– Tengo razón.
Tarik negó con la cabeza y se separó de ella.
– No puedo seguir haciéndolo por más tiempo.
Esto la estaba matando. ¿Es que no se daba cuenta de que no podía vivir sin él?
– Entonces no lo hagas. Solo quédate conmigo.
– ¿Y ver cómo lo haces tú? Es lo mismo. No fue culpa tuya.
Él abrió la puerta. Ella no sería capaz de detenerlo, se dio cuenta de ello con desesperación.
– Entonces márchate. Vive con tu maldita culpabilidad. Come con ella, duerme con ella.
– No quiero hacerte daño.
– No me lo estás haciendo. -Ella alzó la barbilla-. Te olvidaré. ¿Para qué necesito un necio como tú?
Él cerró la puerta tras de sí.
¡Tarik!
No debía dejar que volvieran los recuerdos. La angustia era demasiado intensa. Es como si lo estuviera reviviendo de nuevo. ¿Cuántas veces durante los últimos años había sofocado sus recuerdos de esa escena y cerrado esa parte de su corazón?
Pero ahora estaba bien recordar. Había motivos para pensar que por fin estaba cediendo.
Le había enviado a Selene.
Selene se percató de que estaba terriblemente enferma incluso antes de abrir los ojos.
Apenas pudo llegar hasta el lavamanos que había al otro lado de la estancia antes de empezar a vomitar.
– ¿Qué sucede?
Había alguien detrás de ella. Layla.
– Respóndeme.
Dios santo, ¿es que esa estúpida mujer no veía que era incapaz de contestar?
Layla se encontraba a su lado, rodeando los hombros de Selene con el brazo mientras la ayudaba a caminar.
– No es nada… creo.
– Sí es algo. Me estoy muriendo. -Tenía el estómago vacío pero todavía se sentía fatal. Fue tambaleándose hasta la cama y se metió como pudo bajo las sábanas-. Vete.
– No te estás muriendo. -Layla estaba de pie junto a su lecho-. No lo permitiré.
Abrió los ojos y vio a Layla con el ceño fruncido, mirándola.
– Vete.
– No estás siendo sensata. Si estuvieras enferma de verdad, yo sería la única que podría ayudarte. Ahora no digas nada mientras decido qué medidas tomar.
Selene se sentía demasiado enferma como para discutir. Cerró los ojos, procurando luchar contra las náuseas que la abrumaban.
Corrían hilillos de agua fría por su cara y por las sábanas.
Dio un grito entrecortado, abrió los ojos de golpe y vio a Layla blandiendo con vigorosa autoridad un paño chorreando.
– Me estás ahogando.
Layla la miró enfadada.
– Bueno, no sé hacerlo de otra manera. Ya te dije que no se me daban bien este tipo de cosas.
– Tienes toda la razón.
– Y además no puedes estar enferma. No entraba en mis planes… ¿Por qué estás así?
Por si no era suficiente con estar enferma, esa despiadada mujer encima pretendía que se disculpara.
– Seguramente es por estar en la misma habitación que tú -dijo entre dientes.
– No lo creo. ¿Te duele algo?
– Todavía no. -Se acurrucó entre las sábanas-. No tengo ganas de hablar.
– Debemos encontrar dónde está el problema. ¿Te sentó mal el estofado de carne que cenamos anoche?
– Quítame ese trapo de encima o te lo tiraré a la cara.
– Está bien. De todas formas no te está sirviendo de nada. Siempre he tenido la sospecha de que mojar la frente está sobrevalorado.
– Procuraré dormirme otra vez. Déjame sola.
– Supongo que te sentará bien. -Layla se dejó caer sobre la silla-. Pero te despertaré si el sueño parece demasiado profundo.
Seguramente con otro baño de agua helada.
– Si lo vuelves a hacer, te estrangulo.
– Infeliz desagradecida. -Sin embargo la suavidad con la que acomodó las sábanas de Selene contrastaba con la rudeza de su tono-. Descansa. No dejaré que nada te haga daño.
La náusea se le había pasado cuando de nuevo abrió los ojos.
– ¿Mejor? -preguntó Layla-. ¿Te apetece comer algo?
Aún tenía la mente demasiado nublada por el sueño como para pensar con claridad.
– No lo sé.
– Deberías comer algo. Ya ha pasado el mediodía. Has estado durmiendo toda la mañana.
Se dio cuenta con asombro de que tenía hambre. Había desaparecido todo rastro de enfermedad y se sentía maravillosamente bien. Era como si la enfermedad de esa mañana nunca hubiera existido.
Mareo mañanero.
¡Madre de Dios!
– Pareces enferma otra vez -suspiró Layla-, ¿Necesitas una palangana?
– No -susurró-. Estoy bien.
– Te has puesto pálida -dijo frunciendo el ceño-. Dime algo o te juro por Dios que vuelvo a empaparte la cara.
– Estoy encinta.
– ¿Qué?
Selene se sentía tan aturdida como la propia Layla.
– Tengo mucho retraso en mi menstruación, y este mareo es como el que tenía mi hermana durante los primeros meses de embarazo.
– ¿Estás segura?
No le cabía la menor duda. Qué extraño y maravilloso a la vez estar tan segura de que el hijo de Kadar estaba creciendo en su vientre.
– No quería creerlo. Me negaba a pensar en ello.
– ¿Es que no quieres a este hijo?
– Por supuesto que sí. -La respuesta le salió con una ferocidad que incluso le sorprendió a ella.
Layla la cogió de la mano.
– No la tomes conmigo. Es una pregunta razonable. Has dicho que no querías creerlo, y tanto tú como tu bastardo lo tendréis difícil en este mundo.
– Lo sé. -Pero no quería ser razonable. Se sentía tranquila y apacible como la miel tibia. Nunca había imaginado que sería así. ¿Dónde estaban todos aquellos miedos y temores? Un hijo era un inconveniente, incluso un peligro. Nada de eso parecía tener importancia-. ¿Crees que permitiría que llamaran a mi hijo bastardo?
– ¿Cómo podrás evitarlo?
– Me casaré con Kadar. -Se sentó en la cama y se puso en pie de un salto-. Me desposará para proteger a nuestro hijo.
– ¿Y luego qué?
– Regresaré a Montdhu como era mi intención. -Se acercó hasta la jofaina y se enjuagó la boca. Madre mía, tenía un sabor horrible-. Llama a Mario. Necesito un baño y una comida antes de ponerme en camino.
– ¿Y adónde vamos?
– A Roma. Me vas a llevar a casa de Tarik.
– ¿Ah, sí?
– Si no iré yo sola a buscarla. -Selene la miró por encima del hombro-. Seguro que aquí no me voy a quedar, y no creo que me dejes ir sola, si crees que Tarik me envió a ti.
– Muy lista. Yo no lo haría -dijo frunciendo el ceño-, aunque las cosas no están saliendo como esperaba.
La euforia no duraría mucho, el miedo y la depresión podrían llegar pronto, pero ahora debía aprovechar el buen momento en que se encontraba.
– Aprovecharemos lo bueno de esta situación.
Layla sonrió débilmente al ver el rostro radiante de Selene.
– Sí, lo intentaremos. -Se dio la vuelta-. Muy bien, pero nos llevaremos a Haroun y a Antonio.
– No quiero que Antonio venga.
– ¿Porque es mi sirviente? Vendrá de todas formas. No te preocupes, le diré que se mantenga lo más alejado posible, fuera de nuestra vista. No emprenderé este viaje sin un guardia que nos haga la vigilancia. -Miró por encima del hombro-. Nasim no es estúpido. Nos perseguirá.
SIENBARA
– Génova -dijo Balkir-. Tarik tiene un barco allí. Hemos preguntado a todo el mundo en el castillo y en el pueblo. Tiene que ser Génova.