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—Cada uno tiene formada una bonita opinión de los demás. ¡Todos sin excepción! El doctor Tanios cree, o dice creer, que hubo influencias inconfesables Su mujer, antes de que él llegara, no parecía suponer tal cosa. Al principio, ella no quería que se hiciera nada para impugnar el testamento. Luego viró en redondo. Dése cuenta, Hastings..., es como una caracola, cuyo contenido sale a la superficie y podemos verlo. Hay algo en el fondo de esto... sí, ¡hay algo! ¡Lo juro, no hay duda a fe de Hércules Poirot, lo juro!

A mi pesar, quedé impresionado por su gran fervor.

Después de pensar en los oscuros indicios durante un momento dije:

—Quizá tenga usted razón. Pero parece todo tan vago... tan nebuloso...

—No obstante, ¿conviene usted conmigo en que hay algo?

—¡Si! —dije desorientado e indeciso—. Creo que sí.

Poirot se inclinó sobre la mesa. Sus penetrantes ojos se fijaron en mí.

—Sí..., ha cambiado usted. Ya no se siente divertido ni bromista... ni se muestra indulgente con mis divagaciones académicas. Pero, ¿qué es lo que le ha convencido a usted? No ha sido mi excelente modo de razonar..., non, ce n'est pas ça! Es algo independiente de ello por completo lo que le ha producido ese efecto. Dígame, amigo mío, ¿qué es lo que, tan de repente, le ha inducido a tomar en serio este asunto?

—Creo —dije con lentitud— que ha sido la señora Tanios. Parece... parecía... asustada...

—¿Asustada de mí?

—No; de usted, no. Era algo más. Hablaba tan sosegadamente al empezar... un resentimiento natural contra los términos del testamento; pero, por otra parte, parecía resignada y dispuesta a dejar las cosas como están. Era la actitud natural de una mujer bien educada, aunque apática. Y luego ese cambio brusco... la rapidez con que se puso de acuerdo con el punto de vista del doctor Tanios. La forma en que salió del vestíbulo buscándonos... casi furtiva...

Poirot asintió, como si gradualmente fuera animándome a proseguir.

—Y otro pequeño detalle del cual, posiblemente, no se habrá percatado usted.

—¡Me he dado cuenta de todo! —replicó.

—Me refiero al detalle de la visita que hizo su marido a Littlegreen House el último domingo antes de que falleciera la señorita Arundell. Juraría que ella no sabía nada acerca de esa visita... que fue una sorpresa... y convino en que él se lo dijo, pero que ella lo olvidó... Yo... no me gusta, Poirot.

—Tiene usted mucha razón, Hastings.... eso es muy significativo.

—Dejó en mí una penosa sensación de... de miedo.

Poirot volvió a mover afirmativamente la cabeza.

—¿Sintió usted lo mismo? —pregunté.

—Sí. Esa impresión podía palparse en el aire.

Prosiguió después de un momento de silencio:

—Y, no obstante, a usted le gusta Tanios, ¿verdad? Se ha encontrado con que es un hombre agradable, sincero, afable, cordial. Atractivo, a pesar del prejuicio insular de ustedes contra los turcos y los griegos... En fin, persona verdaderamente simpática.

—Sí —admití—. Lo es.

En el silencio que siguió observé a Poirot. De pronto pregunté:

—¿En qué está usted pensando, Poirot?

—Me estoy acordando de varias personas. El joven y elegante Norman de Gale; el fanfarrón y francote Evelyn Howard; el encantador doctor Seppar; el apacible Knigthon, tan digno de confianza...

Por un momento no comprendí estas referencias a gente que había figurado en algunos célebres casos.

—¿Qué pasa con ellos? —indagué.

—Todos tuvieron una personalidad muy atractiva...

—¡Dios mío, Poirot! ¿Cree usted realmente que Tanios...?

—No, no. No se precipite en sus conclusiones, Hastings. Sólo quiero dar a entender que las reacciones personales de cada uno acerca de la gente, son guías singularmente inseguras. No debe dejarse llevar uno por sus sentimientos, sino por los hechos.

—¡Hum! —refunfuñé—. Los hechos no son nuestro fuerte. No, no; por favor, ¡no volvamos otra vez sobre lo mismo, Poirot!

—Seré breve, amigo mío; no tema. Para empezar, tenemos un caso absolutamente cierto de tentativa de asesinato. Admite esto, ¿verdad?

—Sí —dije—. Lo admito.

Hasta entonces había sido yo un poco escéptico respecto a lo que creía una reconstrucción, mas bien caprichosa, de lo ocurrido en la noche del martes de Pascua. Me vi obligado a convenir, sin embargo, en que sus deducciones eran ahora perfectamente lógicas.

Tres bien. Está claro que no puede haber tentativa de asesinato sin asesino. Uno de los presentes en Littlegreen House, aquella noche, era un asesino... de intención, si no de hecho.

—Concedido.

—Entonces, éste es nuestro punto de partida... un asesino. Hemos hecho unas pocas investigaciones... hemos revuelto el fango, como diría usted... ¿y qué hemos conseguido...? Varias interesantísimas acusaciones formuladas, al parecer casualmente, en el curso de las conversaciones.

—¿Cree usted que no fueron casuales?

—Eso no es posible afirmarlo, por el momento. La manera tan sencilla con que la señorita Lawson sacó a relucir el hecho de que Charles amenazó a su tía, puede haber sido inocente o puede no haberlo sido. Las observaciones del doctor Tanios acerca de Theresa Arundell, puede que no tengan, en absoluto, ninguna malicia escondida, sino que sean tan sólo expresión natural de un médico. La señorita Peabody, por otra parte, es probablemente franca en su opinión sobre las tendencias de Charles Arundell... pero esto, después de todo, no deja de ser una opinión. Y así, sucesivamente. Hay un dicho que se refiere a «una mosca en la sopa», ¿verdad? Eh bien, esto es precisamente lo que hemos encontrado. Hay... no una mosca, sino un asesino en nuestra sopa.

—Me gustaría saber qué es lo que en realidad piensa usted, Poirot.

—Hastings..., Hastings..., yo no me permito «pensar...», es decir, en el sentido en que ha empleado usted la palabra. Por el momento, sólo hago algunas reflexiones.

—¿Tales como...?

—Considero la cuestión del motivo. ¿Cuáles son las razones más probables para la muerte de la señorita Arundell? La más evidente de ellas es: «Ganancia». ¿Quién hubiera ganado con la muerte de ella... si hubiera muerto el martes de Pascua?

—Todos... a excepción de la señorita Lawson.

—Precisamente.

—Bueno; sea como fuere, una persona se elimina automáticamente.

—Sí —dijo Poirot, con aspecto pensativo—. Eso parece. Pero lo interesante es que la persona que no hubiera ganado nada si la muerte hubiera ocurrido el martes de Pascua, lo gana todo al ocurrir el fallecimiento dos semanas después.

—¿Qué es lo que pretende deducir, Poirot? —dije, algo confundido.

—Causa y efecto, amigo mío; causa y efecto.

Lo miré con aire de duda. Prosiguió:

—¡Piense con lógica! ¿Qué ocurrió exactamente... después de la caída?

Detesto a Poirot cuando se pone así. Cualquier cosa que uno diga puede estar equivocada. Así es que procedí con gran precaución.

—La señorita Arundell estaba en cama.

—Eso es. Y con mucho tiempo para pensar. ¿Y luego qué?

—Le escribió una carta a usted.

—Sí; me escribió. Y la carta no fue echada al correo. Esto fue una grandísima lástima.

—¿Sospecha usted que hay algo raro en el hecho de que esa carta no se cursara?

Mi amigo frunció el entrecejo.

—Eso, Hastings, he de confesar que no lo sé. Creo, y en vista de lo ocurrido estoy casi seguro de ello, que la carta se extravió en realidad. Creo, además, pero no estoy seguro, que el hecho de que fuese escrita tal carta no lo supo nadie. Continúe... ¿qué ocurrió después?

Reflexioné.

—La visita del abogado —sugerí.

—Sí... le dijo que fuera por allí y él acudió.