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Alto.

Con una gran capa negra. Cabello oscuro recogido en una coleta.

Nasim.

Se dio la vuelta en dirección a las escaleras.

– No. -La mano de Mario le sujetaba el hombro. Su tono ya no era tan jovial.

Selene le dio un rodillazo en la ingle.

Él dio un grito, pero no aflojó la mano.

Ella empuñó la daga que llevaba bajo la capa.

No tuvo oportunidad de sacarla.

– Perra. -Mario la metió de un empujón en la habitación y le dio un puñetazo por detrás del cuello.

Dolor.

Se caía.

No debía desmayarse. Nada de marearse. Nasim se inclinaría sobre ella. Debía estar preparada para clavarle el cuchillo en el pecho.

Pasos en el suelo de madera. Mantuvo los ojos cerrados.

Él se estaba acercando.

– Idiota. Te dije que no le hicieras daño.

– Tuve que hacerlo. Intentó quitarme mi hombría.

– Lo haría yo misma si no supiera que tienes el cerebro en los testículos.

Esa voz grave no era la de Nasim. Selene abrió los ojos de golpe.

– ¡Una mujer!

– Así que Mario no te ha hecho tanto daño como me temía -dijo la mujer con la mirada fija en el rostro de Selene-. Estás pálida, pero podría ser del miedo.

– No te tengo miedo.

– Escapaste.

– Pensé que eras otra persona. Nasim.

– No es muy halagador que creyeras que soy un hombre. Pero puedo ser mucho más peligrosa que Nasim. -Se dio la vuelta hacia Mario-. Ve a buscar al chico, Haroun, y dale de comer. Dile que ella está tomando un baño y que hablará con él más tarde.

Mario salió apresuradamente de la habitación.

– ¿Quién eres? -preguntó Selene-. ¿Eres uno de los adeptos de Nasim?

– Yo no soy adepta de nadie. -La mujer se dirigió hacia el lavamanos que había al fondo de la estancia-. Siéntate y retira la mano de la daga. No deseo hacerte daño hasta que averigüe lo que necesito saber.

La mano de Selene permaneció en la empuñadura de la daga mientras se incorporaba. Se sentó y vio cómo la mujer empapaba un paño en la jofaina. Debía rondar los treinta años, era tan alta como la mayoría de los hombres y de hombros anchos; la capa negra que llevaba revelaba y escondía a la vez su delgada figura. Sus facciones no eran bellas. Tenía la nariz demasiado grande, la mandíbula era firme y ancha, pero sus labios eran carnosos y bien formados, y los ojos eran oscuros y realmente bellos.

– No te diré nada.

– No te precipites. No tienes ni idea de lo que quiero saber. -Se estaba acercando a Selene y se detuvo a unos pasos de ella. Le lanzó el paño húmedo al regazo-. Límpiate la cara y luego ponte el paño en la parte de atrás del cuello. Lo haría por ti, pero no creo que aprecies mis servicios, además no se me dan bien estas cosas. -Se sentó en una silla y estiró sus largas piernas-. Hablaremos en cuanto termines.

Selene no tocó el trapo.

– Hablaremos ahora.

– He dicho que hablaremos… -La mujer estudió la expresión de Selene y asintió lentamente-. Muy bien.

Incluso sentada, esa mujer poseía poder y aplomo, y Selene instintivamente cambió hacia una actitud menos servil. Se puso en pie como pudo para ser ella quien mirara hacia abajo.

La mujer asintió de nuevo en tono de aprobación.

– Mejor todavía.

– ¿Quién eres?

– Mi nombre es Tabia.

– ¿No estás relacionada con Nasim?

– No he dicho eso. Dije que no le debía sumisión.

– ¿Te ha pagado para que me traigas aquí?

Tabia negó con la cabeza.

– Nasim no tiene nada que ver en esto, ya te habrías dado cuenta de ello si hubieras pensado un poco. Nasim tiene la arrogancia y la estupidez de la mayoría de los hombres cuando hay alguna mujer involucrada. Nunca pensaría que somos lo suficientemente inteligentes como para tender una buena trampa. -Hizo una mueca-. Y en la mayoría de los casos tendría razón. Hemos dejado que los hombres apaguen nuestra inteligencia; nos han mentido durante tanto tiempo que las mujeres nos hemos convertido en seres dignos de lástima. ¿No estás de acuerdo?

– No. Yo no soy digna de lástima. Nunca lo seré.

Por primera vez asomó una ligera sonrisa en los labios de Tabia.

– Creo que dices la verdad. Es reconfortante. No puedo explicarte lo harta que estoy de tanto lloriqueo…

– ¿Por qué estoy aquí?

– Porque Tarik te envió a mí.

Selene se puso rígida.

– ¿Tarik me ha traicionado?

Negó con la cabeza.

– Tarik no tiene la sutileza necesaria para mentir ni traicionar.

– Sabe cómo mentir. Me dijo que me enviaría a mi hogar en Escocia. Por eso estoy aquí en Génova.

– Y estoy segura de que mandó un mensaje con Antonio al capitán de su barco dándole instrucciones precisas para ello.

– Entonces no me ha enviado a ti. Lo que dices no tiene sentido.

– Tarik es un hombre en conflicto. A veces quiere las cosas de cualquier manera. Tiene un instinto excelente, y pienso que sabía que Antonio es mi empleado. Sabremos lo buenos que son esta noche. -Se puso en pie-. Llamaré a Mario y le diré que nos traiga vino y algo de comer.

– No comeré contigo.

– ¿Por qué piensas que soy tu enemiga?

Selene la miró atónita.

– Me das un golpe en el cuello. Me traes hasta aquí. Es una suposición razonable.

– Pero no siempre la razón cuenta la historia completa. No soy tu enemiga. A lo mejor soy tu mejor amiga. Ya veremos después de contestar a mis preguntas.

Selene negó con la cabeza.

– Hay que fiarse de las impresiones. Mírame. ¿De verdad crees que quiero hacerte daño?

La mirada de Tabia era valiente, directa y aparentemente sin malicia. ¿Y qué? Selene pensó con impaciencia. Sería una locura confiar en ella.

Tabia sonrió.

– Estoy segura de que Tarik te dejó frustrada y confundida. Es una costumbre en él. Comprobarás que yo soy mucho más abierta. ¿No sientes curiosidad por conocer los planes que tiene para Kadar?

Selene se quedó helada.

– ¿Y qué sabes tú de Kadar?

– Mi principal ocupación es saber todo lo posible sobre los quehaceres de Tarik -dijo frunciendo el ceño-. Pero no sé por qué eligió a Antonio para traeros hasta aquí. Tengo que saber todo lo que ha ocurrido en Sienbara.

– Entonces pregunta a Antonio.

– Él no puede decirme lo que pasa tras las puertas. Lo negociaré contigo. Tú me dices lo que necesito saber y mañana por la mañana el chico y tú seréis libres. -Miró a Selene directamente a los ojos-. Conociendo a Tarik, dudo que lo que hayas adivinado tenga alguna relevancia que creas peligrosa para ti o para Kadar.

– ¿Entonces por qué necesitas saberlo?

Se encogió de hombros.

– Es parte del juego que nos traemos entre manos Tarik y yo. No comprendo este movimiento y eso me preocupa.

Selene se vio invadida por una oleada de rabia. Primero Tarik se había atrevido a usarlos, y ahora esa mujer estaba intentando hacer lo mismo.

– Yo no formaré parte de vuestro juego.

Tabia levantó las cejas.

– ¿Ni siquiera para salvar a tu Kadar?

Selene respiró hondo, procurando ocultar que las palabras habían dado en el clavo.

– Yo no sé si puedes o quieres salvarlo, y que yo sepa no está en peligro.

– Sí que lo está. ¿No te gustaría saber por dónde le viene el peligro?

– ¿Prometes decírmelo?

– Lo prometo -dijo Tabia-. Comprobarás que yo no tengo tantos secretos como Tarik.

Selene se clavó las uñas en las palmas de las manos al apretar los puños. La mujer tenía razón: lo que había ocurrido en Sienbara no representaba una evidente amenaza. Podría evitar mencionar el cofre y el manuscrito que…