Demasiado tarde.
Ocho de la tarde. Devolución de un pagaré por una carrera.
Vin Poison.
– Nos pareció que anunciaba su suicidio y no era así. Es una invitación. Convida a alguien a las ocho de la tarde y le ofrece vino y pescado. Pero se equivocó y escribió «veneno», poison, en lugar de pescado, poisson.
Tansy se negaba a excitarse.
– Pero ¿y lo del pagaré?
– No lo sé; debe de ser parte de la broma.
– Usted no me creyó cuando le dije lo de la broma.
– Tansy, creí que usted quería probar que Topaz no se suicidó.
– Lo que quiero es que quien lo haya hecho pague por ello.
Yo seguía paseándome por la sala, triunfante y excitada. A la sazón ni siquiera pensaba que un veredicto de asesinato nos ayudaría más que uno de suicidio. Ni siquiera me preocupaba la justicia. Se trataba de la emoción de la caza, pura y primitiva, y me temo que empecé a dar órdenes a la pobre Tansy, cual si su papel fuese el del rastreador.
– Tansy, quiero que se siente y me haga una lista de todos los clientes de Topaz que recuerde, bueno, visitantes si lo prefiere. Empiece con los de este año en Biarritz, siga por los del año pasado, y luego todos lo que recuerde desde que está al servicio de Topaz. Entonces, si… -me interrumpí al ver su expresión.
– No lo haré. Nunca cotilleé sobre eso cuando vivía, y no pienso hacerlo ahora que está muerta. Ella confiaba en mí.
– Tansy, no se trata de cotilleos sino de una investigación.
– No me importa cómo lo llame.
En ocasiones me han dicho que soy tozuda, pero mi obstinación no era digna rival de la de Tansy. Permaneció quieta, con los brazos cruzados. Mis argumentos hicieron tanta mella en ella como un remolino en una roca. Nunca había hablado de los asuntos de Topaz y nunca lo haría. Punto.
– ¿Ni siquiera para atrapar a su asesino?
– No la mató uno de ellos.
– Tansy, eso no lo sabe.
– Sí, lo sé.
Finalmente tuve que aceptar mi derrota.
– Muy bien, entonces tendré que averiguarlo de otro modo.
– Como quiera.
Una vez aceptada mi derrota, firmamos una tregua y ella preparó el té. De pronto, cuando estábamos sentadas, tomándolo, se echó a reír.
– ¿Qué le parece tan divertido?
– Estaba pensando en cuando fue a buscar el pescado. Sorprendió al señor Sombra.
– ¿El señor Sombra? ¿De qué me está hablando?
Sonrió maliciosamente, disfrutando de su triunfo por ser más observadora que yo.
– ¿No se fijó en él? Yo lo vi inmediatamente después de que salimos. Luego, cuando entramos en la segunda tienda, donde compró la ropa interior, estaba al otro lado de la calle. Es el hombre del abogado.
– ¿Qué hombre del abogado?
– El que le dije, el que vino el viernes para revisar los papeles de Topaz.
– ¿Por qué no me lo dijo?
– No quería tener nada que ver con él.
– ¿Cómo es?
Se lo pensó.
– Bastante alto, regordete, cara roja y bien afeitado. De unos cuarenta años. Sobretodo y sombrero negros, respetable pero no precisamente un caballero.
– ¿Francés o inglés?
– Inglés.
– ¿Y cree que nos estaba siguiendo?
– No lo creo, lo sé.
Pensé que Tansy exageraba la reaparición fortuita del hombre creyendo que la seguía. Bajo los raudos modales de Tansy empezaba a reconocer su gusto por lo teatral. Le pedí que si volvía a verlo me lo dijera, acabé mi té y me levanté con la intención de marcharme.
– El señor Jules dijo que vendría mañana para decirme cuándo será el entierro. ¿Usted va a ir?
Contesté que sí y que iría a ver a Jules Estevan por la mañana. Tansy bajó en el ascensor conmigo y me acompañó a la puerta lateral. Insistió en que me llevara el pescado, así que se lo regalé a un digno gato que encontré junto a los cubos de la basura del hotel.
7
Me dirigí hacia el frente del hotel con la intención de regresar desde allí a la zona de la ciudad donde me hospedaba y cenar. Pasaba un poco de las ocho y había una larga fila de carruajes que llevaban a gente a cenar al hotel. La observé ociosamente, vi vestidos con cuentas, joyas que refulgían a la luz eléctrica del vestíbulo y abanicos de plumas ondeando en el aire marino. El más sencillo de esos trajes habría costado el equivalente a seis meses de salario de gente como Rose y Tansy.
Dos hechos me sacaron del ánimo meditabundo en que había caído. El primero fue que vi a David Chester por segunda vez ese día: él y su rechoncha esposa -la muy imprudente lucía satén verde- se hallaban en un carruaje abierto acompañados de otra pareja en traje de noche, esperando a que el tráfico les dejara recorrer los pocos metros que los separaban de la entrada del edificio. Como mi brazo de arrojar ladrillos se movió de nuevo, como con voluntad propia, estaba a punto de alejarme de la tentación, pero algo me hizo mirar hacia arriba.
Entre las guirnaldas y las ninfas había luces, y lo primero que percibí fue una sombra moviéndose cerca de la cabeza de la cariátide de la derecha. Al principio pensé que pertenecía a una paloma dormida, pero era demasiado larga. Volvió a moverse y vi que se trataba de un joven en chaqueta y pantalones de tweed. Si perdía el equilibrio en la cornisa junto a la cabeza de la cariátide, caería al suelo enlosado desde unos doce metros; sin embargo se movía con ligereza. Dio un paso hacia una de las luces y pude distinguirlo mejor. No llevaba sombrero y su oscuro cabello rizado era largo como el de un artista. Había estado mirando los carruajes frente a los escalones y entonces, de pronto, alzó la cabeza y miró brevemente al mar. En ese segundo lo reconocí. No era un hombre y habría apostado todo el dinero de Biarritz a que estaba viendo a Bobbie Fieldfare. Doce metros más abajo, a punto de situarse en una posición adecuada para ser blanco de un disparo, David Chester dijo algo a su amigo y se volvió hacia el hoteclass="underline" la pechera de su camisa blanca constituía una diana tan nítida como lo habría deseado cualquier asesino sin experiencia.
Tuve un segundo para pensar y durante medio segundo mi odio me dijo que sí, que dejara que lo hiciera, pero luego pensé que eso entorpecería nuestra causa durante años, quizá para siempre. Grité:
– ¡Miren, regardez!
Señalé la cariátide. Se oyeron gritos y jadeos cuando la gente vio lo que señalaba. Los porteros corrieron escalones abajo para mirar y los ocupantes de los carruajes abiertos se levantaron para ver mejor. El horror se convirtió en risas.
– Demasiado vino burbujeante -dijo una voz inglesa.
Al parecer los jóvenes que pululaban en las fachadas de los hoteles formaban parte de la fauna normal de Biarritz. En cuanto a la figura en chaqueta de tweed, cuando oyó las carcajadas, permaneció inmóvil, mirando hacia abajo. Quería gritarle que huyera, pero temí hacerle perder el equilibrio. Un portero ya había dicho algo a un botones y estaba segura de que el personal corría hacia el primer piso para encargarse de esa molestia. «Si detienen a Bobbie -pensé-, debo presentarme como amiga de la familia y tratar de hacer pasar su fechoría por una broma inofensiva.»
La figura seguía quieta. Se apoyaba en la cornisa de puntillas, y con un brazo rodeaba el tocado de la estatua. Luego la soltó y, sin apoyarse, se acercó aún más al borde de la cornisa. Jadeos. Me dije: «Dios mío, va a saltar.» Me mordí los nudillos y traté de no gritar. Bobbie -ahora estaba convencida de que era ella- nos miró fijamente. Entonces se inclinó, lentamente, cual una persona a punto de zambullirse. Más jadeos y el grito de una mujer. Diríase que la figura permaneció en esa posición una eternidad, pero con igual lentitud se enderezó, dio un paso atrás y saludó a la multitud, tras realizar la más lenta y cortés de las reverencias. Se produjo una ráfaga de risas de alivio e incluso hubo aplausos.