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– Por ejemplo, apostaría a que os enseñó el cofre de oro pero se negó a mostraros el interior. Yo nunca sería tan descortés.

Selene abrió los ojos de par en par.1

– ¿Sabes lo del cofre?

Tabia desvió la mirada.

– ¿Todavía lo guarda con esa horrible estatua de madera?

– Sí.

– Es un tonto sentimental. -Tabia se dio la vuelta en dirección hacia la puerta-. Pediré algo de comer.

– No ceo haber dicho que haya cambiado de idea.

– Sabes que ya lo has hecho.

– Evidentemente puedo decirte poco que ya no sepas. -Selene hizo una pausa-. Solo espero que mantengas tu promesa.

– Sí, de acuerdo. -Tabia hizo un gesto de impaciencia con la mano. -Lo sé todo. ¿Te imaginas que soy tonta?

No, la mujer era inteligente, manipuladora, con un desprecio absoluto por todo menos por ella misma.

– Quería dejarlo bien claro.

– ¿Y qué harías si decidiera no cumplir con nuestro trato?

– Encontraría la manera de hacerte daño.

Tabia parpadeó.

– ¿En serio? Qué interesante. -Abrió la puerta y gritó -: Comida, Mario. Y el mejor vino que tengas en la casa.

CAPÍTULO 12

– ¿Y eso es todo? -preguntó Tabia apoyándose en el respaldo de la silla-. ¿Me has contado todo?

– Sí. Te dije que seguramente estarías al corriente de lo que yo sabía.

– No de todo -dijo Tabia limpiándose los dedos con la servilleta antes de retirarla a un lado y coger la copa-. ¿Y las heridas de tu Kadar se han curado lo suficiente como para viajar?

– No es mi Kadar -replicó Selene bebiendo un sorbo de su vino-. Casi pierde la vida. No debería viajar.

– ¿Pero podría?

Selene asintió.

– Entonces apostaría a que Tarik ya le tiene a mitad de camino de Roma en este momento.

– Yo no he mencionado Roma.

– Ya he notado esa omisión. Pero Tarik tiene una casa allí, y es un lugar razonable para esconder a Kadar mientras lo instruye.

– ¿Instruirlo?

– Sí. -La mirada perdida de Tabia estaba fija en el rostro de Selene-. Ésta es la primera vez que Tarik me ha enviado a alguien. Debe tenerte mucho aprecio. ¿Se ha acostado contigo?

A Selene casi se le salen los ojos de las cuencas

– No.

– No creía que lo hubiera hecho. Eres demasiado atrevida para sus gustos actuales. Le gustan las mujeres sumisas y dulces. Tú no tienes nada de dulce -afirmó haciendo una mueca-. Eso es bueno. El sabor a miel me pone enferma. Disfruto más con unos dientes afilados que con la suavidad. ¿Más vino?

– No, gracias.

– Una copa más. Te ayudará a dormir. -Se levantó y se dirigió hacia la mesa que había junto a la puerta, donde Mario había dispuesto una jarra llena. Llevó la jarra a la mesa y sirvió vino en la copa de Selene-. Lo necesitarás.

– ¿Estás segura ahora de que Tarik me envió a ti a propósito?

– No me cabe la menor duda. Aunque probablemente lo negaría.

– ¿Por qué lo haría?

– Quiere que yo haga lo que él no puede.

Selene se puso tensa.

– ¿Y qué es ello, si puede saberse?

Tabia sofocó una risa.

– Por todos los dioses, ¿pensabas que me refería a matarte?

– Se me ha pasado por la cabeza.

La sonrisa de Tabia se desvaneció.

– Yo no mato. Ni siquiera mataría a ese monstruo de Nasim. La muerte me horroriza.

Selene le creía. Había pronunciado cada palabra con pasión.

– Pretendía mantenerme alejada de Kadar. Quizá no sepa lo que sientes.

– Oh, sí que lo sabe. -Se dejó caer en la silla-. Nos conocemos muy bien el uno al otro. Acábate el vino y te contaré lo bien que nos conocemos.

Selene bebió su vino lentamente, en pequeños sorbos.

– No me interesan tus asuntos con Tarik.

– ¿Incluso si esos asuntos están relacionados contigo y con Kadar? Por supuesto que te interesan.

– Muy bien, ¿qué significa Tarik para ti?

– Es mi esposo.

Selene se la quedó mirando, atónita.

– Su mujer está muerta. Al menos eso me dijo.

– ¿Rosa? Ella nunca fue su esposa. ¿Cómo podría serlo si cuando se casó con ella yo aún estaba viva? -Miró hacia otro lado-. Yo soy su única esposa.

– Layla…

Volvió la mirada hacia Selene.

– ¿Te habló de mí?

– Me habló de Layla, su primera mujer. Me dijo que yo era como ella.

Torció la boca.

– Te aseguro que no fue un cumplido. No nos llevamos lo que se dice muy bien.

Un torbellino de pensamientos se arremolinaba en la cabeza de Selene.

– Me dijiste que te llamabas Tabia.

– Una pequeña mentira necesaria.

– ¿Por qué una mentira es necesaria?

– Ya estabas bastante confundida. No veía la necesidad de acrecentar el embrollo. Tarik y yo nos separamos hace mucho tiempo.

– Pero todavía mandas espías a Sienbara.

– Porque tenemos un interés común. No por ninguna razón personal.

– ¿El tesoro?

– Tarik es un soñador. No siempre puede uno fiarse de que los soñadores hagan lo mejor. El cofre es demasiado valioso como para dejarlo en sus manos solamente.

– ¿Entonces contiene el grial?

Layla asintió.

– Hay un grial. Pero no hay ninguna magia relacionada con él, como Nasim se imagina.

– ¿Es el grial de la Última Cena?

Layla se encogió de hombros.

– No lo creo. Quizá. El grial es muy antiguo y estuvo una vez en Tierra Santa.

– ¿Una vez?

– Llegó a mis manos y a las de Tarik en Alejandría. -Bebió un buen trago de su copa de vino-. ¿Has estado alguna vez en Alejandría?

– Está en Egipto. Mientras estaba en la Casa de Nicolás conocí a clientes que venían de allí para comprar seda.

– Ah, sí, ahora lo recuerdo. -Sonrió cuando vio a Selene ponerse rígida-. No te gusta que conozca tus raíces. Te dije que tenía que saberlo todo sobre los que se relacionan con Tarik.

– La relación no fue por voluntad nuestra.

– Pero existe. -Cambió de tema-. Además, deberías estar orgullosa de haber escapado de esa prisión en la que creciste. Fue una batalla bien ganada.

– Kadar me sacó de la casa de Nicolás.

– Eso me han contado. Pero con el tiempo habrías encontrado la manera de liberarte tú sola -dijo haciendo una mueca-. Sin embargo, es cierto que tuviste suerte. Yo no pude liberarme de mi prisión hasta que fui adulta.

– ¿Tu prisión?

– Crecí en la Casa de la Muerte.

A Selene se le pusieron los ojos como platos.

– Pero, por supuesto, no sabes lo que es. Nací en una pequeña aldea al norte de Alejandría. Cuando tenía ocho años, fui elegida por los sacerdotes para ser llevada a la Casa de la Muerte en Alejandría. Nunca volví a ver a mis padres.

– ¿La casa de la Muerte?

– Sí, la casa donde llevan a los muertos para prepararlos antes del enterramiento. El lugar donde envuelven sus cuerpos para preservarlos para la eternidad y los sacerdotes guían sus almas a la tierra de la alegría eterna -El tono de Layla estaba cargado de ironía-, Y yo fui elegida por los dioses para ayudarlos a cruzar. ¿Crees que es una tarea adecuada para una niña de ocho años?

– ¿Dioses? Solamente hay un Dios.

– Aquí, en la Cristiandad. En Egipto muchos todavía creen en los antiguos dioses. Es una religión muy reconfortante. Uno no necesita ser bueno si es rico o poderoso. Y es posible llevarse consigo todos los bienes terrenales más preciados. Siempre que los ladrones no encuentren la ubicación de tu tumba. Los ladrones incluso han llegado a quitar los vendajes de los cuerpos para ver si se habían dejado alguna joya.