Selene se estremeció.
– Nunca había oído nada semejante.
– Los ladrones son ladrones. Tanto si roban a los muertos como a los vivos. En mi opinión, es menos horrible robar a los muertos. Los vivos necesitan sus posesiones.
– Por lo que dices, de acuerdo con tu religión, lo muertos también las necesitan.
– Ya no es mi religión. Puede que nunca lo fuera. Empecé a dudar en el momento en que atravesé el umbral de la Casa de los Muertos. No podía soportar ser utilizada de esa manera.
– ¿Qué tenías que hacer?
– Yo era el símbolo de Akuba. Llevaba la máscara del chacal y permanecía de pie junto al cadáver mientras los sacerdotes cantaban y purificaban el cuerpo. -Hizo una pausa-. Y tenía que estar ahí mirando cuando les sacaban los órganos.
A Selene se le estaba revolviendo el estómago.
– ¡Dios mío!
– No sufras tanto. Al final te acabas acostumbrando. Al poco tiempo ni siquiera olía la podredumbre de la carne mezclada con el aroma del incienso. Los niños se acostumbran a cualquier cosa.
Los ojos de Selene buscaban su rostro.
– Me parece que estás mintiendo.
Layla levantó su copa haciendo un brindis burlón.
– Eres inteligente. Odié cada minuto de mis días mientras estaba despierta y soñaba con ello cada noche. Lo único que quería era ser libre. Intenté escapar una vez y ellos me devolvieron allí. Me golpearon hasta el límite de lo soportable. Me dijeron que la próxima vez mi castigo sería la muerte. Conocía la muerte. Decidí no arriesgarme hasta estar segura de que no me atraparían. Así que me quedé en la Casa de la Muerte hasta mi vigésimo sexto cumpleaños. Escuché, aprendí, busqué el modo de liberarme. Y lo encontré.
– ¿Cómo?
– Escuché la historia de un hombre joven llamado Selket que había trabajado en la Casa de la Muerte antes de que yo llegara allí. Los sacerdotes lo habían asesinado.
– ¿Por qué?
– Había encontrado un tesoro especial entre las pertenencias de uno de los muertos y no lo había compartido con dios. Lo torturaron hasta la muerte, pero murió sin revelar dónde lo había escondido. Selket era listo. Se aseguró de que tras su muerte no pudieran encontrarlo.
– ¿Qué tesoro? ¿El grial?
Asintió.
– Y si los sacerdotes lo querían, comprendí que no debían tenerlo. Yo lo habría enterrado o quemado antes de permitir que ellos tuvieran algo que deseaban. Los sacerdotes se dieron por vencidos en su búsqueda al cabo de unos años. Yo no. Veía el tesoro como mi salvación. Durante años lo busqué, excavé e hice preguntas. Debía tener mucho cuidado de que los sacerdotes no se enterasen de lo que estaba haciendo. Con el tiempo empezaron a pensar que estaba acobardada y sumisa ante cada uno de sus caprichos. Incluso se me permitió ir sola por la ciudad. Entonces encontré una pista. Dos semanas antes de su muerte, Selket había visitado a su tío, que era un escriba en las salas de la Gran Biblioteca.
– ¿Biblioteca?
– Un lugar donde se guardan miles de pergaminos y documentos. Los eruditos y los escribas venían de todo el mundo a trabajar y visitar la biblioteca. Descubrí que el tío de Selket había muerto, pero aún quedaba algo que me señalaría el camino. Era un escriba: a lo mejor había escrito algo en alguno de los pergaminos. Tenía que encontrar a alguien que me ayudara. Observé y estudié a las personas que trabajaban en la biblioteca y finalmente elegí a un escriba que parecía más accesible que otros. Había vivido entre los muros de la biblioteca durante casi toda su vida, y su trabajo era su única pasión. -Sonrió-. Se llamaba Tarik.
– ¿Tarik era un escriba? -En realidad no le sorprendió tanto cuando recordó la expresión en su rostro al mostrarles el manuscrito-. Continúa.
Layla negó con la cabeza.
– Me parece que ya te he contado bastante por el momento. Mucho más de lo que a Tarik le gustaría. Siempre ha aconsejado prudencia. Además, ya estás casi lista para deshacerte de la fatiga. Es hora de irse a dormir.
– No, deseo oír…
Layla se había puesto en pie y se dirigía hacia la puerta.
– Espera. No des un paso más hasta que me digas qué planes tiene Tarik para Kadar.
– Oh, desea que guarde el grial. -La respuesta era tajante.
– ¿Eso es todo?
– Te aseguro que es más que suficiente para causarle muchos problemas. -Abrió la puerta-. Tendremos que compartir el lecho. Acábate el vino y métete en la cama mientras bajo y me aseguro de que le han dado comida y cama a Haroun.
– Yo puedo hacer…
Selene se detuvo cuando la puerta se cerró tras Layla.
Estaba claro que la mujer no iba a tolerar discusión alguna.
Bien, quizá tuviera razón. Selene estaba cansada y le zumbaba la cabeza con todos los acontecimientos y revelaciones del día.
Pero no quería irse a dormir. Quería escuchar más. La había impresionado y horrorizado la historia de Layla. La época que pasó en la casa de Nicolás fue tremenda, pero vivir en una Casa de la Muerte… Podía entender por qué la mujer parecía dura y obstinada. Era un milagro que Layla se las hubiera arreglado para sobrevivir y no volverse loca en un lugar como ése.
Selene se dio cuenta con sorpresa de que estaba inventándose excusas para perdonar a Layla. La mujer era voluble, temeraria y seguramente dura como la piedra. Selene debería estar recelosa de compartir su aposento con ella, y esa noche ocuparían el mismo lecho. ¿Por qué no era más cautelosa?
Porque presentía que Layla tenía un resquicio de vulnerabilidad bajo esa dura capa en la superficie.
A lo mejor Layla y ella poseían cualidades similares. A Selene también le desagradaba que indagaran en su interior y le gustaba hacer las cosas a su manera. Bien, una de esas cosas era asegurarse de que Kadar estaba a salvo, y no podría hacerlo hasta saber de dónde venía el peligro. Mañana intentaría que Layla le contara más cosas.
Apuró su copa de vino y la puso en la mesa antes de desnudarse y meterse en la cama.
¿Dónde estaría Kadar en este momento?
La invadió una dolorosa soledad. No tenía ninguna lógica sentir este dolor. ¿Iba a estar así de atontada el resto de sus días?
Oh, Señor, mucho se temía que sí.
Selene estaba profundamente dormida, tendida sobre la cama como un bebé.
Layla movió la cabeza arrepentida mientras posaba su mirada en ella. No podía meterse en la cama con ella sin despertarla, y no quería hacerlo. Selene necesitaba dormir esa noche.
Bueno, Layla había dormido en una silla muchas otras veces. Se dejó caer en la que había frente a la chimenea. Hizo una mueca de dolor cuando intentó alcanzar su copa. Esa silla no tenía almohadones y era más incómoda de lo habitual.
Deja de quejarte. De todas formas no habrías dormido mucho.
Su mirada vagaba entre el fuego y Selene. Demasiado dolor. Demasiada pasión. Se daba cuenta de por qué Tarik había vacilado. Seguramente se había involucrado mucho con Kadar y Selene durante esas últimas semanas.
No te preocupes, Tarik. No te fallaré.
Pobre Tarik. ¿Era el cansancio o el desánimo lo que lo estaba empujando hacia ella? No importaba. Nada le importaba. Con tal de que volviera con ella.
Cerró los ojos con fuerza mientras la invadían oleadas de recuerdos.
Se estaba marchando.
– Pero te amo. -Las manos de Layla se aferraban a sus brazos con frenesí.
– Lo sé. -Los labios de Tarik estaban lívidos de dolor-. No importa.
– ¿Cómo puedes decir eso? Sí que importa. Quédate.
– Eres demasiado fuerte. Siempre me convencerías de que tú tienes la razón y de que yo estoy equivocado.