cuenta la realización de una primera votación de inmediato, si el cónclave así lo quería. Uno de los cardenales franceses se puso en pie y afirmó que él sí. Valendrea se sintió complacido. El francés era de los suyos.
– Si hay alguien que se oponga, que hable ahora -prosiguió Ngovi.
La capilla continuó silente. Hubo un tiempo en que en ese instante podía darse una elección por aclamación, supuestamente como resultado de la intervención directa del Espíritu Santo. Se anunciaba un nombre espontáneamente y todos aceptaban que ése sería el Papa. Sin embargo Juan Pablo II suprimió semejante forma de elección.
– Muy bien -convino Ngovi-. Comencemos.
El cardenal diácono de menor edad, un brasileño gordo y moreno, se adelantó con andares de pato y sacó tres nombres de un cáliz de plata. Los escogidos actuarían de escrutadores, su cometido sería contar y emitir los votos. Si no se elegía Papa, quemarían las papeletas en la estufa. A continuación se extrajeron del cáliz otros tres nombres, los revisores: su tarea consistiría en supervisar a los escrutadores. Por último se eligió a tres infirmarii, que recogerían las papeletas de los cardenales que pudieran caer enfermos. De los nueve funcionarios, sólo cuatro eran firmes partidarios de Valendrea. Especialmente fastidioso fue la selección del cardenal archivero como escrutador. Aquel viejo cabrón quizás pudiera vengarse después de todo.
Delante de cada cardenal, además de la libreta y el lápiz, había una tarjeta rectangular de 5 centímetros. En la parte superior, impreso en letras negras, ponía: eligo in summum pontificem. Elijo como sumo pontífice. Debajo había un espacio en blanco para el nombre. Valendrea sentía un cariño especial por la papeleta, ya que la había diseñado su querido Pablo VI.
En el altar, bajo la angustia de El Juicio Final de Miguel Ángel, Ngovi retiró del cáliz el resto de los nombres: arderían junto con los resultados de la primera votación. Después el africano se dirigió a los cardenales en latín para repetir el procedimiento de la votación. Cuando concluyó, dejó el altar y tomó asiento entre los purpurados. Su cometido como camarlengo tocaba a su fin, y en las próximas horas cada vez tendría que hacer menos cosas. El proceso ahora sería controlado por los escrutadores hasta que hiciera falta una nueva votación.
Uno de éstos, un cardenal argentino, observó:
– Escriban un nombre en la tarjeta. Más de un nombre invalidará el voto y el escrutinio. Cuando hayan terminado, doblen la papeleta y acérquense al altar.
Valendrea miró a izquierda y derecha: los 113 cardenales estaban codo con codo en la capilla. Quería ganar pronto y acabar con su sufrimiento, pero sabía que rara vez había ganado un Papa en el primer escrutinio. Por lo general los electores daban su primer voto a alguien especiaclass="underline" un cardenal favorito, un buen amigo, alguien de su parte del mundo, incluso a ellos mismos, aunque nadie lo admitiera. Era una forma de ocultar sus verdaderas intenciones y subir las apuestas en su posterior apoyo, ya que nada volvía más generosos a los favoritos que un futuro impredecible.