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– Muy tolerable.

– ¿Te estás riendo de mí?

– Jamás me atrevería.

De repente la golpeó un pensamiento. Nasim. Se había olvidado de él por completo. Miró por encima de Kadar hacia el tapiz. ¿Estará todavía ahí?

– No, no durante horas.

Ella comprobó con sorpresa que se sentía diferente. Kadar tenía razón; si no dejaban que les importara Nasim, la victoria era de ellos.

– ¿Cómo lo sabes?

– Siempre siento su presencia.

Ese terrible vínculo entre ellos.

– ¿Y cuando estábamos copulando?

– No, en ese momento no. -Soltó una risita ahogada-. Solo te sentía a ti.

– Como debe ser. -Se relajó contra su cuerpo de nuevo-. ¿Tenemos que irnos ya?

– No hasta el amanecer. ¿Estás incómoda?

Estaba demasiado cómoda. Se encontraba envuelta en una suave neblina de satisfacción. Era raro pensar en lo nerviosa y temerosa que estaba cuando abrió esa puerta hacía solo unas horas.

– ¿Es el hachís lo que me hace sentir tan feliz?

– En parte. -Tensó el brazo que la rodeaba-. Solamente en parte.

Lo que quería decir era que también se debía a que estaban juntos. Ella negó con la cabeza.

– Esto no cambia…

– No digas nada. -Le puso dos dedos en los labios-. Ahora descansa. Deseo enseñarte un camino más hacia el placer antes de irnos.

– ¿Otro? Ni siquiera podía soñar que hubiera tantos.

– ¿He olvidado hablarte de la meretriz india que aseguraba que había más de cien caminos hacia el placer?

– Creo que mentía. No es posible -dijo bostezando-. Además estoy demasiado cansada.

– Entonces duerme. -Su voz era profunda, un murmullo relajante para sus oídos-. Te despertaré al amanecer.

Ella asintió, acomodando la mejilla en su hombro.

– O antes -susurró-, porque ella no mentía, Selene.

CAPÍTULO 06

– Os veo más… fuerte. -Haroun ladeó la cabeza como estudiándola.

– ¿En serio? -Selene movió el alfil.

– Tenéis buen color. No entiendo como este horrible lugar puede sentaros tan bien.

El buen color se hizo más intenso.

– No me sienta bien. Lo odio.

– Yo también.

Levantó la mirada del tablero de ajedrez.

– ¿Han sido muy duras para ti estas últimas semanas?

– No especialmente. Sois amable conmigo, y lord Kadar me permite salir a montar con él todos los días. -Se mordió el labio de abajo-. Pero es un lugar maldito. Ojalá pudiéramos volver a Montdhu.

Pobre Haroun. ¿Por qué no había notado su preocupación y tampoco le brindó más comprensión?

Pregunta estúpida. No había estado al tanto de casi nada de lo que ocurría a su alrededor. Es como si durante el día estuviera envuelta en un capullo de seda, cosiendo, pasando el tiempo con Haroun y… esperando.

Esperando el momento en que Kadar la tomara de la mano para subir las escaleras de caracol.

Y la despojara de su vestido para entregarse en sus brazos.

Y él le mostrara otro camino hacia el placer.

– Lady Selene -urgió Haroun, mirándola perplejo.

Oh, Dios mío, seguro que se le notaba que se le estaban derritiendo las rodillas. Bajó la mirada precipitadamente hacia el tablero-. Os toca mover.

– Ya he movido.

– Ah, ya veo. -¿Qué diantre le ocurría? Tenía la sensación de ver y sentir todo a través de un velo.

Todo menos Kadar.

Kadar le tendió la mano.

– Deberíamos hablar -dijo ella.

– Más tarde. Está anocheciendo.

Crepúsculo. La torre. Placer.

Se levantó de manera instintiva.

El la cogió por la mano.

– Ven.

Estaba sonriendo, pero ella notaba la tensión en su cuerpo.

Era tan fuerte como la tensión que la atenazaba a ella. Los pechos se le hinchaban y empezaba el cosquilleo entre los muslos, aunque él solamente le hubiera tocado la mano. A veces incluso ocurría sin que llegara a tocarla. Con solo mirarlo se sentía inundada por una tormenta de sensualidad y expectación.

Eso no era bueno. Tenía que obligarse a pensar además de sentir.

– Ya no te veo durante el día. ¿Dónde vas?

– A ninguna parte. -Empezó a subir las escaleras-Lejos de ti.

– ¿Por qué?

– Tengo la impresión de que no puedo fijar los límites que marca la torre. Apenas puedo pensar en otra cosa que no sea hacer el amor contigo. Tengo que dejarte descansar.

Ella se quedó sin respiración.

– No creo que esto sea.,. sano. Yo nunca he… ¿es Nasim o el hachís?

Él negó con la cabeza.

– Somos nosotros dos. Siempre supe que sería así.

– Es una locura-. Susurró. Añadió con voz entrecortada-: Yo tampoco puedo pensar en otra cosa. Mi cuerpo no debería gobernar mi mente. Tengo que parar esto.

– Mañana. -Abrió la puerta de la habitación de la torre-. Hablaremos de ello mañana.

Hachís.

Seda.

La tenue luz de una vela caía sobre el diván donde tenía lugar el placer.

– De acuerdo. -Entró despacio en el aposento-. Mañana.

El sonrió.

– Después de todo, es solamente placer. ¿Qué daño puede…? ¡ Dios mío!

Su mirada siguió a la de él hacia el diván.

– ¿Qué es esto?

– Nasim.

Sobre los blandos almohadones había un fino látigo con correas de cuero.

Kadar se acercó lentamente hacia el diván.

– ¿Qué hace esto aquí? -susurró.

Él no respondió. Cogió el látigo y lo levantó.

– Kadar.

– Sal de aquí -dijo con los dientes apretados.

– ¿Por qué? ¿Qué significa esto?

Se volvió hacia el tapiz.

– Por Dios, no, Nasim.

Arrojó el látigo al tapiz.

Al instante la agarró por el brazo y la empujó hacia la puerta.

– Fuera.

Dieron un portazo al salir y él, entre tirones y empujones, la hizo bajar por la escalera de caracol. Imprecaba en voz baja, con maldad.

– ¿Qué está pasando?

El no le prestaba ninguna atención.

Se detuvo al pie de las escaleras.

– No avanzaré ni un paso más. Dime algo.

Respiró profundamente, luchando por recuperar el control.

– No estamos divirtiendo a Nasim lo suficiente. Quiere que utilice el látigo contigo.

– ¿Acaso quiere castigarme?

– No exactamente… Es otra forma de obtener placer.

– ¿Qué?

– A veces el dolor aumenta la intensidad.

Ella se lo quedó mirando, aturdida.

– ¿Para ti?

– A mí nunca me ha gustado. Ni siquiera cuando la mujer disfruta con ello.

– No puedo creer que haya alguien a quien le guste. De niña sufrí el látigo a menudo y…

– Lo sé. Simplemente créeme. A algunas mujeres les gusta. -La empujó hacia el interior de su aposento-. Cierra la puerta con llave. Voy a hablar con Nasim.

Recordaba la rabia con la que había lanzado el látigo.

– Estará enfadado contigo.

– No lo dudo. -La empujó suavemente con el codo-. Continúa.

Un Nasim enfadado podría ser temible, y Kadar tendría que sufrir su desagrado.

– Te dejaré que lo hagas.

– ¿Qué has dicho?

Ella procuró sonreír.

– No será la primera vez que me fustiguen. No significa nada. He disfrutado todas y cada una de las cosas que me has hecho; quizá no sea tan…

– No. -Se acercó un paso y le enmarcó la cara con las manos. La miró con una ternura que le cortó el aliento. La besó en la frente. -De ninguna manera. -Le dio un ligero beso en la punta de la nariz-. Nunca.