– ¿Qué te dijo Valendrea?
– Lo suficiente como para que estemos manteniendo esta conversación.
Se estaba quedando desconcertado. Sus padres habían muerto, al igual que Jakob Volkner, y ahora Katerina lo había traicionado. Por primera vez en su vida estaba solo, y de repente cayó sobre él el peso de ser un niño no deseado que había nacido en una institución y que había sido arrancado a su madre. Estaba perdido en muchos sentidos, no tenía adonde dirigirse. Creyó que, con Clemente muerto, la mujer que tenía delante poseía la respuesta a su futuro. Incluso estaba dispuesto a renunciar a un cuarto de siglo de su vida en favor de la oportunidad de amarla y ser amado.
Pero ¿cómo iba a hacer eso ahora?
Hubo un momento de tenso silencio, embarazoso y violento.
– Muy bien, Colin -dijo ella al cabo-. He captado el mensaje. Me voy.
Dio media vuelta para marcharse.
El taconeo resonó en el mármol mientras se alejaba. Él quiso decirle: «No te vayas, espera.» Pero fue incapaz de pronunciar las palabras.
Y se fue en la dirección opuesta, hacia la salida. No tenía intención de utilizar el coche que Ambrosi le había ofrecido. No quería nada más de aquel sitio, salvo que lo dejaran en paz.
Se encontraba en el Vaticano sin credenciales ni escolta, pero su rostro era tan conocido que ninguno de los guardias se cuestionó su presencia. Llegó al final de una larga logia repleta de planisferios y globos terráqueos. Maurice Ngovi se hallaba en la puerta de enfrente.
– Me enteré de que estabas aquí -comentó mientras él se aproximaba-. También sé lo que sucedió en Bosnia. ¿Te encuentras bien?
Michener asintió.
– Iba a llamarlo más tarde.
– Tenemos que hablar.
– ¿Dónde?
Ngovi pareció entender, y le indicó que lo siguiera. Caminaron sin decir nada hasta el archivo. Las salas de lectura volvían a estar llenas de estudiosos, historiadores y periodistas. Ngovi vio al cardenal archivero, y los tres se dirigieron a una de las salas de lectura. Una vez dentro y con la puerta cerrada Ngovi dijo:
– Creo que este sitio es más o menos reservado.
Michener se volvió al archivero.
– Pensé que a estas alturas estaría sin empleo.
– Me han ordenado que me vaya antes del fin de semana. Mi sustituto llegará pasado mañana.
Él sabía lo que ese empleo significaba para el anciano.
– Lo siento. Pero creo que estará mejor así.
– ¿Qué quería de ti nuestro pontífice? -inquirió Ngovi.
Michener se dejó caer en una de las sillas.
– Cree que tengo un documento que estaba supuestamente en la Riserva. Algo que el padre Tibor envió a Clemente y guarda relación con el tercer secreto de Fátima. El facsímil de una traducción. No tengo ni idea de qué me habla.
Ngovi le dirigió una mirada de extrañeza al archivero.
– ¿Qué ocurre? -inquirió Michener.
Ngovi le refirió la visita que hizo Valendrea el día anterior a la Riserva.
– Se comportó como un loco -aseguró el archivero-. No paraba de decir que había desaparecido algo de la caja. Me asustó de veras. Dios ampare a esta Iglesia.
– ¿Le explicó algo Valendrea? -le preguntó Ngovi.
El interpelado les contó a ambos lo que el Papa había dicho.
– Aquel viernes por la noche que Clemente y Valendrea estuvieron juntos en la Riserva quemaron algo -agregó el cardenal archivero-. Encontramos cenizas en el suelo.
– ¿Clemente no le dijo nada al respecto? -se interesó Michener.
El archivero negó con la cabeza.
– Ni una palabra.
Muchas de las piezas empezaban a encajar, pero seguía habiendo un problema.
– Todo este asunto es extraño. La hermana Lucía en persona confirmó en el año 2000 la autenticidad del tercer secreto antes de que Juan Pablo lo diera a conocer.
Ngovi asintió.
– Yo lo presencié. El texto original fue de la Riserva a Portugal en la caja, y ella ratificó que el documento era el mismo que redactó en 1944. Pero, Colin, en la caja sólo había dos papeles. Yo mismo estaba allí cuando la abrieron: contenía un texto original y una traducción al italiano. Nada más.
– Si el mensaje se hallaba incompleto, ¿no habría dicho ella nada? -preguntó Michener.
– Era muy anciana y frágil -replicó Ngovi-. Recuerdo que se limitó a echar una ojeada a la página y asintió. Me dijeron que no veía bien y no oía.
– Maurice me pidió que hiciera unas comprobaciones -terció el archivero-. Valendrea y Pablo VI entraron en la Riserva el 18 de mayo de 1978, y Valendrea regresó una hora después, por orden expresa de Pablo, y permaneció allí a solas quince minutos.
Ngovi lo corroboró.
– Da la impresión de que lo que el padre Tibor envió a Clemente abrió una puerta que Valendrea creía cerrada hacía tiempo.
– Y que puede que le costara la vida a Tibor. -Sopesó la situación-. Valendrea dijo que lo que ha desaparecido es el «facsímil de una traducción». Una traducción ¿de qué?
– Colín, parece que el tercer secreto de Fátima va más allá de lo que sabemos -afirmó Ngovi.
– Y Valendrea cree que lo tengo yo.
– ¿Lo tienes? -inquirió Ngovi.
Michener negó con la cabeza.
– Si fuera así se lo daría. Estoy harto, lo único que quiero es terminar con todo esto.
– ¿Tienes idea de qué puede haber hecho Clemente con la copia de Tibor?
Lo cierto es que no se lo había planteado.
– No. Clemente no era de los que robaban.
Tampoco de los que se suicidaban, pero supo que era mejor callarse: el archivero no sabía nada de eso. Sin embargo, por la expresión de Ngovi supo que el keniano estaba pensando en lo mismo.
– Y ¿qué pasó en Bosnia? -preguntó éste.
– Cosas más raras que en Rumanía.
Les enseñó el mensaje de Jasna. Le había dado a Valendrea una copia y había conservado el original.
– No podemos darle demasiado crédito a esto -aseveró Ngovi-. Medjugorje parece más una feria que una experiencia religiosa. El décimo secreto podrían ser simplemente las imaginaciones de esta visionaria y, para ser sincero, teniendo en cuenta su envergadura, me veo obligado a cuestionarme seriamente si no será eso.
– Justo lo que yo pienso -coincidió Michener-. Jasna se ha convencido de que es real. Con todo, Valendrea reaccionó violentamente al leerlo. -Les contó lo que acababa de ocurrir.
– Así es como se condujo en la Riserva -aseguró el archivero-. Como un loco.
Michener clavó la vista en Ngovi.
– ¿Qué está pasando aquí, Ngovi?
– No sé qué decir. Años atrás, cuando era obispo, otros y yo nos pasamos tres meses estudiando el tercer secreto a petición de Juan Pablo. Ese mensaje era muy distinto de los dos primeros. Éstos eran precisos, detallados, pero el tercero era una especie de parábola. Su Santidad pensó que no estaba de más pedir consejo a la Iglesia para interpretarlo, y yo me mostré conforme. Pero no nos planteamos que el mensaje estuviese incompleto.
Ngovi señaló un volumen grueso y enorme que descansaba en la mesa. El colosal manuscrito era antiguo, sus páginas tan viejas que parecían carbonizadas. En la tapa se veían unos garabatos en latín rodeados de vistosos dibujos de papas y cardenales. Las palabras lignum vitae, escritas en desvaída tinta carmesí, resultaban apenas perceptibles.
Ngovi se sentó en una de las sillas y le preguntó a Michener:
– ¿Qué sabes de san Malaquías?
– Lo bastante para poner en duda si el hombre era sincero.
– Te aseguro que sus profecías son reales. Ese libro de ahí fue publicado en Venecia en 1595 por un historiador benedictino, Arnold Wion, y es el relato definitivo de lo que el propio san Malaquías escribió sobre sus visiones.
– Maurice, esas visiones sucedieron a mediados del siglo doce, y pasaron cuatrocientos años antes de que Wion comenzara a anotarlo todo. He oído esas patrañas. Quién sabe lo que dijo Malaquías, si es que dijo algo. Sus palabras no han sobrevivido.