Aún estaba oscuro. Solamente se filtraba un hilo de pálida luz de luna por las nubes de un cielo cubierto. ¿Cómo podría Antonio estar tan seguro de…?
No podían arriesgarse.
– ¿A qué distancia?
– No lo sé. Minutos… Se dio la vuelta, corrió hacia los caballos y se apresuró a ensillar su yegua.
Layla había terminado de ensillar su caballo y se lo llevaba a Selene.
– Monta mi caballo y lárgate de aquí -dijo Layla secamente-. Date prisa.
– No, esperaré a…
– No hay tiempo. Estaremos justo detrás de ti. ¿Quieres arriesgar la vida de tu hijo?
Quiero ese niño.
La invadió una oleada de terror. Si Nasim se enteraba de que estaba encinta, se llevaría al bebé si nada varón y lo mataría si era niña. No podía poner en peligro al niño. Dejó de discutir y se subió al caballo de Layla.
– ¿Dónde nos encontraremos?
Layla señaló hacia un denso bosque en la lejanía.
– Será fácil esconderse entre los árboles. -Espoleó a su caballo en las ancas traseras y la obligó a correr como alma que lleva el diablo.
El viento le cortaba las mejillas.
Tenía la ropa pegada al cuerpo.
Se atrevió a mirar a sus espaldas.
No venía nadie. ¿Dónde estaban Layla y…
No debía dejarse llevar por el pánico. Solo habían pasado unos minutos.
Sintió un gran alivio cuando divisó a Layla, a Haroun y a Antonio cruzando el claro.
No veía a nadie persiguiéndolos. Quizá todo había sido un error. A lo mejor no era Nasim.
O puede que sí.
Espoleó a su caballo.
El bosque estaba justo frente a ella.
Y allí estaba, a su alrededor. Oscuridad. Sombras. El denso palio de ramas sobre su cabeza. Seguridad.
– Baja del caballo. -Layla cabalgaba a su lado y bajó de un salto-. Dale un azote a tu caballo para que salga corriendo y escóndete entre los matorrales. Se está acercando.
– ¿Nasim? -Desvió la mirada en dirección al camino.
Los jinetes se acercaban al galope hacia el bosque, liderados por Bailar y Nasim.
Se deslizó por la silla y le propinó a su caballo un buen cachete. El equino se adentró en la espesura.
Antonio y Haroun habían llegado también, Antonio desmontó de su caballo. Haroun se encontraba todavía en su montura, mirando hacia atrás.
– ¡Por todos los santos, date prisa, Haroun! -gritaba Selene con frenesí mientras se adentraba entre la maleza.
– Están demasiado cerca. -Tenía el rostro demudado por el miedo-. Os encontrarán. Tengo que…
Espoleó su caballo al galope.
Ella abrió los ojos de espanto.
– ¡Haroun!
Layla le tapó la boca con la mano a la vez que la tiraba al suelo.
Tenían encima a los jinetes.
Polvareda. Estruendo. Ruido de ramas rotas.
Selene veía los cascos volar a corta distancia de donde se encontraba.
– ¡Allí! ¡Adelante! -Era la voz de Balkir-¡El muchacho!
La tierra tembló cuando los jinetes pasaron entre los arbustos donde estaban escondidos.
Layla retiró la mano de la boca de Selene.
– Lo matarán. -Escudriñaba en la oscuridad con ojos agonizantes el lugar donde habían desaparecido los jinetes-. Lo apresarán.
– No podemos quedarnos aquí. -Layla se levantó y la ayudó a ponerse en pie-. Volverán. Tenemos que encontrar un lugar donde escondernos. -Se volvió hacia Antonio-. Sigue adelante. Dirígete hacia el sur. Busca una cueva. Encuentra aunque sea un árbol al que podamos trepar. Cualquier cosa que nos permita estar fuera de su alcance.
Antonio asintió y se esfumó entre los matorrales.
– Vamos. -Layla la agarró por el brazo-. Tenemos que salir de aquí.
– Tenemos que ayudar a Haroun. Lo matarán.
– No podemos ayudarlo. Tiene que arreglárselas él solo. Quizá consiga escaparse. De cualquier modo, no podríamos alcanzarlo a pie. Aunque lo intentáramos, no podríamos detenerlos. Estamos en minoría.
– Tenemos que intentarlo. Sabes que lo matarán si lo apresan.
– Por supuesto que lo matarán. -La voz de Layla hería como un látigo-. No seas estúpida. Nos matarán a todos si les damos la oportunidad. Puede que a ti no te maten, pero te utilizarán a ti y al niño para llegar a Kadar y a Tarik. ¿Quieres entregarnos a Nasim por intentar salvar a un hombre que no puede ser salvado?
– El intentó salvarnos.
– Sí, y sabía perfectamente lo que estaba haciendo. ¿Vas a dejar que su sacrificio sea en vano? Usa la cabeza.
Selene no quería entrar en razón. Intentó zafarse de Layla, que la tenía agarrada.
– El niño -dijo Layla-piensa en el niño. No tienes derecho a arriesgarte a que muera.
El niño.
Haroun.
Nadie tenía derecho a elegir quién debía vivir o morir. Cerró los ojos al sentir fuertes oleadas de dolor.
– Ven -dijo Layla agarrándola por el codo de manera suave pero firme-. Es lo mejor que podemos hacer.
Layla siempre parecía saber qué era lo mejor en cada momento, pensó Selene débilmente. Qué reconfortante debe ser. Bien sabe Dios que ella no era capaz.
Permitió a Layla que la condujera en dirección opuesta a la tomada por Haroun y Nasim.
Unas horas más tarde, Antonio localizó una pequeña cueva en la ladera de una colina.
Emplearon la hora siguiente en camuflar la entrada de la cueva con ramas. Antonio se apostó cerca de la abertura. A partir de ese momento solo les quedaba esperar y vigilar.
Y preocuparse por Haroun.
– No te apures más. -Los ojos de Layla estaban posados en el rostro de Selene-. No te conviene.
– No seas tonta. ¿Cómo puedo dejar de preocuparme? -Selene tenía apoyada la mejilla en la fría pared de piedra de la cueva-. Deberíamos haber ido tras él.
– Entonces échame a mí la culpa. La decisión fue mía.
– No, yo la tomé. Yo soy la culpable. No tenía por qué ir contigo.
– Eso es verdad. Pero entonces te habría tenido que golpear en la cabeza y Antonio habría tenido que llevarte en brazos. De cualquier forma no habrías podido ir tras Haroun.
– No eras tú quien tenía que tomar esa decisión.
– Aun así, la tomé -dijo torciendo la boca-. Para mí era más fácil. Quería que tú y el bebé vivierais, y mi afecto por Haroun es menor. Además, estoy acostumbrada a tomar decisiones de esa naturaleza.
Selene se dio cuenta de que estaba hablando de la vida y de la muerte.
– ¿Has matado alguna vez a alguien?
– No intencionadamente. Ya te dije que no podría soportarlo. Sin embargo, las cosas pasan -dijo encogiéndose de hombros-. Y no me esconderé de ello. No soy como Tarik.
Selene no sabía a qué se refería Layla, pero estaba demasiado aturdida y entumecida para investigar. No podía quitarse de la cabeza la expresión de Haroun el momento antes de espolear a su caballo y adentrarse en el bosque.
– Nasim la aterraba-susurró-, Haroun no era un hombre valiente.
– Te equivocas; se necesita mucho valor para enfrentarse a los temores de uno.
– Era el bebé. Me prometió que cuidaría de mí. No debería haberle dicho nada del bebé.
– ¿Y no crees que lo habría hecho de todas formas?
– Quizá. -Cerró los ojos-. No lo sé. Arriesgó su vida en Montdhu para venir tras de mí.
– Entonces el bebé no tenía nada que ver con ello. Ahora deja ya de darle vueltas. Procura dormir.
¿Dormir? Si no hubiera estado tan entumecida, se habría echado a reír,
– ¿Cuándo podremos salir a buscarlo?
– Dentro de un día, quizá dos. A lo mejor más tiempo. Cuando estemos seguros de que Nasim se ha dado por vencido y abandone su búsqueda y el bosque.