«Qué bonito era todo antes», decía en mi interior una voz sin palabras. «Aquella Kukuchka que creía ver partir con rumbo desconocido, hacia países inexistentes en el mapa, hacia montañas de nevadas cimas, hacia un mar nocturno donde se confunden las luces de las barcas con las estrellas… Ahora sé que ese tren va desde la fábrica de ladrillos de Saranza hasta la estación donde descargan las vagonetas. Dos o tres kilómetros en total. ¡Valiente viaje! Sí, ahora que lo sé ya nunca podré pensar que esos raíles son infinitos y este atardecer, único, con la intensa fragancia de la estepa, ese cielo inmenso, y mi presencia inexplicable y extrañamente necesaria aquí, junto a esta vía con sus traviesas cuarteadas, en este instante preciso, con el eco de ese “cu-cu-cú” en el aire violeta. Tiempo atrás, todo me parecía tan natural…»
Por la noche, antes de dormirme, recordé que conocía ya el significado de la enigmática fórmula impresa en el menú del banquete celebrado en honor del zar: «Ortegas y hortelanos asados». Sí, sabía ya que se trataba de piezas de caza muy apreciadas por los sibaritas. Un plato delicado, sabroso, escaso, pero nada más. Por mucho que repitiese como antaño: «Ortegas y hortelanos», la magia que henchía mis pulmones con el viento salado de Cherburgo ya no funcionaba. Y con vacilante desesperación, murmuré en voz baja, para mis adentros, abriendo los ojos en la oscuridad:
– ¡O sea, que ya he vivido una parte de mi vida!
A partir de entonces, hablábamos para no decir nada. Vimos alzarse entre nosotros esa barrera de palabras hueras, de reflejos sonoros de lo cotidiano, de ese líquido verbal con el que se siente uno obligado, sin saber por qué, a rellenar el silencio. Descubrí con estupor que hablar era, en realidad, la mejor manera de callar lo esencial. Para expresar lo esencial habría sido menester articular las palabras de un modo totalmente distinto, susurrarlas, tejerlas en los ruidos de la noche, en los rayos del crepúsculo. De nuevo, notaba en mi interior la misteriosa gestación de esa lengua tan diferente de las palabras desgastadas por el uso, una lengua en la que habría podido decir muy quedo, buscando la mirada de Charlotte:
– ¿Por qué se me encoge el corazón cuando oigo el pitido lejano de la Kukuchka? ¿Por qué una mañana de otoño de hace cien años en Cherburgo, sí, ese instante que no he vivido nunca, en una ciudad en la que nunca he estado, por qué su luz y su viento se me antojan más vividos que los días de mi vida real? ¿Por qué tu balcón no planea ya en el aire malva del atardecer, por encima de la estepa? La transparencia de ensueño que lo envolvía se ha hecho añicos, como un matraz de alquimista. Y esos fragmentos de vidrio chirrían impidiéndonos hablar como antaño… ¿Y no son tus recuerdos, que ahora me sé de memoria, una jaula que te tiene prisionera? ¿Y no es precisamente nuestra vida esa cotidiana transformación del movedizo y cálido presente en una colección de recuerdos petrificados como las mariposas clavadas con alfileres bajo un vidrio polvoriento? ¿Y por qué siento entonces que, sin dudarlo un segundo, daría toda esa colección por la única sensación de acritud que había dejado en mis labios la imaginaria concha de plata en aquel ilusorio café de Neuilly? ¿Por una sola bocanada de viento salado de Cherburgo? ¿Por un solo grito de la Kukuchka de mi infancia?
Entretanto, continuábamos colmando el silencio, cual tonel de las Danaides, con palabras inútiles y réplicas vacías: «¡Hace más calor que ayer! Gavrilych está otra vez borracho… La Kukuchka no ha pasado esta noche… ¡Fíjate, está ardiendo la estepa! No, es una nube… Haré más té… Hoy, en el mercado, vendían sandías de Uzbekistán…».
¡Lo indecible! Estaba misteriosamente ligado -ahora lo entendía- a lo esencial. Lo esencial era indecible. Incomunicable. Y todo lo que, en este mundo, me torturaba por su muda belleza, todo lo que prescindía de la palabra, me parecía esencial. Lo indecible era esencial.
Esta ecuación creó en mi cabeza una especie de cortocircuito intelectual. Y gracias a su concisión, aquel verano me topé con esta terrible verdad: «La gente habla porque teme el silencio. Hablan maquinalmente, en voz alta o para sus adentros, se embriagan con esa papilla vocal que envisca a seres y objetos. Hablan de cosas sin importancia, de dinero, de amor, de nada. Y utilizan, incluso cuando hablan de sus amores sublimes, palabras dichas cien veces, frases totalmente desgastadas. Hablan por hablar. Quieren conjurar el silencio…».
El matraz de alquimista se había roto. Conscientes de la absurdidad de nuestras palabras, proseguíamos nuestro diálogo diario: «Parece que va a llover. Mira ese nubarrón. No, es que está ardiendo la estepa… Anda, la Kukuchka ha pasado más pronto de lo habitual… Gavrilych… El té… En el mercado…».
Sí, una parte de mi vida había quedado atrás. La infancia.
En definitiva, nuestras conversaciones sobre la lluvia y el buen tiempo no estaban tan injustificadas. Llovía con frecuencia y, en mi memoria, mi tristeza tiñó aquellas vacaciones con tonos brumosos y tibios.
A veces, desde el fondo de esa lenta grisura de los días, emergía un reflejo de nuestras veladas de antaño: alguna foto descubierta al azar en la maleta siberiana, cuyo contenido no tenía secretos para mí desde hacía mucho tiempo. O, de cuando en cuando, un fugaz pormenor del pasado familiar que todavía me era desconocido y que Charlotte me refería con la tímida alegría de una princesa arruinada que encuentra de pronto una fina moneda de oro bajo el raído forro de su bolso.
Así, un día de lluvia torrencial, revolviendo en los rimeros de periódicos amontonados en la maleta, me topé con una página proveniente, sin duda, de una revista de principios de siglo. Era una reproducción, apenas revestida de un tinte oscuro y gris, de un cuadro pintado con ese realismo tan elaborado que nos atrae por su precisión y profusión de detalles. Examinándolos durante aquella larga velada de lluvia, debió de quedárseme grabado el tema. Una columna muy heterogénea de guerreros, todos visiblemente consumidos por la fatiga y la edad, cruzaba la calle de un miserable pueblo con árboles desnudos. Sí, los soldados eran todos muy mayores -ancianos, según me pareció-, con largos cabellos blancos que escapaban de los sombreros de amplias alas. Eran los últimos hombres sanos de una leva masiva ya diezmada por la guerra. No recordaba el título del cuadro, pero la palabra «últimos» aparecía en él. Eran los últimos en enfrentarse con el enemigo, los últimos capaces de manejar las armas. Estas eran, por lo demás, muy rudimentarias: un puñado de picas, hachas y viejos sables. Examiné con curiosidad su vestimenta, sus botazas con grandes hebillas de cobre, sus sombreros y, en ocasiones, algún ajado casco parecido al de los conquistadores, sus dedos nudosos crispados en los puños de las picas… Francia, que había aparecido siempre a mis ojos en los faustos de sus palacios, en las horas gloriosas de su historia, se manifestó de repente encarnada por un pueblo del norte donde las casas bajas se apretujaban tras vallas endebles, donde los escuálidos árboles se estremecían azotados por el viento invernal. Curiosamente, me sentí muy próximo a esa calle enfangada y a aquellos guerreros condenados a caer en un combate desigual. No, no había nada patético en su aspecto. No eran héroes que hicieran gala de su arrojo y su abnegación. Eran seres sencillos, humanos. Sobre todo uno que llevaba un viejo casco estilo conquistador, un anciano de elevada estatura que caminaba apoyándose en una pica, al final de la columna. Su rostro me llamó la atención por su sorprendente serenidad, a la par amarga y sonriente.