– A las mujeres solo se nos permite disfrutar de pequeños placeres.
– Es verdad para la mayoría de las mujeres. Pero cuando a vos no se os permite algo, lo tomáis. ¿No es cierto?
– Así es -sonrió Kadar-, la has calado bien, Tarik,
– Se parece mucho a mi esposa.
– ¿Rosa? -preguntó Selene, recordando aquel momento en su habitación.
– No, a mi primera esposa, Layla. Rosa tenía un corazón dulce y solo tomaba lo que se le ofrecía.
– ¿Un cambio agradable? -quiso saber Selene.
– No necesariamente. Amaba mucho a las dos.
De nuevo Selene pudo entrever una gran tristeza en él. De manera instintiva alargó la mano y le tocó el brazo para consolarlo.
– Siento vuestra pérdida. Sé cómo debéis sentiros.
– Tenéis un buen corazón. -Buscó con los ojos su rostro-. Pero no podéis saberlo. Nunca habéis sentido una gran pérdida. Eso está aún por llegar.
– Sí he tenido una gran pérdida. Mi madre murió cuando era una niña.
Él negó con la cabeza y apartó su mano del brazo con suavidad.
– Aún está por llegar.
Selene se vio invadida por un tropel de emociones mientras los veía marcharse. Él le gustaba. Nunca se habría esperado esta reacción ante un hombre tan complicado. Tarik podía estar de buen humor un momento, dulce e inteligente el siguiente, pero también era un enigma. Era peligroso sentirse atraída por él.
– Jaque mate -anunció Selene triunfante levantando la vista del tablero-. Esa última jugada no ha sido muy inteligente, Tarik.
Tarik refunfuñó y se apoyó en el respaldo de su silla.
– No solo me dais una paliza, sino que me fustigáis verbalmente. -Dirigió la mirada hacia Kadar, que estaba sentado en la chimenea a poca distancia de ellos-. Sálvame, Kadar.
– Siempre dices lo mismo, pero sigues jugando con ella -dijo Kadar, sonriendo y volviendo la mirada hacia las llamas-. Ella tiene razón, la última jugada fue un poco estúpida.
– Estaba distraído -se defendió Tarik-. Al fin y al cabo, soy un hombre con muchas preocupaciones.
Selene hizo un ruido despectivo.
– Eso ha sonado sospechosamente como un bufido -comentó Tarik con el ceño fruncido-. Y es una total falta de respeto a un hombre de mis años.
– Pido disculpas. ¿Cuántos años tenéis? ¿Cuarenta?
Él se estremeció.
– ¿Aparento cuarenta?
Ella reculó.
– Bueno, puede que algo menos de cuarenta.
– Sois muy amable -dijo con ironía-. Soy un hombre en la flor de la vida. Solo los jóvenes granujas como vos y Kadar sois capaces de echarme más años.
– ¿Otra partida?
– Ahora no. -Se levantó y fue cojeando hasta la mesa que había al otro lado de la estancia-. Necesito una copa de vino.
Selene sonrió.
– Cobarde.
– Seguís insultándome… -murmuró.
– Con Selene la amenaza es constante -dijo Kadar.
Esta noche no flotaba amenaza alguna en el ambiente, pensó Selene. Solamente había paz, buen humor y tranquilidad. Era extraño lo cómodos que habían conseguido estar en presencia de Tarik durante los últimos ocho días. Ni siquiera en Montdhu se había sentido nunca tan a gusto, y notaba que a Kadar le sucedía lo mismo. Pasaba la mayor parte del tiempo con Tarik, y por las noches habían tomado la costumbre de reunirse en el salón para jugar al ajedrez.
Sin embargo, Kadar había estado muy callado durante toda la noche, notó ella de repente. Había jugado primero con él, luego Tarik había ocupado su puesto. Entonces Kadar se había sentado junto a la chimenea y permaneció mirándolos sin hacer ninguna de sus bromas habituales.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó-. Apenas has abierto la boca.
– Estaba pensando.
– Ah, una práctica peligrosa en un hombre como tú -intervino Tarik mientras vertía el vino de la jarra en su copa-. Creo que tú también necesitas otra copa de vino.
– No -respondió mirándolo a los ojos-. Creo que lo que necesito es ver el objeto por el que Nasim me envió aquí.
Tarik se paró en seco.
– Me preguntaba cuándo me ibas a recordar esa particular promesa. -Dejó la jarra sobre la mesa-. Pero estaba disfrutando tanto de vuestra compañía que casi la había olvidado.
– No creo que te olvidaras. Aunque nos ha resultado fácil olvidarla.
– ¿Crees que he hecho que os confiarais demasiado? Te equivocas, aquí estáis seguros. Cada día que pasa estoy más convencido de que poneros en peligro es lo último que haría en el mundo.
– El objeto -urgió Kadar.
– Mañana por la mañana.
– Esta noche.
– Eres muy persistente -suspiró Tarik-. Muy bien, esta noche. -Dejó su copa y cogió un candelabro-. Seguidme, está en la cámara al final del pasillo.
La estancia a la que Tarik los llevó era pequeña y estaba escasamente amueblada. Una mesa larga de roble y dos sillas ocupaban el centro de la habitación. En la mesa había un pedestal de madera en el que descansaba un manuscrito encuadernado en piel marrón.
Tarik señaló con el dedo.
– Ahí está.
– Eso no es un tesoro -dijo Selene.
– Pero es lo que llevó a Nasim a buscar el tesoro -respondió Tarik-, y el valor de un manuscrito está en cuan valioso lo considere su poseedor.
Selene sintió una oleada de emoción.
– ¿Una habitación entera para un manuscrito?
– No le des tanta importancia a eso. Si pudiera conseguir más volúmenes, lo haría. Tengo pasión por las palabras.
¡Qué raro placer encuentro en ellas en este agitado mundo!
Kadar ya se había sentado a la mesa y estaba abriendo el volumen.
– Necesito luz. Déjame las velas, Tarik.
– La luz sería mucho mejor si esperas a que sea de día.
– Déjame las velas.
Tarik puso el candelabro en la mesa.
– Te vas a quedar ciego. La escritura no es muy clara. Fue escrito por un escriba, no por el monje de un monasterio. -Se volvió hacia Selene-. ¿Tendrías tú, al menos, la sensatez de irte a la cama?
– Enseguida. -Se sentó en la silla al otro lado de la mesa, frente a Kadar-. Me quedaré un poco más.
La mirada de Tarik iba de uno a otro, con una ligera sonrisa que le curvaba los labios.
– Debería haber sabido que no serviría de nada discutir. Un sorbo nunca es suficiente cuando se está sediento, y ambos tenéis una sed voraz de vivir.
– Igual que vos -dijo Selene.
– La tuve tiempo atrás. Pero he bebido lo suficiente como para calmar mi sed. -Se dirigió hacia la puerta-. En fin, me voy a la cama. No me despertéis. No responderé a ninguna pregunta hasta mañana.
Cuando se cerró la puerta tras él, los ávidos ojos de Kadar se concentraron en el pergamino.
Selene se recostó sobre la silla, mirándolo a la cara, esperando.
La estaban subiendo por las escaleras.
Selene abrió unos ojos soñolientos y vio el rostro de Kadar mirándola. Su expresión denotaba nerviosismo y tensión.
¿Iban a la habitación de la torre?
No, esto era diferente. No se percibía el aroma del hachís…
– Kadar, ¿dónde…?
– Shh, te quedaste dormida sobre la mesa. -La llevaba a su aposento, para acostarla en la cama.
¿Se había quedado dormida sobre una mesa? Qué extraño… ¡el manuscrito!
– ¿Qué decía? -Se incorporó de un salto, completamente despejada-. ¿Qué había en él?
Él se sentó en la cama junto a ella.
– Nada interesante. Me parece que el manuscrito debe ser una broma de Tarik.